Uclés y el atelier de la pedantería
«Es relamido hasta la náusea. Maneja frases afectadas, un sentimentalismo de baratillo y una sintaxis que pide auxilio»

El escritor y pintor David Uclés. | Lorena Sopêna (EP)
Parece que no eres nadie en la prensa si no tienes tu columna sobre David Uclés. Es el souvenir del momento. He leído disecciones brillantes sobre el personaje —las de Rebeca Argudo, las de Lenore, la de Olmos, la de Soto Ivars— y, aunque ni en mis mejores sueños pueda superar a los antes citados, yo también quería tener mi David Uclés. Vamos a ello.
Leí hace poco en X, a propósito de nuestro protagonista, que todo hombre tiene derecho a ser un completo imbécil durante al menos cinco minutos al día, pero que la sabiduría consiste en no exceder ese límite. David Uclés, el último niño mimado de las letras patrias, no solo ha excedido el límite; ha decidido mudarse a vivir en él. Ha inventado su propia forma de vida y, de momento, parece contento, sin percibir que corre el riesgo de acabar convertido en un juguete roto.
Si uno quisiera diseñar en un laboratorio al perfecto niño probeta de la cultura sanchista, el resultado sería David Uclés. El autor de La península de las casas vacías —novela que ha vendido casi 300.000 ejemplares— es el producto final de una cultura en descomposición que premia el postureo y acaba castigando el talento. Uclés es la encarnación del vacío intelectual disfrazado de compromiso. Alguien le hizo creer, probablemente su madre, que era un genio. Y aquí estamos.
Uclés se pasea por los salones literarios de Madrid con el ajuar de un labriego del siglo XIX, pero se vende como un artista del Renacimiento. No solo escribe; también pinta. O pintaba. Dijo en una ocasión que para sus cuadros tiene un «atelier» en casa de sus padres —hay que ser pretencioso—. Porque decir «cuarto de pintar» es demasiado vulgar para quien habita en una nube azucarada de pedantería. Decía en Instagram (él es muy de postear, aunque sospecho que no postea, sino que «encauza sus palabras de manera terapéutica» o alguna cursilada similar) que solo pinta una vez al año porque la literatura le roba todo el tiempo: «No podré realizar ninguno de vuestros encargos». Sus seguidores tendrán que esperar para poseer un Uclés firmado.
Llegué a pensar que era mejor pintor que escritor, hasta que me di cuenta de que su mejor cuadro era, en realidad, un calco de un boceto de su paisano Rafael Zabaleta. No está mal calcado e incluso aplica el color con cierta sensibilidad, pero desconozco hasta qué punto eso es arte. También canta y toca varios instrumentos, y no lo hace mal. Creo, sinceramente, que lo que peor se le da es la escritura.
Vamos a lo importante: no escribe bien. Es relamido hasta la náusea. Maneja frases afectadas, un sentimentalismo de baratillo y una sintaxis que pide auxilio. Alberto Olmos, uno de los mejores columnistas de España, sentenció hace poco: «La península […] no puede ser considerada alta literatura por nadie con dos dedos de frente». A Uclés le rechazaron el manuscrito mil veces antes de publicar. Esos mil editores no se equivocaron: simplemente no supieron leer al personaje. La editorial Siruela sí supo hacerlo, y la apuesta le ha reportado muchas alegrías. Alegrías económicas, se entiende.
Seamos honestos: sospecho que su novela va camino de ser uno de los libros más vendidos y menos leídos de la historia. La cosa debe estar ya reñida con el Ulises de Joyce y Rayuela de Cortázar. Las casas vacías es algo así como No logo de Naomi Klein: se compra por kilos, no por capítulos. Funciona como un accesorio de interiorismo, un mueble con portada bonita para decorar la mesa de centro y exhibir virtud moral ante las visitas. Lo compras, subes la foto a Instagram junto a un chai latte para validar tu carné de modernete concienciado, y ahí se queda, virgen y acumulando polvo. Su prosa es un anestésico tan potente que apostaría lo que fuera a que el 99% de sus supuestos lectores no han pasado de la página 50.
Su mayor talento, el de Uclés, es el de ser un sectario de manual a tiempo completo. Y ojo, para eso hay que valer. Por ello el régimen le premia. Su espantada en Sevilla, en las jornadas organizadas por Pérez-Reverte y Vigorra, lo retrata. Aceptó ir, esperó al último minuto y montó el numerito para ganar el aplauso fácil de su burbuja. No se retiró por principios, sino por marketing. Le da asco sentarse cerca de la derecha (aunque no compartía mesa con Aznar ni con Espinosa de los Monteros, precisamente), pero no tiene problemas en cobrar cheques de Destino (fundada por falangistas) o Siruela (propiedad de los Alba, la más alta aristocracia, esa que hizo muy buenas migas con Franco). Para el debate tiene la piel muy fina; para la pasta, el bolsillo muy grande. Es un antifascista de chequera. Mientras Pérez-Reverte tenía que aplazar el evento, el niño Uclés celebraba la ocurrencia con vino (siendo abstemio). Súbanle el caché y verán qué pronto vuelve a embarcarse. Todo tiene un precio.
David Uclés es un 1% literatura y un 99% personaje. Si le quitas la boina, la cuerda a modo de cinturón y las redes sociales. ¿Qué queda? Nada. Absolutamente nada. Solo un activista encantado de conocerse.
Uclés representa la peor lección posible para las nuevas generaciones: que no hace falta tener demasiado talento si tienes la estética correcta, que no hace falta coherencia si tienes el carné ideológico adecuado, y que se puede ir de revolucionario mientras se es, esencialmente, un apesebrado del sistema.
Decía él que sus seguidores tendrán que esperar para tener un Uclés firmado. Yo ya estoy tranquilo, ya he firmado mi Uclés.
