The Objective
Montanoscopia

Medición de tu odio inoculado

«No se han enterado de que siempre estuvimos contra la porquería nacionalista, incluida la que ellos esparcen hoy»

Medición de tu odio inoculado

Ilustración de Alejandra Svriz.

1. ¡Qué gran parodia que Sánchez se presente ante el mundo como el defensor de «los principios y las reglas»! ¡Y que el mundo se lo compre! Mientras Trump sigue desatado con su palabrería y sus misiles, Sánchez insinúa otro peligro más sutil: los Trumps del futuro se camuflarán de antitrumpistas. Se parecerán más a Sánchez.

2. El anuncio de Sánchez de que combatirá el odio es un nuevo ejemplo de la guerra de posiciones. Solo por anunciarlo, postula que él está donde el amor. Lo que no te dice Sánchez es que te medirá el odio justo después de inoculártelo.

3. De pronto nos reclaman patriotismo y sacan banderonas de España los de la amnistía a los golpistas catalanistas y los pactos con los proetarras vasquistas, los arruinadores y envilecedores de lo público, los promotores de la inequidad fiscal, los desmanteladores del ferrocarril. No se han enterado de que siempre estuvimos contra la porquería nacionalista, incluida la que ellos esparcen hoy.

4. En Castilla-León (¡me niego a decir Castilla y León!) votar a Mañueco será votar su verruga. Mañueco lo sabe, pero se enfrenta al dilema de todos los políticos con verruga, cuya verruga es la clave alquímica de su éxito electoral. 

Pasó con el mítico Pacheco en Jerez, que fue ganando y ganando hasta que se extirpó la verruga y perdió. Antes sus maquilladores se esforzaban por atenuarla en los carteles electorales. En el mundo del cine, también Almodóvar se quitó la verruga y sus películas se resintieron. Mañueco, de momento, la exhibe. La luz de su cartel electoral acentúa la protuberancia. El éxito de su verruga (y de Mañueco, arrastrado por ella) parece impepinable. Y esto es todo lo que tengo que decir sobre las elecciones de Castilla-León.

5. Mi incomodidad con las pompas por Raúl del Pozo. El hombre me caía simpático, pero no lo admiraba. No me gustaba su estilo, y menos el de sus discípulos. Desdeño el barroquismo de periódico, y desdeño el columnismo que es desatadamente columnístico. Sé que es cabrón ahora decir esto, por el dolor real de tantos. Pero si no lo digo ahora, ¿cuándo lo voy a decir? Uno también apuntala su estética a la contra. Y yo estoy contra esos grumos resultones. Por otra parte, el factor humano siempre me puede. Si yo hubiera conocido personalmente a Del Pozo, quizá pensaría otra cosa, o al menos no escribiría esta. Por eso termina siendo una ventaja, aunque se añore, no vivir en Madrid. 

6. Lo peor de escribir libros es que luego los tienes que vender. Y hay ventas lamentables. Ahí va el pobre Vilas con Islandia, contando una y otra vez en las entrevistas la desgracia que desató su escritura. «Cuando escuchas la frase ‘ya no estoy enamorada de ti’, ocurre un cataclismo», repite en la última. Estuvo bien que lo escribiera, fue valiente, y más en una sociedad pacata como la española. Pero el destinatario es el lector a solas con el libro. La materia del libro, fuera del libro, produce rubor. (Aunque puede que se escriba para los improbables lectores póstumos, cuando todo lo demás haya sido borrado.)

7. A propósito de lo anterior, tiene gracia que hace pocos años tuve un amago de novia que era escritora y que me gustaba lo que escribía. Al final, esto era casi lo que más me gustaba de ella: ¡no tener que fingir con su escritura! Por amor se hace todo, claro: habría fingido. Como se finge con los amigos (otra vez el factor humano). ¡Pero no tener que fingir! ¡Admirarla como escritora de verdad! ¡Cómo me enamoraba eso!

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