El ‘hodio’ es Óscar Puente pero al revés
«Cada definición de lo que era el odio en las redes sociales parecía la definición perfecta del ministro de Transportes»

El ministro de Transportes, Óscar Puente. | Eduardo Parra (EP)
Pedro Sánchez presentó el pasado miércoles su última pantomima. Eso sí, lo presentó por todo lo alto, como si nos fuera a anunciar algo tan importante que cambiaría nuestras vidas. En ese momento pensé que por fin había visto la luz y se había decidido a dimitir y a dejar a España en paz. En definitiva, a ser coherente con su «no a la guerra» y dejar de despedazarnos. Darnos tiempo para reconstruirnos tras sus políticas de destrucción masiva. Evidentemente, está muy bien lo del derecho internacional cuando es una cosa que pasa muy lejos de donde estamos, pero mejor está respetar el derecho a la dignidad de las personas a las que representas por mandato, para después humillarlas con decisiones que solo les empobrecen moral y económicamente, y que no nos benefician en nada. El sanchismo es un nihilismo superficial, y Pedro, una especie de Nietzsche, cuya filosofía es no hacerle preguntas. Un superhombre con el rostro de acero y envuelto en una capa roja.
El presidente del Gobierno caminó hasta el atril con paso seguro. Lleva un traje que le «aquijota», asegurándose parecerse al caballero de la triste figura. Un aspecto raquítico, no solo exteriormente, sino por dentro, con un alma cada vez más invisible para los ciudadanos. Mira al frente, y a nadie en concreto, como siempre. Lo importante está en la masa, como decía la campaña publicitaria de una empresa de comida rápida de hace algunos años. Y la masa es algo moldeable en las manos de un maestro pizzero como es Pedro Sánchez. La masa no tiene ojos ni boca, ni mucho menos corazón. A la masa se le da un alimento rápido en digerir, sencillo a la vista, y con un sabor tan agradable, que no te haga preguntarte de dónde viene o cómo ha sido elaborado.
A Sánchez le cambió el rictus un segundo antes de empezar a hablar. Se había metido en el personaje, no sé si utilizando el método Stanislavski o viendo a Marlon Brando en El Padrino. Se puso serio y preguntó al personal presente en la sala y a los españoles que le estuvieran viendo por los distintos canales posibles, a cuántas personas odiaban en su vida, «¿a una, a dos?», dando a entender que era muy difícil odiar a alguien. Fue el momento en que presentó una plataforma llamada «Hodio», con h de «humillación», otra más, a los españoles. Una herramienta con h, para supuestamente acabar con los insultos, las infamias y el odio en general, principalmente en el mundo digital y de las redes sociales. Una herramienta, que no debería llevar esa h, pues lo que busca es «errar», equivocar a los ciudadanos con una maniobra de distracción tan burda como interesada, y con un sesgo indisimulado.
Sería enternecedora su propuesta de «más amor y menos odio» si fuera un hippy de Ibiza quien lo dijera fumándose un porro, pero es que el que intenta «colocarnos» con una sustancia tan dañina como nocivo es él. Y es que la manipulación, cuando viene del presidente del Gobierno, se convierte en algo de una gravedad superlativa. Sánchez es ese presidente que lo primero que dijo en el Congreso tras ganar las elecciones fue que iba a poner un muro contra los que no pensaran como él. Que se ha encargado personalmente, y también los suyos, de expandir que quienes no compren su mercancía son fascistas, fachas, nazis o gente de ultraderecha, algo que destila mucho amor, sí, señor.
Para un acto tan esperpéntico, nada mejor que invitar a Sarah Santaolalla. Iba equipada con su cabestrillo real, pero de juguete. Jugar a ser una víctima es una falta de respeto propia de quienes suelen tenerlas todo el día en la boca, pero les importan menos que a un servidor el tiempo que hará mañana en Detroit. Fue a hablar sobre el odio quien se inventa agresiones físicas que no existieron ni en su imaginación. La imaginación es un don, una cosa de niños y artistas. Y ella no tiene nada de ellos. Pero Sánchez la ha elegido como la capitana del amor de la progresfera. No sé si les pedirá que canten y bailen como Marta Sánchez a las tropas españolas que iban a ir a la guerra del Golfo, aquello de «soldados del amor». Pero no estaría mal verla de esa manera en esa fragata rumbo a Chipre, teñida de rubio y soltando unos gallos por esa boca. Sería un espectáculo de calidad similar al de la invención de una agresión que derivó en un cabestrillo como el mejor complemento a su chonismo tan personal.
Las malas lenguas aseguran que a Óscar Puente le hubiera gustado presentar ese teatrillo. Partirse la caja de todos los presentes en ese acto y de los que lo verían cuando pudiesen. Pero hasta a Sánchez le pareció demasiado. Cada definición del presidente de lo que era el odio en las redes sociales parecía la definición perfecta del ministro de Transportes. Alguien que prefiere solucionar sus conflictos por vías digitales antes que arreglar las ferroviarias que pasan por Adamuz y otros muchos lugares de España. Un pendenciero en X y siempre que tiene ocasión. Ayer, sin ir más lejos, todavía molesto por no haber presentado la imbecilidad de la plataforma «Hodio», quiso demostrar que estaba en forma y que sigue siendo el mejor ejemplo de lo que presuntamente Sánchez quiere erradicar con esa (h)erramienta.
Fue entrevistado en el programa Malas Lenguas de Jesús Cintora. Todo quedaba en casa, la pública, la de todos, la que creen que solo es suya. Pues, señores y señoras, fue abrir la boca y tratar a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, de «enferma mental» por unas declaraciones con las que no coincidía. Algo muy respetuoso y que no tiene que ver con el odio. Como cuando llamó drogadicto a Milei. Pero quien parece tener el mono es Sánchez con un ministro así. A un servidor le han dicho, también las malas lenguas, que Puente ha empatizado mucho las últimas semanas con lo que le ha pasado al monito Punch en un zoológico japonés, donde la familia le dio de lado y el personal le regaló un peluche para que sustituyera a su madre. Eso explicaría muchas cosas. También lo del «hodio» sanchista.
