Trump debería volver a la escuela (de Salamanca)
Si EEUU emplea su enorme fuerza en defender el derecho internacional y no en destruirlo mantendrá su hegemonía

Ilustración de Alejandra Svriz.
En 1526 Francisco de Vitoria ganó por oposición la Cátedra Prima de la Universidad de Salamanca, el puesto universitario más prestigioso de España. Esta fecha se puede considerar como la del nacimiento de la Escuela de Salamanca, del que por tanto celebramos el quinto centenario. En estos días en que tanto se habla del nuevo orden mundial, sus ideas nos pueden iluminar más que las de cientos de opinadores.
La captura de Maduro por EEUU ha sido un espectacular éxito militar y un motivo de esperanza para la mayoría de los venezolanos. Pero las declaraciones posteriores de Trump y sus ayudantes en relación con el futuro de Venezuela (y de Cuba, Colombia y Groenlandia…) parecen suponer una extraordinaria ruptura: suponen el fin del orden mundial surgido de la Segunda Guerra Mundial, basado en el multilateralismo y en el respeto a unas reglas asumidas por todos y supervisadas por la ONU.
La nación más poderosa, que apoyó decisivamente ese sistema, lo denosta y se entrega al llamado realismo, consistente en considerar que el único criterio en las relaciones internacionales es el interés nacional y el único medio la fuerza. Stephen Miller, asesor clave y subdirector de políticas del presidente Trump, decía hace dos días en una entrevista en la CNN: «Vivimos en un mundo, en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos». Añade que, en consecuencia, EEUU utilizará ese poder en su propio interés y sin pedir perdón («unapologetically»). Esa fuerza superior —dice— implica que pueden dirigir Venezuela aunque el Gobierno siga siendo chavista, y que Dinamarca no se opondrá a EEUU si se anexiona Groenlandia.
Muchos lamentan este cambio, pero otros tantos acusan a aquellos de ser tan cínicos como el capitán Renault —en la película Casablanca— cuando dice que en Rick’s se juega. No les falta parte de razón: EEUU a menudo, China sin rubor y Rusia de forma sistemática, han ignorado las más elementales reglas del derecho internacional, interviniendo más allá de sus fronteras de manera abierta o encubierta. Con mayor razón dicen que el supuesto «mal ejemplo» que ha dado EEUU en Venezuela es irrelevante. Pero ¿significa esto que el cambio es solo el abandono de una falsa retórica? ¿No ha existido nunca ni es necesario un derecho internacional? La respuesta es un contundente no.
Como señaló el Barón Korff hace un siglo, «el derecho internacional es tan antiguo como la civilización». Desde el momento en que existe una mínima organización política estable, algo parecido a un Estado, entra en relación con las otras organizaciones con las que limita, y estas relaciones se institucionalizan: una frontera no deja de ser una institución, y también lo son las reglas, escritas o no escritas, que se aplican al comercio, la circulación de personas, etc… Estas instituciones tienen inicialmente ámbito regional, pero a medida que mejoran el transporte y el comercio se produce una tendencia a la universalidad.
«La idea de un derecho internacional que limita el ejercicio de la fuerza por parte de los Estados cristaliza en la Escuela de Salamanca»
Por eso la idea de derecho internacional no nace en 1945; se puede encontrar su origen en la filosofía estoica y sobre todo en la idea cristiana de dignidad de todos los hombres. Por ello su primera formulación se encuentra en San Agustín (Ciudad de Dios), y con más precisión en Santo Tomás, como nos recordaba hace unos días David French en el New York Times. En todo caso, la idea completa de un derecho internacional que limita el ejercicio de la fuerza por parte de los Estados, cristaliza precisamente en la Escuela de Salamanca. Para ello se combinaron las ideas tomistas, la repentina expansión del mundo conocido que supuso el descubrimiento de América y el genio de un grupo de pensadores (Vitoria, De Soto, Suárez, etc…).
Intento resumir la esencia de su pensamiento. La base es que existe un orden natural que tiene un origen divino pero que la razón humana puede descubrir con la observación. Una acción moral es la que sigue ese orden natural. Como el hombre es un ser social y consigue su desarrollo a través de la colaboración con otros hombres, se hace necesario mantener el orden, lo que justifica la existencia de un poder; pero ese poder a su vez sólo se justifica si persigue el bien común. Por eso el poder tiene límites y no sólo en el ámbito interno, sino también en las relaciones entre Estados.
Vitoria sostiene que existe un ius gentium que se aplica a todos los hombres, que se basa en el derecho natural y que ha de ser observado por todos: «Ningún reino puede ignorar este derecho de las naciones, porque tiene la sanción de todo el mundo». Todo ello impone una limitación al poder de los Estados, en particular al uso de la guerra y la violencia frente a otros Estados. En concreto, señala como reglas: 1. Evitar cualquier provocación y causa de guerra. 2. Que la causa de la guerra sea justa. 3. Que en caso de victoria, esta sea utilizada con moderación y humildad cristiana. A estos se añaden otros principios como por ejemplo la necesidad de respetar los tratados o la inmunidad diplomática.
Estaría bien que Trump y su entorno, que tan a gala tienen su cristianismo, volvieran a la Escuela de Salamanca para entender que el Derecho Internacional existe, aunque por desgracia no siempre se respete. Si no lo hacen por convicción, deberían al menos hacerlo por interés: la realidad es que el reconocimiento de unas reglas, promovidas por EEUU y aceptadas y respetadas de manera general, ha servido bien a ese país durante 80 años. Si emplea la enorme fuerza que sigue teniendo en defender ese sistema y no en destruirlo, es mucho más probable que mantenga su preeminencia económica y militar. No es necesario leer la Summa Theologica de Santo Tomás o De iure belli de Vitoria: con repasar la historia de los últimos 500 años queda claro que el respeto a las reglas y las alianzas y la autolimitación del poder han dado mejores resultados que llevar el poder desnudo hasta el límite en que otro poder lo detiene.
