Muñeca desarticulada
Amanda abulta bajo las mantas como un saco de carne, dormida le resulta menos ella, como menos alguien

Una mujer leyendo un libro. | Freepik
Al acostarse, en los últimos rescoldos de la noche, Amanda se acurruca bajo la manta con un libro que le cuesta atender. En la quietud, los últimos renglones leídos parecen mojarse y esparcir la tinta y las palabras por el papel. La silueta encogida de su cuerpo se percibe más tierna, como si en la rendición de la vigilia pudiera distinguirse un claro desarme del quien. Amanda abulta bajo las mantas como un saco de carne empaquetada. Saúl la mira muy despierto. Dormida, le resulta menos ella, como menos alguien; y así, carente de una voluntad propia que le conduzca directo a los ojos de un sujeto con voz y voto, a Saúl se le ocurren muchas cosas.
Le observa la piel. Amanda parece comestible; las orejas y la nariz parecen de gominola; la clavícula se le señala como el hueso de una alita de pollo y tiene las tetas del tamaño del melocotón. La luz tenue de la mesilla la ilumina por fragmentos. Primero el rostro, plenamente expuesto, atrapado por la luz, como si la claridad naciera ahí y comenzara a extenderse. Más abajo, el cuerpo se pierde entre la manta y las sombras, que terminan por reclamarlo entero. Tiene los labios cerrados y respira profundamente por la nariz de caramelo.
Se le podría taponar hasta que abriera la boca y se le embutiera el glande. O se le podría enganchar de cada agujero como un jabalí para colocarle la cabeza un poco más hacia atrás y poder follarle la cara más fácilmente. Le mira el escote donde un pecho desinflado duerme sobre el otro. Saúl se imagina saltando sobre ellos como un castillo hinchable a medio inflar. Los escala para poder lanzarse desde arriba al vientre, que ofrece la resistencia de una cama de agua.
Inesperadamente, el castillo al deshincharse se va doblando por la mitad y un alud de carne blanca con venas verdosas y azuladas le deja atrapado en su interior justo antes de dar el salto. De lo que más gana le da su rostro blanco y anaranjado por la luz, es de llenarle la cara de besos como si tuviera que construirle una segunda piel robusta que lo protegiera. Llenarle la cara de la saliva de un lagarto del espacio que al contacto con el aire se solidifica y se convierte en una máscara de cristal irrompible que protegería eternamente su belleza.
Amanda yace acurrucada, con el libro abierto colgando de una mano como si la muerte la hubiera abandonado en el pleno hacer de la vida. El otro brazo doblado sobre la almohada le levanta unos centímetros la cabeza; las piernas se pliegan desde las rodillas, que unidas reposan una sobre la otra cerrando las puertas del tesoro de Alí Babá. La manta le marca su silueta de luna moruna. Saúl la observa sin moverse. Tiene ganas de romperle el reposo, de desplegarle las piernas y los labios para entrar en toda ella como si se hubiera vuelto de humo. Quiere besarla desde dentro, del revés, atravesarle el sueño lamiéndole el cerebro con su lengua de hollín para dejarle una huella que no se borre al despertar.
Se imagina agarrándole el coño como si fuera de arcilla blanda y pudiera moldearlo con la presión de sus dedos. La obligaría a responder a cada gesto. La habitación entera parece haberse puesto a rotar en torno a ellos y en esa quietud su cuerpo le parece de mentira. Podría cambiar de forma en cualquier momento sin albergar su mirada, su sonrisa ni su voz, como si ella no fuera ella, ni él entonces pudiera ser él.
