THE OBJECTIVE
Contraluz

Cañones y mantequilla en la Europa pos-Trump

Europa no sólo debe rearmarse. Necesita una profunda renovación política que la convierta en una auténtica federación

Cañones y mantequilla en la Europa pos-Trump

Ilustración de Alejandra Svriz.

En realidad, aquí voy a hablar más de mantequilla que de cañones; es decir, voy a disertar más sobre temas civiles que sobre cuestiones militares. Se está pensando y escribiendo mucho estos días, y justificadamente, de la necesidad de que Europa se rearme. La alarma (nunca mejor empleado el término) proviene del giro radical que Trump ha introducido en la política exterior de Estados Unidos, abandonando a Europa, su aliado tradicional, y lanzándose en brazos de Rusia, que venía siendo su enemigo constante desde 1917 (salvo, circunstancialmente, en los años de la Segunda Guerra Mundial).

Es cierto que la Rusia de Putin no es ya la Unión Soviética, esto es, un país comunista, ideológicamente opuesto al Occidente capitalista (con muchos matices) y democrático que Estados Unidos venía liderando, especialmente desde el bombardeo de Pearl Harbor en 1941. La Rusia de Putin es un Estado profundamente conservador, nacionalista y defensor de los valores religiosos de la ortodoxia tradicional rusa. Exhibe sin tapujos una nostalgia de la extinta Unión Soviética, pero tal añoranza no se debe a que ésta hubiera sido comunista, sino a que había sido una indiscutida gran potencia, papel que la Rusia putinesca aspira desesperadamente a desempeñar

El problema para Europa, y para el mundo en general, radica en que esta ideología eslava nacionalista y religiosa, resentida y con ribetes fascistas, encuentra un eco inesperado en Estados Unidos, en el ideario del bando trumpista, con su tan manoseada divisa de MAGA (Make America Great Again, «Hagamos a América Grande de Nuevo»). Resulta que la nostalgia de una grandeza pasada aflora tanto en el antiguo paladín comunista como en el anterior líder de la democracia liberal. De este modo, ambos resentimientos nacionalistas nostálgicos y con resabios fascistas forman como una tenaza que oprime a la Europa socialdemocrática y pacifista, largamente arrepentida de su anterior belicismo, causante de dos guerras mundiales. Parafraseando la conocida agudeza de Robert Kagan, la Venus europea se ha encontrado repentinamente hostigada no por un solo Marte, sino por dos, el norteamericano y el ruso. Y ella no tiene más remedio que transmutarse, dejando de ser la sensual Venus para convertirse en una marcial Minerva, nacida armada de la mente de su padre, Júpiter.

Señalemos de pasada, que, pese a sus semejanzas, el nacionalismo resentido de Trump tiene mucho menor justificación que el de Putin. Al derrumbarse la Unión Soviética, Rusia, su heredera, se ha encontrado derrotada, aislada y empequeñecida, por lo que es natural, aunque no deseable, que se refleje en ese nacionalismo resentido de la Rusia actual. Lo que tiene menos explicación, y aún menor justificación, es el resentimiento que Trump pretende insuflar en la política norteamericana, porque Estados Unidos salió triunfador de la guerra fría, y no ha sufrido ningún desmembramiento traumático, sino que, al contrario, ha salido del largo conflicto como la gran potencia mundial indiscutida, aunque crecientemente enfrentada a una China en ascensión.

Trump lleva ya muchos años intentando torticeramente desprestigiar a sus antecesores y a sus aliados para engrandecerse él, recurso electorero quizá eficaz pero ciertamente peligroso, tanto en el terreno doméstico como en el internacional. En el doméstico, porque suscita expectativas que difícilmente pueden ser cumplidas; en el internacional, porque dejar plantados a los aliados puede producir futuras situaciones de soledad indeseada.

«Si Europa está desarmada militarmente, también lo está políticamente»

Pero volvamos a afrodisíaca Europa, seducida y abandonada por el Marte yanqui y amenazada por el Marte eslavo. Ha sido un rudo despertar el advertir que está sola e inerme en un mundo hostil y que de ahora en adelante debe valerse por sí misma y defenderse sola. En el fondo, sin embargo, los europeos debemos alegrarnos de la difícil situación en que nos encontramos, porque la traición de Trump, no por temida menos esperada, nos fuerza a comportarnos de nuevo como adultos en la palestra internacional, sin sugar daddy que pague nuestros platos rotos. La dureza de la nueva situación de soledad ha producido, a mi parecer, una saludable reacción encaminada a la asunción de nuestras responsabilidades en el terreno militar y al comienzo de un camino de reforzamiento radical de nuestro sistema defensivo, tarea que va a ser compleja y difícil porque partimos de niveles muy bajos y porque las dificultades se multiplican por la heterogeneidad de las unidades políticas que componen Europa, y porque el Brexit nos ha privado de un miembro muy importante para un futuro sistema de defensa europeo, como es el Reino Unido.

Se está hablando mucho del aspecto defensivo de nuestra nueva situación, pero yo quiero aquí llamar la atención hacia la otra cara de esta nueva moneda que hemos encontrado: la cara civil o puramente política. En un reciente diálogo con una alta autoridad del ejército español acerca de los problemas del rearme y la posible y deseable constitución de un ejército europeo, este general ponía de relieve la necesidad de integración y apoyo político para que se hiciera posible la requerida integración militar. Y a esta cara de la moneda me parece que no se le está prestando la necesaria atención. Si Europa está desarmada militarmente, también lo está políticamente. Estamos olvidando que Europa necesita una profunda renovación política. Nuestra estructura institucional deja mucho que desear y precisa de un rearme tan radical como la rama de defensa. Ambos rearmes deben ir unidos y en paralelo.

Fue muy citada en su día una frase de Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano en la administración Nixon, que se quejaba de ignorar quién mandaba en Europa, de no saber a quién llamar por teléfono cuando necesitaba hablar de cuestiones políticas importantes. Esto lo sabemos bien los europeos, que aludimos siempre a una impersonal Bruselas, una especie de institutriz colectiva que nos abruma con normas superfluas, últimamente incluso con instrucciones acerca de cómo debemos organizar nuestra despensa.

En España, al menos, si tenemos dificultades para identificar a muchos ministros del gobierno español (entre otras razones, porque hay demasiados), no hablemos de las dificultades que tenemos para identificar los distintos comisarios europeos, incluida Úrsula von der Leyen, a quien nunca hemos votado. Estoy seguro de que pocos españoles saben exactamente cuál es el título de esta señora, de dónde procede, y cómo accedió a su cargo. Europa sufre, en una palabra, de un grave déficit de democracia. Ni siquiera sabemos exactamente qué tipo de ente político es la Unión Europea ni tenemos claro en absoluto qué tipo de ente político queremos que sea.

«Una confederación no puede hoy competir en el tablero internacional con federaciones o con naciones unitarias»

Los intentos de dar a la Unión Europea una constitución fracasaron en los primeros años este siglo, de modo que la Unión sigue rigiéndose por un conjunto de tratados que no dejan claro cuál es su verdadera naturaleza. El Tratado de Maastricht (1992), que es lo más parecido a una constitución, la define simplemente como una «unión de naciones», sin entrar en cuestiones de soberanía. Tampoco era muy específica en esta materia la nonata Constitución de 2004, que no llegó a entrar en vigor por falta de ratificación, lo cual muestra expresivamente hasta qué punto andan las cuestiones políticas europeas manga por hombro.

El caso es que, para que la Unión alcance una estructura funcional que la capacite para codearse con el resto de potencias mundiales, debería alcanzar la forma de Federación, cuyas partes integrantes ceden su soberanía al gobierno central. Estamos aún muy lejos de eso. Quizá pueda definirse la Unión como una Confederación, porque, aunque se mantiene una cierta ambigüedad, de hecho, las naciones componentes aún conservan su soberanía. En mi opinión, una confederación no puede hoy competir en el tablero internacional con federaciones o con naciones unitarias.

Quien esto escribe no es politólogo y por lo tanto no está muy cualificado para hacer recomendaciones o propuestas con peso científico. Creo, no obstante, que en las actuales circunstancia el extraño gobierno dual de la Unión (la Comisión y el Consejo, juntamente con el Parlamento) debiera nombrar un comité asesor de expertos juristas y politólogos que revisaran el texto de la «Constitución» de 2004 con objeto de lograr ponerla en vigor, una Constitución encaminada a hacer de la Unión una auténtica Federación.

Y, para terminar, voy a enumerar sucintamente unas modestas proposiciones que pudieran contribuir a dar un paso en esa dirección.

1. Terminar con la dualidad de gobierno. La Comisión pasaría a llamarse Gobierno y el Consejo se convertiría en un Senado restringido de un centenar largo de miembros (4 por Estado nacional) con un papel asesor fuerte como el que tiene ahora.

2. La presidencia de la Comisión se nombra ahora después de las elecciones parlamentarias, en realidad tras un conciliábulo de partidos y gobiernos nacionales, lo cual facilita que el o la elegida se una perfecta desconocida para una gran parte de la población europea. Para evitar esto, yo propondría que cada partido que se presentara a las elecciones tuviera que nombrar de antemano su candidato/a a la presidencia con objeto, entre otros, de que el eventual triunfador no fuera tan desconocido como ha ocurrido casi siempre hasta ahora.

Con estos simples retoques, el Secretario de Estado norteamericano podría saber ya a quién tenía que llamar para hablar de temas políticos serios. Los intereses de los Estados miembros seguirían claramente representados en las altas esferas, y la Unión estaría más cerca de ser una Federación. Pero esto son propuestas a vuelapluma de un aficionado. Yo creo que ha llegado el momento de que los expertos se pongan a trabajar duro y a fondo.

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