The Objective
Crónicas del caos

Nuestro Rey salvador tiene que estar en España

«Salvó el Estado constitucional. ¿No se merece vivir estos años que le puedan quedar en su patria?»

Nuestro Rey salvador tiene que estar en España

El rey Juan Carlos I. | Gtres

Se lo merecía antes y se lo merece aún más después de conocer los entresijos de su papel en el desmantelamiento del golpe de Estado de 1981. Por sacarle ciertos peros, reparos, algunos mendrugos malintencionados critican que nuestro rey Juan Carlos se entrevistara tras aquel tremendo episodio con uno de sus artífices, el general Milans del Bosch. Hizo bien: uno de los documentos presuntamente secretos (en realidad ya se sabía casi todo) revela la evidencia de esa entrevista, posterior a la que el monarca mantuvo con el presidente del Gobierno, ya Leopoldo Calvo Sotelo, el ministro de Defensa, Alberto Oliart, y los jefes del Ejército.

El objetivo era conocer de primera mano si, ya detenidos, los involucionistas aún seguían trapicheando con la posibilidad de repetir la jugada. Pidió el Rey entonces a su antiguo amigo Milans que, durante el juicio posterior, dejara de involucrar a la Corona en una situación que para nada había alentado. Eso fue todo. Por si alguna duda cabía sobre la actitud de los golpistas, una sola frase extraída de los documentos ahora conocidos desvela la frustración de estos por «dejar al Borbón libre». O sea, un reconocimiento explícito de que, sin ir más lejos, si hubieran asaltado el Palacio de la Zarzuela, la asonada hubiera triunfado. Él —o sea, el Rey— era textualmente: «El objetivo a batir».

En ningún texto de los conocidos hasta ahora se relata implicación alguna de don Juan Carlos con los responsables de aquel atentado a la democracia. Siempre se ha sabido de la negativa tajante de la Casa de Su Majestad a que el entonces todavía general Armada, sin duda el promotor y líder del golpe, apareciera por el despacho del monarca. Esta fue su gran decisión, la suya, bien aconsejado sin duda por Sabino Fernández Campo, jefe de su Casa, determinante durante toda aquella dramática noche. Armada se pensaba a sí mismo como el salvador celestial de una España en bancarrota nacional que él quería enmendar con el fin, por el medio que fuera, de la Presidencia del Gobierno para su persona.

Armada se alió con un espadón propio del siglo XIX, el citado Milans, y con un pobre diablo fanatizado, Tejero Molina, para colocar a todo el país bajo sus botas, a sus órdenes. Hasta Tejero —«tonto» y «desgraciado», como le ha retratado su mujer horas antes de su muerte— llegó a ser consciente en algún momento de aquella desgraciada noche de que los implicados de los servicios de inteligencia se habían servido precisamente de él para lograr sus propósitos.

Engañaron al españolismo folclórico de Tejero y no repararon en las consecuencias de depositar en un tipo extralargo de sentimientos como él nada menos que el atentado contra el Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional. Tejero y sus infortunados guardias civiles, reclutados a lazo con la mentira de que se trataba de detener a los facciosos de la banda terrorista ETA, estaban dispuestos —y así lo demostraron— a todo. También a seguir una orden ahora conocida: «Un primer tiro al aire, luego a matar».

Pudo producirse, pues, una masacre general, brutal, dirigida por un incontrolado que ya se ha quedado retratado como lo que de verdad era y representaba: un bodoque enfurecido y trastornado dispuesto nada menos que «a morir por España». No hacen falta más explicaciones. Es de suponer que puedan quedar más «papeles» que los que se han hecho públicos. Veremos. Los referidos a don Juan Carlos son tan inapelables como conocidos: sin él, en aquel momento, la democracia hubiera quedado interrumpida. Los golpistas, los unos que trabajaban con luz y taquígrafos, y los otros, la hipermencionada y aún inédita «trama civil», se habían entrenado para ello. Durante años se han construido especulaciones de todo jaez para introducir al rey de España tanto en la articulación como en la misma ejecución del golpe.

¿Qué ha pretendido Sánchez con la difusión de estos documentos? Tratándose de él, no se le pueden presumir buenas intenciones, pero ha fracasado: la intentona, también esta vez, ha parido castizamente un ratón. Casi todo, por no decir todo, de lo difundido ya se había escrito. Por ejemplo, en el libro de José Oneto: La noche de Tejero, absolutamente riguroso, avanzando las claves de aquella involución.

¿Creyó Sánchez que con estas publicaciones la Corona quedaría devaluada? No es imposible. Ha conseguido exactamente lo contrario, de ahí viene la pena con que sus costaleros han recibido los textos. ¿Su reacción? Esta: faltan más revelaciones. No es imposible, pero las trascendentes ya han despejado para siempre las imputaciones que durante decenas de años se han realizado sobre don Juan Carlos.

La verdad solo es una: él salvó el Estado constitucional. ¿No se merece, por tanto, vivir estos años que le puedan quedar en su patria? Lo dicho: si antes ya se lo merecía, ahora, tras conocer los tales documentos secretos que han dormido el sueño de los injustos durante 45 años, mucho más. Don Juan Carlos ha quedado reivindicado. Eso, su compromiso con la libertad, bien vale su regreso al país que él pudo salvar. Cuanto antes.

Publicidad