A ver si los agentes de ICE se llevan a Melania por su sospechoso acento
«Ella, que siempre fue una presencia ausente, pretende ahora dejar su papel de secundaria de lujo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hay silencios que hablan inglés con subtítulos. El de Melania Trump es uno de ellos. Lleva más de dos décadas en Estados Unidos, ha vivido en la cúspide del poder y, aun así, su acento sigue siendo tratado como una excentricidad ornamental, un jarrón eslavo en el Salón Oval. El problema es que, en la América del trumpismo tardío, el acento no es un adorno que aporte glamour, sino una tara que delata un origen lejano y, por lo tanto, sospechoso.
No olvidemos que hay ciudadanos detenidos por pronunciar mal una vocal: una erre, una zeta, esa herencia hispánica que ahora se disimula, no vaya a ser que te descerrajen tres tiros a la cara o diez por la espalda. Porque hay redadas que confunden gramática con legalidad, y ya hemos visto que los agentes de inmigración no se las toman a broma.
Entonces, uno se pregunta con cierta lógica administrativa y con mucho sesgo irónico: ¿A Melania la deportaría la policía de su marido?
La biografía es tan conocida como convenientemente retocada. Nació en Eslovenia, fue modelo, llegó a Nueva York, ascendió por la pasarela correcta y se casó con Donald Trump, que es una marca más que una persona física: un logotipo con corbata roja. De aquel encuentro surgió una pareja improbable, sostenida por contratos, prematrimoniales y una coreografía pública que siempre pareció ensayada por separado. Ella, distante; él, posesivo. Ella, muda; él, ruidoso. El matrimonio como un acuerdo de confidencialidad con hijos y un contrato laboral a tiempo completo.
Los rumores han sido constantes: dormitorios separados, negociaciones maritales tras cada escándalo, cláusulas activadas por infidelidades que se pagan en silencio por medio de abogados tan caros como discretos.
De fuera para dentro: nada probado, todo plausible. Los vídeos, en cambio, son obstinados: el manotazo retirado en el aeropuerto, el gesto congelado en el balcón, la sonrisa que llega tarde, la mueca que ya no esconde el asco cuando ya no la mira. No hace falta leer los labios cuando el cuerpo ya ha presentado una enmienda a la totalidad.
De dentro para fuera: el millonario pacto con la actriz porno Stormy Daniels como prueba viviente de las traiciones descaradas de quien solo puede conquistar a una mujer apoyado en la erótica del poder. Y en efectivo.
Ahora llega el documental producido por Amazon, una superproducción que pretende humanizar a la primera dama como si fuera una especie en peligro de extinción: la mujer que sobrevivió a Trump. El encargo se presenta como introspectivo, elegante, íntimo. Lo íntimo, en este caso, es el presupuesto. Se habla de cifras astronómicas, de un cheque generoso firmado por Jeff Bezos, el millonario en eterna lucha con Elon Musk por ser ‘el hombre más rico del mundo.’ ¿Es un soborno? Legalmente, no. Políticamente, la pregunta se responde sola. Cuando el poder compra relato, la factura no se envía: ya se cobrará de alguna manera.
Amazon Prime Video nos vende el documental, pero el público no lo compra. El estreno en cines va a ser un desierto con palomitas, con salas que no han vendido ni una entrada (en los AMC Boston Common, por ejemplo). Las butacas han entendido antes que nadie el concepto de boicot pasivo: el espectador no paga por ver redenciones de lujo ni confesiones en formato prémium.
Melania, que siempre fue una presencia ausente, pretende ahora dejar su papel de secundaria de lujo para convertirse en protagonista. Pero el guion le queda grande. Habla poco, y cuando habla, su inglés sigue siendo un recordatorio incómodo: el idioma como frontera. En una administración que ha convertido el acento en sospecha, la primera dama sería una anomalía administrativa. Si ICE se guiara por los mismos criterios que aplica en barrios latinos —entonación, errores sintácticos, papeles que no se enseñan a tiempo—, Melania tendría que practicar el silencio con más convicción. O pedir asilo conyugal.
La ironía es perfecta: el régimen que persigue migrantes con fervor estadístico tendría que explicar por qué la mujer del presidente no pasaría el test informal que se aplica a cualquiera en una parada de autobús.
—¿De dónde es usted?
—Eslovenia.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
—Acompáñenos.
La deportación como performance marital. El matrimonio como visado. Claro que a ella no la pillarán nunca esperando el bus. Ni el último tranvía. Melania, con su inglés eternamente extranjero, encarna la paradoja suprema: la migrante intocable. La excepción que confirma la regla: hay un acento que se perdona cuando el apellido es un salvoconducto.
Al parecer, el documental intenta reescribir esa historia como si se tratara de la lucha de una mujer fuerte en entorno hostil. Todo muy inspiracional, pero no cuela. La primera dama apostó por el mutismo estratégico, el gesto neutro, la chaqueta verde con mensaje retador: «Realmente no me importa, ¿a ti?». Más que una pregunta era una tesis.
Y mientras la pantalla se centra en la Cara A de la protagonista, el papel nos muestra la Cara B: el libro de Stephanie Winston Wolkoff, exasesora y exconfidente de Melania, la retrata como una traidora, manipuladora y paranoica, obsesionada con el borrado de todas las conversaciones del móvil que la autora atesora como prueba para librarse de las demandas.
También hay una biografía no autorizada, Liberad a Melania, en la que Kate Bennett revela el mal rollo con Ivanka, el ojito derecho de papá, en un relato periodístico que se aleja de la idílica postal descrita en la autobiografía Memoir de Melania Trump, cuya verdadera autoría es un secreto de Estado, no como en el caso de Sabor a hiel, firmado con alevosía por Ana Rosa Quintana.
Nada de todo esto se verá, solo podrá leerse.
Mucho me temo que a la espera de que unos agentes se presenten en Mar-a-Lago con una orden basada en fonética comparada, el documental seguirá acumulando polvo digital mientas su rutilante estrella con acento eslavo camina, sin saberlo todavía, hacia el olvido.
P.D.: Se ha hecho viral un mensaje de Donald Trump en su red social sobre el estreno del documental que le permite «anunciar con orgullo que estamos en un momento fundacional en la Historia Americana […]. De obligatorio visionado […]. Las universidades que se nieguen a estudiar esta obra maestra perderán las ayudas […]. Muchos dicen que es la mejor película desde la invención del cine». El mensaje es falso. Lo terrible es que, para comprobarlo, hay que chequearlo con Grok o ChatGPT porque ya no sabemos qué es verdad o qué es mentira cuando hablamos del presidente de los Estados Unidos.
