Los Goya 2026: crónica de una gala (o Gaza) anunciada
«Casi todos los premiados hablan de Gaza y de ningún otro conflicto, y menos aún de nada relacionado con la política nacional»

El actor Luis Tosar (d), y la cantante y actriz Rigoberta Bandini posan a su llegada a la ceremonia de entrega de la 40º edición de los Premios Goya. | EFE
En esta sociedad nuestra tan apocalíptica como decadente, nada como la ceremonia de los premios Goya para que no se nos olvide que esa es nuestra realidad. La gala cumplió 40 años, una cuarentena donde los que han decidido aislarse de la infección de lo que realmente pasa en España y en el mundo son las personas que trabajan en la industria cinematográfica española. No son todos, pero son los que más ruido hacen, o mejor dicho, a los únicos a los que les dejan hacer ruido. Hay miedo a manifestar una opinión que se salga del pensamiento único admitido. Una tiranía invisible, sibilina, retorcida. Si la socialdemocracia bien entendida es fascista para ellos, cómo no lo van a ser los liberales, los conservadores o cualquier ideología que vaya del centro izquierda hasta la derecha más conservadora. Un cine español que solo quiere representar a la extrema izquierda y a cualquier nacionalismo que no sea el español, por supuesto.
Empieza la gala. Este año es en Barcelona. Cantan Rigoberta Bandini y Luis Tosar, presentadores de la ceremonia «Hoy puede ser un gran día» de Serrat. El gallego es un gran actor, pero verle cantar y bailar hace que el día pueda ser de todo menos bueno. Luis Tosar es ese que dijo en una entrevista que no tenía amigos hombres porque solo hablaban de fútbol y de pegarse de hostias. Cosa que evidentemente no es verdad. Mucho peor es decir ese tipo de estupideces, o cantar y bailar como lo hizo él. Empieza el primer mitin de los presentadores y hablan del genocidio en Gaza, mientras enfocan al actor Alberto Sanjuán, que lleva una pegatina en la solapa de su chaqueta que pone «Stop al genocidio en Gaza». Lo llevan la gran mayoría de los presentes, demostrando que son mejores personas que cualquiera de nosotros y, por supuesto, más comprometidos.
Albert Serra recibe el premio a la mejor película documental con Tarde de soledad, una película taurina tan hiperrealista como preciosista y extrema. Lleva unas gafas de sol futuristas. Pareciera que viniera de la rave de la película Sirat, pero no es así. Serra es un distinto, pero esta vez su película trata de algo que tiene una verdad incuestionable, y no de algo tan químico y a la vez insustancial como un grupo de enloquecidos bailando en un territorio desértico, recordándome mucho a los therians, pero sin necesidad de llevar caretas de animales. La televisión enfoca a su director, Oliver Laxe. Lleva un traje morado o violeta, según se mire, o se sea experto en las gamas de colores, y el pelo tan largo como siempre. Es lo más parecido a un Cristo nazareno de una procesión de Semana Santa. En el pecado de ver su película, los espectadores llevaron la penitencia. Ahora la imagen nos muestra a Pedro Sánchez para que sepamos que el anticristo también está representado en el auditorio.
Fernando Méndez Leite, presidente de la Academia, entregó el premio Internacional de los Goya a la actriz Susan Sarandon. El día anterior, la americana en la conferencia de prensa dijo que Pedro Sánchez era muy alto y muy guapo, además de estar siempre en el lado correcto en sus opiniones políticas. Hay que reconocer que como actriz se ha ganado muy bien la vida y de manera muy merecida, porque como analista política internacional su desconocimiento y su manera sesgada de ver la vida es lamentable. Tras recibir el premio, la cosa no mejoró. Dijo que Pedro Sánchez es un presidente con una gran lucidez moral. La moralidad de los prostíbulos y las saunas gays. De la corrupción a espuertas, de una mujer y un hermano imputados, de varios ministros en el punto de mira judicial, de dos secretarios de organización que han acabado en prisión, y así podría estar hasta mañana, pero son las once de la noche y no he cenado. A un servidor siempre le gustó Thelma y Louise, y tuve claro que mi corazón pertenecía a Geena Davis.
Va apareciendo gente que recibe premios. Una mujer argentina dice que Milei les quiere cobrar el agua. Como si los argentinos no vivieran ahogados desde hace décadas. Doy gracias por vivir en Madrid y que el vaso de ese líquido vital que me estoy bebiendo venga del Canal de Isabel II y que su calidad no tenga precio. Otra mujer que va a entregar un premio y que está al lado de Leticia Dolera pide un aplauso solo para las mujeres que se dedican a cualquier labor relacionada con el mundo del cine. Los hombres del auditorio aplauden nerviosos, pues no saben si les han dado permiso para hacerlo.
Es el momento del Goya de Honor para Gonzalo Suárez. 91 años contemplan al asturiano. Un director de cine y escritor maravilloso. «Dios nos premia con los sueños y nos castiga con la realidad» dice poniéndose en la piel de un vagabundo. «El cine es el único lugar para los sueños en la vida real». Y pocos como el ovetense los han pintado con colores tan tangibles.
Tras minutos y minutos de un bostezo que tuvo grave riesgo de volverse crónico, la gala hizo un breve homenaje a Rosa María Sardá que anticipó el momento de los obituarios. Nadie como la Sardá ha presentado ni presentará los Goya. Ironía y acidez. Humor inteligente y elegancia. Y este año nos tenemos que conformar con el de «las hostias» y con la de «las tetas». Golpeados y con miedo nos quedamos los espectadores si esto es lo mejor que nos puede ofrecer el cine español en su gran fiesta. Casi todos los premiados hablan de Gaza y de ningún otro conflicto, guerra o problema en el mundo, y menos aún de nada relacionado con la política nacional. España ahora es el paraíso en la Tierra. Ojalá viviéramos en su mundo.
Patricia López Arnaiz gana el premio a mejor actriz por Los domingos, la película de la adolescente que se quiere meter a monja. Hace de la tía de la chavala y es la que más se niega a que entre en una congregación. Alauda Ruiz de Azúa gana el premio a la mejor dirección por la misma película y en su discurso destaca que solo otras tres mujeres han ganado ese premio. Y como no hay dos sin tres, Los domingos también gana el premio a la mejor película. Una de las productoras dice que por fin hay varias directoras y películas hechas por mujeres, y que espera que en diez años los números hayan cambiado históricamente en ese sentido. En cristiano, y para que todo el mundo lo entienda, dio a entender que durante la próxima década hay que dar los premios a películas hechas por mujeres, siendo lo de menos si son merecedoras o no, para igualar la desigualdad del pasado. Un servidor no sabe si ha sentido una llamada divina, pero los ojos se me cierran y solo escucho nítido el sopor de una gala tan previsible que, por suerte, llega a su fin. Me espera el cine de las sábanas blancas, el único que nunca decepciona.
