Marcos Vázquez, experto en fitness: «Hay una relación inversa entre el tamaño de la barriga y el tamaño del cerebro»
No es una cuestión de inteligencia, sino de cómo afecta el exceso de grasa visceral a nuestra salud neurológica

Un hombre haciendo deporte en un parque. | ©Freepik.
El cuerpo humano guarda conexiones que parecen inverosímiles hasta que la ciencia las desvela. Durante siglos, la máxima «mens sana in corpore sano» ha resonado como un ideal filosófico desde la antigua Roma. Hoy sabemos que esa intuición clásica tenía fundamentos sólidos. La relación entre el estado físico y la salud mental trasciende lo metafórico. Los estudios más recientes revelan vínculos sorprendentes entre zonas del cuerpo aparentemente inconexas porque la grasa acumulada en el abdomen mantiene una conversación silenciosa con el cerebro.
Al hablar de exceso de peso, solemos pensar en problemas cardiovasculares o metabólicos. La diabetes y las enfermedades coronarias se llevan la palma en la lista de preocupaciones. Sin embargo, la neurociencia añade ahora un elemento inquietante a esa ecuación. El exceso de tejido adiposo visceral no solo perjudica al corazón o al hígado. También afecta a la estructura cerebral de maneras que cada vez comprendemos mejor, al punto de que esta conexión barriga-cerebro abre un capítulo menos conocido dentro de la medicina preventiva.
No estamos hablando de inteligencia. Tampoco de capacidades cognitivas innatas o de ser más listos. La cuestión es más sutil y, en cierto modo, más esperanzadora. Se trata de cómo el exceso de grasa visceral repercute en la salud neuronal. Los investigadores han encontrado patrones claros en estudios con miles de participantes. La báscula, quizá nunca mejor dicho, pesa también sobre nuestras neuronas, sobre todo en el tipo de grasa que nuestro cuerpo acumula.
La relación entre grasa visceral y cerebro
Un estudio en la revista Aging and Disease analizó a más de diez mil adultos mediante resonancia magnética de cuerpo entero. Los investigadores midieron la grasa visceral y la subcutánea en cada participante. También cuantificaron el volumen cerebral en 96 regiones distintas. Los resultados mostraron correlaciones negativas entre la adiposidad abdominal y el tejido cerebral. En este sentido, la materia gris presentó una asociación más fuerte que la blanca. Además, las personas con mayor grasa visceral tenían menos volumen en zonas cruciales para la memoria.
Marcos Vázquez, experto en fitness, divulga en redes sociales desde su cuenta @FitnessRevolucionario esta evidencia «Hay una relación inversa entre el tamaño de la barriga y el tamaño del cerebro. Cuanta más grasa abdominal, menor volumen cerebral se observa en estudios de neuroimagen». Explica además que el hipocampo, estructura fundamental para la memoria, resulta especialmente vulnerable. Además, los lóbulos temporales mostrarían el mayor impacto entre todas las regiones estudiadas, vinculándose esta realidad a que la grasa visceral es metabólicamente activa y liberaría citocinas inflamatorias.
De la misma manera, un estudio reciente de la Sociedad Radiológica de Norteamérica aporta un matiz relevante: la combinación de mayor masa muscular con menor ratio de grasa visceral se asocia a un cerebro más joven. Algo de lo que ya te alertamos en THE OBJECTIVE. De hecho, la edad cerebral, calculada mediante inteligencia artificial, resultó menor en quienes mantenían esa composición favorable. Vázquez lo explica: «La grasa visceral aumenta la resistencia a la insulina y empeora la salud vascular. Todo eso afecta al cerebro: menos riego, más inflamación y mayor atrofia».
Una realidad de la que desconocemos su origen

La ciencia ha establecido la correlación, pero las causas exactas permanecen en la incertidumbre. Los estudios realizados presentan limitaciones metodológicas importantes. De hecho, insisten en que en sus resultados no han controlado factores genéticos que podrían explicar parte de la asociación. Tampoco se han tenido en cuenta de forma sistemática los hábitos de vida ya que el ejercicio físico, la alimentación y el sueño influyen en la grasa corporal y en la salud cerebral.
El análisis de Harvard Health subraya estas cautelas. Una de ellas es que las personas con mayor grasa abdominal presentaban menos tejido cerebral. En este sentido, también explicaban que las regiones afectadas incluían áreas implicadas en el pensamiento y la memoria. De tal modo, explicaban los distintos tipos de grasa que encontrábamos. Por un lado, la grasa visceral se almacena en lo profundo del abdomen y envuelve los órganos internos. En el otro, la subcutánea se sitúa bajo la piel y es más fácil de identificar. Curiosamente, según su análisis, las mujeres con niveles elevados de grasa visceral mostraban cerebros más pequeños que los hombres.
No obstante, hay un punto crucial: no se ha demostrado una relación de causa y efecto. Solo se ha constatado que existe una asociación estadística entre ambas variables. Los análisis no incorporaron datos sobre la carga genética de los participantes. Tampoco evaluaron factores como el ejercicio o la dieta. Esta laguna metodológica impide extraer conclusiones definitivas. No obstante, aunque la correlación es clara, el camino biológico que la explica necesita ser profundizado.
Qué podemos hacer: músculo frente a grasa
La buena noticia es que la composición corporal resulta modificable. El entrenamiento de fuerza aumenta la masa muscular y reduce la grasa visceral simultáneamente. Los fármacos GLP-1, como Ozempic, logran pérdidas de grasa notables pero plantean un dilema. Estos medicamentos también provocan pérdida de masa muscular significativa. El estudio de la RSNA sugiere que la estrategia óptima pasa por reducir grasa preservando el músculo.
El doctor Cyrus Raji, autor principal del trabajo de la Radiological Society of North America, resumía parte de esos hallazgos. En ese caso, los cuerpos más saludables, con más músculo y menos grasa oculta, tienen cerebros más sanos. Por eso, insiste en que una mejor salud cerebral reduciría el riesgo de enfermedades como el alzhéimer, poniendo sobre la mesa un hipotético win-win sanitario que importa más de lo que parece.
