Aló, presidente
«Trump está dispuesto a retirarle la botella de oxígeno o a que paguen los ‘gorrones’ europeos»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Era Henry Kissinger quien decía que no sabía el teléfono para llamar a Bruselas. Tanta burocracia comunitaria, tantos países miembros. ¡Y lo decía cuando no superaban la docena! La Unión Europea está completamente desconcertada con los modos y maneras de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos, en cambio, sí que sabe a quién dirigirse cuando decide hacer algo. Su fuerte no es la diplomacia ni la sutileza. Poco le importa. Actúa y basta, más allá de que le salga bien o mal, más allá de que viole o no los principios de la legalidad internacional.
Los europeos se tientan la ropa para no excitar al inquilino de la Casa Blanca. Solo cuando este ha declarado sin ambages que quiere Groenlandia, el gran territorio autónomo de Dinamarca, para proteger la seguridad estadounidense, le han advertido de que la acción iría en contra de los principios de la Organización del Atlántico Norte (OTAN). No se asusta. Confiesa que lo quiere comprar a los daneses y que, si no, actuará militarmente.
¿Y? ¿Acaso eso ha hecho temblar al líder republicano estadounidense, crecido como está tras el ataque militar a Venezuela y la captura del tirano Nicolás Maduro y su esposa para ser juzgados en un tribunal de Nueva York acusados de narcoterrorismo? A Trump poco le importan las manifestaciones, contundentes o tibias, de sus homólogos europeos. Pedro Sánchez habla de violación del derecho internacional, pero sin mencionar por su nombre a quien supuestamente lo ha infringido. Más claro ha sido Emmanuel Macron. El presidente francés recrimina a Trump imponer su política por la vía de los hechos y establecer una suerte de vasallaje por parte de los demás.
Aló, presidente. Ese era el título del discurso radiofónico semanal oceánico que los venezolanos debían soportar del fallecido líder Hugo Chávez y que luego trató de imitar su sucesor, Maduro. Allí el protagonista parloteaba de cualquier cosa: desde el olor a azufre que desprendía la Administración Bush con Irak hasta la queja de un vecino porque no había alcantarillado en su calle. Improvisaba. No llegaba en calidad a los discursos larguísimos de Fidel Castro.
Trump ha reinventado el Aló, presidente. Habla, naturalmente, desde la fuerza, con la espontaneidad de un paisano que amenaza a otro con denunciarle si sigue haciendo ruido. Le explica, por ejemplo, a la líder opositora y Nobel de la Paz, Corina Machado, ganadora de las últimas elecciones venezolanas, que es una «persona muy agradable», pero que por ahora no cuenta con ella porque carece del apoyo y el respeto de la ciudadanía. En un primer instante, algunos insinuaron que Trump pudo haber reaccionado en revancha porque ella «le quitó» el Nobel. Más tarde se supo que el presidente actuó así amparándose en informes de inteligencia de la CIA sobre la dificultad que podía representar una presidencia de Machado sin haber desmantelado antes la estructura del chavismo.
Es pronto aún para saber hacia dónde va Venezuela y qué está realmente ocurriendo en el país latinoamericano. De un lado, resulta paradójico que tres pilares del derrocado presidente Maduro —Delcy Rodríguez, su hermano y presidente de la Asamblea, Jorge Rodríguez, y el poderoso militar y ministro de Interior y Justicia, Diosdado Cabello— continúen en el poder e incluso se atrevan a criticar el ataque estadounidense y la captura de Maduro y exijan su retorno. Hablan como si nada hubiera cambiado. Jura Delcy Rodríguez como presidenta de la República Bolivariana ante un Parlamento salido de unas elecciones ganadas por Maduro fraudulentamente. Ponen en libertad a algunos presos políticos cuando en las cárceles quedan aún centenares; aseguran en público que quieren colaborar y negociar con Trump —¿negociar el qué, más allá de no acabar como su jefe?— e incluso no tienen empacho de mencionar al expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero para agradecerle sus esfuerzos en la puesta en libertad de los primeros encarcelados.
Zapatero lleva supuestamente diez años haciendo funciones de mediador entre el Gobierno de Maduro y la oposición, pero esta no lo quiere ver ni en pintura porque su mediación ha sido más bien un apoyo sin escrúpulos a Maduro. Vivir para creer. Mientras en España se pone el punto de mira sobre los oscuros negocios de ZP en Venezuela y China, la dirigencia caraqueña lo ensalza. Seguramente Trump no sabe ni quién es el exlíder socialista español.
De otro lado, está el gran emperador, Trump, quien debe de estar riéndose de la palabrería de los hermanos Rodríguez. Él sabe que con solo soplar un poco se derrumba el entramado del nuevo pseudogobierno de Caracas. Dispone de informes de la CIA por parte del exjefe del contraespionaje venezolano Hugo Carvajal, el Pollo Carvajal, como se le conoce, actualmente bajo arresto en EE. UU. tras ser extraditado en 2023 por España, acusando a Delcy y a su hermano Jorge de los mismos cargos de narcoterrorismo de los que la justicia estadounidense imputa a Maduro.
El presidente Trump habla como Maduro o como antes lo hacía Chávez. Lo hace con lenguaje coloquial cuando declara que la tutela de Venezuela durará mucho tiempo, que todo ello redundará en beneficio de las compañías petroleras de su país y que calcula que Estados Unidos recibirá gratuitamente entre 30 y 50 millones de barriles. Nada de hablar de elecciones por ahora, en contra de lo que insinúa la cúpula venezolana o el secretario de Estado, Marco Rubio, al que se considera como el gran cerebro de la operación en Venezuela.
El concepto de derecho internacional ha quedado obsoleto tras la crisis de Venezuela, si ya no lo estaba antes con la invasión de Rusia en Ucrania. Hay que aceptar que existirá un nuevo orden internacional con Estados Unidos, Rusia y China. ¿Con qué derecho se podría frenar una ocupación de Taiwán por parte de China después de lo ocurrido en Ucrania o Venezuela? La isla rebelde ha sido siempre considerada por Pekín como territorio chino y su principal aliado, Washington, deberá ir con cuidado ante una eventual acción del régimen chino.
Donald Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping se han convertido en los tres gendarmes planetarios, por si hubiera dudas, y son quienes se reparten territorios según sus intereses. Tanto Putin como Xi han sido tibios en la condena del ataque a Venezuela. La Unión Europea, mientras, sigue sumida en sus contradicciones, en su falta de liderazgo, en la realidad de que quizás fue una equivocación la ampliación precipitada a los países del Este. El multilateralismo ha quedado a un lado, como ya ocurrió con Irak, y la función de la ONU es muy discutible. Aquella reforma del Consejo de Seguridad presentada por el fallecido Kofi Annan duerme en los cajones del Palacio de Cristal. Y la OTAN está en la UCI, con graves riesgos de perecer.
Ya lo manifestó en 2019 Macron al hablar de «muerte cerebral». Ahora Trump está dispuesto a retirarle la botella de oxígeno o a que paguen los «gorrones» europeos. Make America Great Again, lo cual no quiere decir forzosamente hacer un mundo mejor.
