Un error inaceptable
«Nuestro jefe de Estado se ha quedado postrado ante las conveniencias de su jefe de Gobierno, Pedro Sánchez»

Imagen creada por inteligencia artificial.
He intentado infructuosamente hablar con la Casa de su Majestad para recibir, si es que lo quieren así, alguna explicación por lo que muchos —digo muchos— creemos que ha sido un error clamoroso, histórico, del Rey. Me refiero a su declaración textual sobre el «mucho abuso» que nuestros antepasados cometieron en nuestros asentamientos en las Américas. Los términos «mucho abuso» que varios diplomáticos con cargos anteriores en aquel continente califican, textual, de «claramente desafortunados», fueron utilizados por nuestro monarca ante el embajador de México en España, representante del Gobierno de un país que, desde la pasada gobernación de López Obrador y ahora mismo de la presidencia de Claudia Sheinbaum, está volcando sobre la actuación de Hernán Cortés y sus menguadas tropas toda serie de descalificaciones, cuando no directamente agravios e insultos. La mayoría de las personas que concuerdan conmigo en el asombro que les ha producido esta declaración de Felipe VI resaltan, «sin acritud» que diría González, que se trata de una equivocación, aparte de históricamente incorrecta, realizada «a instancia de parte» (la propia República hispanoamericana o de Pedro Sánchez), y que no parece improvisada, sino específicamente planificada, algo que le confiere mayor gravedad.
Bien es cierto, porque lo es, que el doble vocablo: «mucho abuso» estuvo encerrado en un contexto aclaratorio en el que, por ejemplo, el Monarca reconoce que todo aquello no puede ser juzgado con el «presentismo actual», o sea con la exposición de los parámetros humanos, sociales más bien, que rigen ahora o que deben regir (fíjense lo que está ocurriendo en las guerras que nos asolan) los comportamientos de las personas y los Estados contemporáneos. Pero, aun entendiendo esta razón, desde luego de mucho peso, no se entiende —casi todo coincidimos en ello— un reconocimiento culpable, «mucho abuso», de los trabajos que efectuaron nuestros predecesores en América, fundamentalmente en México. Menos aún se comprende que los términos antedichos se verbalicen ante el embajador de México en nuestro país. Como asegura un diplomático español que permaneció años en aquella nación: «Sólo faltó que pidiera expresamente disculpas o perdón». Lo cual hubiera sido directamente inadmisible.
Lo que se indica de fuentes informadas es que el Rey ha querido con esta insólita manifestación intentar que la próxima Cumbre Iberoamérica, que tiene fecha para noviembre en España, no quede tan aminorada en trascendencia como la anterior en Ecuador, a la cual asistieron sólo tres jefes de Estado. La presión de la Moncloa y más concretamente de Pedro Sánchez sobre Felipe VI ha sido insoportable; tanto lo ha sido que le ha impulsado a cometer una equivocación de proporciones históricas. Desde luego, la escena de este lunes quedó incontrolada con un protagonista incómodo ante un representante extranjero extraordinariamente feliz por lo que estaba escuchando. Lo que se deduce, sin demasiado arrebato, es que nuestro jefe de Estado se ha quedado postrado ante las conveniencias de su jefe de Gobierno, Pedro Sánchez. Dados los ninguneos, la marginación y hasta el desdén con que Sánchez trata al Rey, el episodio de esta semana contribuye a agrandar la sensación de que estamos, de nuevo, ante el sometimiento, digamos intelectual, por decirlo de alguna generosa forma, del jefe del Estado ante el jefe del Gobierno.
El error real es de tal calibre que ni siquiera introduciéndolo, como decimos, dentro de un contexto explicativo, tiene disculpa. Es una exigencia del dúo Sánchez-Albares ante un monarca al que desprecian absolutamente. No hace justicia a lo que ocurrió nada menos que en el siglo XV y por tanto se trata de una distorsión histórica que la Corona española nunca debió asumir. En boca de un antiguo ministro de Exteriores: «No se puede estar en mayor desacuerdo con lo dicho por el Rey». No se trata de homologar las palabras del Rey con, sin ir más lejos, las brutalidades acusatorias del dominico Bartolomé de las Casas, pero este cronista está seguro de que a este prócer de la hispanofobia le hubiera resultado pintiparada la confesión de nuestro Monarca. Ya nos faltaba en esta situación actual que la misma Corona pusiera en revisión los actos de los españoles de antaño. No sé, no lo creo, que antes de caer en semejante error, el Rey haya leído el libro de Roca Barea que desmonta uno por uno los ataques perpetrados por los hispanófobos, yanquis, británicos y holandeses a nuestra colonización, si es que se puede definir de esta guisa.
Lo peor de este «mucho abuso» de Felipe VI no es por tanto únicamente lo que dice, sino ante quién lo dice, por qué lo dice y quién le ha movido a decirlo. De un tiempo a esta parte están sucediéndose comportamientos en La Zarzuela que, o no se entienden o, como expresaba el general Franco (siento la cita dedicada a los estúpidos progres), se entiende demasiado bien. Por ejemplo, ¿a qué se debe este protagonismo excesivo hablado y televisado de la Reina en todo tiempo y lugar? Quizá estamos acostumbrados los españoles a la prudencia, cautela, profesionalidad y ostracismo con quien siempre trabajó nuestra reina doña Sofía, poco que ver con el proceder de Doña Leticia que, de alguna forma, está emulando sus tiempos de estupenda periodista en los principios del XX. Tampoco nadie comprende esta sobreexposición reiterada; a lo mejor es que los críticos con esta postura nos hemos quedado definitivamente anticuados.
En todo caso, no se pueden adjetivar estas actitudes de la Reina de «mucho abuso», los términos nada medidos que ha empleado su marido para adjetivar la actitud de nuestros héroes antepasados en la América, básicamente Méjico, de hace seis siglos. Para un monárquico racionalista confeso, escribir esta crónica ha resultado tan enojoso como un cálculo renal. Duele terminar con esta repetida imputación: se trata de un error clamoroso de nuestro Rey. Tengo para mí que su padre, tan afecto a otros yerros, a tantas otras inexactitudes, lo hubiera consentido. Claro está que Juan Carlos I no tuvo que lidiar con un presidente que le quisiera expulsar para siempre de España. ¿Conoce la Zarzuela esta intención del autócrata de la Moncloa? A lo peor no lo tienen metabolizado pero, lo dicho tantas veces: la única diferencia, el único diverso dolor entre que te peguen una patada, erguido, en las pelotas, o de rodillas postrado de hinojos es que te la aticen en la barbilla. Dicho sea, claro, como reflexión general.
