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Opinión

Alejandra Rubio, su libro y el maquiavélico plan de Terelu para que gane el Planeta

«Basta con que los rumores se hagan realidad para que Alejandra Rubio empiece a soñar con ganar el Planeta»

Alejandra Rubio, su libro y el maquiavélico plan de Terelu para que gane el Planeta

Imagen creada por inteligencia artificial.

Hay algo profundamente contemporáneo —y, por tanto, ligeramente ridículo— en el revuelo que ha provocado Alejandra Rubio al anunciar que muy pronto publicará su primer libro. No tanto por el hecho en sí, que entra dentro de la lógica expansiva de la fama (quien ha pasado por un plató siente tarde o temprano la llamada de la creación literaria para compartir con el mundo una experiencia vital que entiende como excepcional), sino por la sospecha inmediata, casi reflejo condicionado, de que detrás de la autoría no hay una joven colaboradora de programas del corazón, famosa desde la cuna por herencia genético-mediática y tan bien organizada que aprovecha su tiempo libre entre una exclusiva y para sentarse ante un teclado llevada por la inspiración; lo que hay es una inteligencia artificial con buena sintaxis y escasa vida social.

La hipótesis no es nueva, pero sí más sofisticada que la habitual en otras épocas. Antes se hablaba de negros, una expresión que hoy haría dimitir a media industria editorial, aunque ahora lo que se desliza, con media sonrisa, es la posibilidad de que ChatGPT haya hecho horas extra para la familia Campos.

Lo interesante no es tanto si es cierto o no (spoiler: nunca lo sabremos), sino lo rápido que la conversación pública ha asumido que escribir un libro ya no implica necesariamente haberlo escrito. La autoría, como tantas otras cosas, se ha vuelto líquida.

En paralelo, como si la realidad necesitara subrayar su propia condición de sainete, surge el otro rumor: Terelu, madre dolida y estratega eventual, habría aprovechado el contexto solemne del funeral de Fernando Ónega para explorar un posible trasvase de su hija a Antena 3. Con la operación, la niña se ahorraría los programas que le tienden trampas en Mediaset y, de paso, metería la cabeza en una cadena vinculada al mayor grupo editorial del país. La escena es digna de Berlanga en un spin-off de La escopeta nacional: entre pésames, saludos medidos y cafés tibios, se negocia el futuro profesional de una influencer que podría convertirse en estrella de las letras españolas.

España resumida en un corrillo

Ambos rumores, el del libro de creación asistida y el de la petición a la desesperada del fichaje televisivo, discurren en paralelo, pero confluyen en una misma pregunta: ¿qué es hoy exactamente el mérito cultural? Porque si Alejandra Rubio aterrizara en una cadena distinta con un libro bajo el brazo, poco importaría ya si lo ha escrito ella, su entorno o una inteligencia artificial. Lo relevante sería que existe, que se vende y que genera conversación. Y en ese triángulo —existencia, venta, conversación— se ha redefinido el valor. Imaginemos por un momento el contenido. Porque todo libro de celebridad es, en el fondo, una negociación entre lo confesional y lo prudente.

En el caso que nos ocupa, el material es abundante: una familia con varias generaciones de exposición mediática, una madre convertida en personaje, una abuela icónica, relaciones sentimentales bajo lupa y una juventud atravesada por focos permanentes. El libro podría oscilar entre la reivindicación («nadie sabe lo que es crecer así») y el ajuste de cuentas suave («se dijeron cosas que no eran ciertas»), con algún capítulo dedicado a las amistades traicionadas, los amores que no fueron y los platós que sí. Serían jugosas las escenas de infancia reconstruidas con la precisión emocional que dan la distancia y la conveniencia. Además de alimentar el juego de adivinar qué hay de verdad y qué hay de ficción. Podríamos también encontrar recuerdos de camerinos, conversaciones escuchadas tras una puerta entreabierta, de llamadas a deshora.

La memoria no es tanto un archivo como un guion: se ordena para resultar verosímil, no necesariamente exacta. Y ahí, curiosamente, una inteligencia artificial no desentonaría demasiado. Al fin y al cabo, ¿no hay en un libro una versión optimizada de la propia vida? Y eso si Alejandra decide no tirar de la manta de la familia de su novio, cada uno con una vida criminal digna de Mario Puzo: reconozcamos que es todo un melón por abrir.

El fenómeno, en cualquier caso, no es nuevo. La lista de famosos cuya autoría ha sido puesta en duda es larga y transversal. Desde autobiografías deportivas que parecen redactadas por departamentos de comunicación hasta novelas firmadas por rostros televisivos con una prosa sospechosamente homogénea. Durante años, el pacto implícito ha sido claro: el famoso pone el nombre, la historia (bueno, si siquiera eso) y la editorial se encarga de que aquello tenga forma de libro. El lector, por su parte, compra no tanto literatura como acceso simbólico a una vida ajena. Porque esa es la clave: la fama como unidad de medida.

En un mercado editorial saturado, donde miles de títulos compiten por un espacio finito, el nombre propio funciona como atajo cognitivo. No se compra el libro por su estilo, su estructura o su ambición narrativa, sino por quien lo firma. Es una extensión del consumo de celebridad por otros medios. Antes se seguía a alguien en televisión; ahora, además, se le lee. O al menos se adquiere su libro, que no es exactamente lo mismo. ¿A qué público se dirigen estas obras? Fundamentalmente, a un lector que no se identifica como tal. Es decir, a consumidores de contenido que no necesariamente frecuentan librerías, pero que hacen una excepción cuando el producto conecta con un rostro familiar. Son libros-regalo, libros de aeropuerto, libros que se hojean más que se subrayan. Objetos culturales ligeros, diseñados para circular rápido y desaparecer sin dejar huella.

En este contexto, la posible intervención de una inteligencia artificial no es una anomalía, sino una evolución lógica. La pregunta incómoda no es si se utiliza, sino si eso importa. Y la respuesta, a juzgar por la reacción pública, parece ser que importa menos de lo que nos gustaría admitir.

Sea como fuere, lo importante es que basta con que uno de esos dos rumores se haga realidad para que Alejandra Rubio empiece a soñar con ganar el Planeta.

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