Yolanda, ni los tuyos te han querido
Han sido los suyos, sus compañeros de fatigas ideológicas, los que le han clavado el puñal con una frialdad pasmosa

Yolanda Díaz. | A. Pérez Meca (EP)
Yolanda Díaz ha aprendido la lección más cruel y definitiva de su carrera política. Ni los suyos la han querido. Esta frase, que podría servir de epitafio para su trayectoria, encapsula el drama de una vicepresidenta que se vio como la salvadora del espacio más izquierdista, y que ahora se encuentra sola, abandonada por aquellos que una vez la elevaron a los altares. No ha sido la oposición conservadora la que ha asestado el golpe mortal, con sus críticas que, aunque duras, se basan no solo en datos, sino en la realidad más palpable. Han sido los suyos, sus compañeros de fatigas ideológicas, los que le han clavado el puñal con una frialdad pasmosa, demostrando que en la política la lealtad es un bien escaso, reservado solo para cuando los puestos están garantizados.
El acto de traición que señaló el final del camino para Yolanda tuvo lugar el sábado pasado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Allí, ante varios centenares que llenaban la sala con un entusiasmo que se notaba forzado, se estrenó la nueva coalición de las fuerzas a la izquierda del PSOE. Izquierda Unida, Más Madrid, los Comuns y el Movimiento Sumar, el proyecto que la propia Yolanda impulsó con tanto entusiasmo y autobombo, presentaron su alianza electoral de cara a las elecciones generales de 2027. Antonio Maíllo, el coordinador federal de Izquierda Unida y candidato a las andaluzas, tomó las riendas del acto con energía desbordante. «Anuncio solemnemente que se ha acabado la melancolía», declaró con voz firme, moviendo los brazos como si dirigiera una orquesta invisible hacia un futuro luminoso. Se mostró convencido de que «habrá más incorporaciones, estoy seguro de que van a producirse», en una alusión nada sutil a Podemos, ese elefante en la habitación que todos prefieren ignorar.
Lo que más llamó la atención fue la presencia de los representantes gubernamentales. Todos los ministros del Gobierno de coalición que pertenecen a Sumar acudieron al evento. Allí estaban Mónica García de Más Madrid, Ernest Urtasun de los Comuns, Sira Rego de IU, y Pablo Bustinduy. Todos ellos sonrientes, aplaudiendo y posando para las fotos que sellaban la nueva etapa. Todos menos Yolanda Díaz. La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, la supuesta líder natural del espacio, la protagonista indiscutible hasta hace poco, no asistió. Ella había justificado previamente su no presencia con una frase que ahora suena a excusa barata: «Es el momento de las formaciones políticas». Prefirió no acaparar focos, dijo. Pero el foco la evitó a ella. Los agradecimientos a la aún líder de Sumar retumbaron como un adiós anticipado, como un funeral disfrazado de fiesta de renovación. Acuchillada por la espalda por los suyos, marginada en el acto que representaba su propio ecosistema político, la vicepresidenta ve cómo su proyecto se le escapa de las manos.
Esta traición interna no debe sorprenderla. Yolanda Díaz llegó a la primera línea rompiendo con Izquierda Unida. Después dejó en la estacada a Pablo Iglesias tras ser colocada por él, para construir Sumar como un proyecto «más allá de las siglas». Sus compañeros de partido son conscientes de su desgaste y falta de carisma para liderar un proyecto motivante. La nueva alianza es un lavado de cara que solo deja atrás a su figura principal hasta este momento. Es el certificado de que su tiempo ha pasado, de que ya no es imprescindible, de que los suyos la ven como un lastre más que como un activo.
Las ideas políticas de Yolanda Díaz han sido siempre inanes, vacías de sustancia real, diseñadas únicamente para justificar el mantenimiento de las poltronas y los privilegios asociados a los cargos. El gasto público desbocado, con subsidios y ayudas que se multiplican, fomenta una cultura de la dependencia en lugar de promover la creación de empleo estable y productivo. El resultado es objetivo y doloroso: tasas muy altas de riesgo grave de pobreza, una juventud con dificultades para emanciparse, una clase media que se empequeñece, mientras los dependientes del Estado crecen. Todo esto, justificado en discursos grandilocuentes que ignoran los datos duros de la economía real.
Yolanda se ha erigido como la gran defensora de las mujeres. Pero cuando los casos de machismo, abusos o comportamientos inadecuados se producen en partidos y entornos de su misma cuerda ideológica, el feminismo se transforma en un instrumento sordo y ciego. Se tapa, se ampara, se mira para otro lado con una complicidad que raya en la hipocresía. Los escándalos internos se minimizan o se atribuyen a «errores aislados», mientras los ataca sin piedad en los rivales políticos. Es un feminismo tribal, de partido, que protege a los aliados y condena a los disidentes.
Ni los tuyos te han querido, Yolanda. Esa es la verdad final, la más dolorosa y reveladora. Expulsada, desterrada, olvidada en el limbo de los líderes caducos. Mientras la izquierda continúa su danza eterna de refundaciones y nuevos comienzos, España sigue lidiando con las consecuencias de políticas inanes que solo han servido para ocupar sillones a costa de aumentar la pobreza y la división entre los españoles. Y usted, señora Díaz, es el símbolo de ese fracaso.
