La amarga vanidad de Pedro Almodóvar
«Con lo fácil que lo tenías para hacer la promoción… y cómo te complicas la vida»

Pedro Almodóvar. | Gtres
Por suerte, un servidor no es crítico de cine. No es que tenga algo personal contra esa honrosa profesión que, a simple vista, puede parecer privilegiada. Que te paguen por ver películas antes de que pueda verlas el común de los mortales. Ir a estrenos y a festivales donde coincidir con las grandes estrellas del séptimo arte, tanto nacionales como internacionales. Y aquí es donde empieza el problema: en tener que hablar con esas personas, algunas de ellas endiosadas y menos interesantes que el mecanismo de un servilletero.
Y lo más importante —y más duro— de dedicarse a ese oficio: tener que ver una cantidad de películas, la gran mayoría malas como un dolor de muelas sin ningún calmante al que acudir. Una tortura que se acaba con los títulos de crédito y que cobra sentido cuando la cuenta corriente pone luz a haber pasado ese mal rato en esa sala oscura.
Un mundo, el del cine, que vive de la ensoñación que provoca lo que se ve en la pantalla. Durante dos horas aproximadamente, esa ficción sustituye a la realidad hasta confundirse con ella. Cuando se consigue esa confusión, el objetivo se ha cumplido. Pero cuando se acaba la película, la realidad vuelve a colocar tus ojos donde están las otras 22 horas del día. Esa mentira maravillosa desaparece y se impone nuestra cotidianidad. Un director de cine o una actriz se vuelven a convertir en personas tan corrientes como cualquier otra, con un interés relativo cuando hablan de algo de lo que no son expertos.
Por eso fue divertido ver hace poco a Santiago Segura y a María Guerra, periodista especializada en cine, debatir sobre la función y la finalidad de una película como Torrente Presidente. Si ustedes quieren, pueden verlo en el canal de YouTube La script, porque no tiene desperdicio. María Guerra es, además, la presidenta de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE), entidad que organiza los Premios Feroz.
La señora Guerra, en ese debate, no pudo disimular su marcado sesgo feminista ni que compra todo lo perteneciente a la izquierda woke. Una intolerancia ridícula donde Santiago Segura, utilizando el sentido común, la amplitud de miras y la tolerancia, quedó como un señor. Pero, a ojos de esa señora y los de su cuerda, como alguien que blanquea el fascismo, el machismo y todo lo malo. Lo dicho, queridos lectores: les recomiendo que vean dicha entrevista para que alucinen ante cómo están las cosas.
Y de Santiago Segura —alguien que pretende hacernos pasar un buen rato riéndose de todos los partidos políticos, practicando una sátira tan esperpéntica como propia de España y que emocionaría a Valle-Inclán— pasamos a ese hombre que parece enfadado con el mundo y que responde al nombre de Pedro Almodóvar. El que sabe lo que es bueno y lo que es malo. El faro moral e intelectual de nuestro país.
No le gusta la promoción, pero como tiene nueva película no le queda otra que tener que ir a algún medio —siempre los que le bailan el agua— a decir las cosas de siempre, pero sin el impacto de cuando podían ser originales. A Almodóvar le gustaría seguir influyendo en la cultura y, de manera tangencial, en la política de este país como hacía en el siglo pasado.
Pero la obsolescencia les llega hasta a los directores de cine manchegos que se peinan poniendo los dedos en un enchufe. Por eso está avinagrado incluso delante de los periodistas que le van a hacer un masaje casi pornográfico. Ha estado en la SER, eldiario.es, Público, cómo no, en La script con María Guerra —al que dedicó más de una hora, cuando ella suele despachar a sus entrevistados en poco más de media— y estuvo hasta en La revuelta, compitiendo con Broncano en las pocas ganas de ambos de estar allí.
En todas esas entrevistas se le vio incómodo, como haciendo un esfuerzo que le apetecía menos que a un servidor ver sus películas. Una obligación que escondía no querer ser olvidado. Un ego que implora que le hagan caso.
Subido a bordo de su propio naufragio inevitable, la película ha pasado sin pena ni gloria en su primer fin de semana en taquilla. Hay quienes prefirieron ver por segunda o tercera vez la película de un «fascista» como Santiago Segura que una película de culto como son todas las de Almodóvar.
Y es que no hay nada más democrático —y que mejor explique la libertad individual del ciudadano— que en qué elige gastar su dinero relacionado con el ocio. Pero la libertad y la democracia son conceptos relativos cuando los explica Almodóvar.
Preguntado por si iba a promocionar su película en Estados Unidos teniendo a Trump como presidente, contestó que le encantaría ir, pero que no le gusta ir a países donde hay una dictadura. Hay que ser muy caradura para decir eso después de haber ido varias veces a Cuba.
A Trump le votó la mayoría de los estadounidenses, cosa que su amado Sánchez no consiguió: quedó segundo y tuvo que pactar con todo el que pasaba por allí. Y si hubiera necesitado a la Agrupación de Therians Salvajes, se hubiera puesto una máscara y habría rugido violentamente si hubiera sido necesario.
A nuestro director más internacional se le queda pequeña España y pone sus ojos en Palestina, pero no en el pueblo iraní que sufre un régimen teocrático donde a él le colgarían de una grúa y a sus «chicas Almodóvar» se les obligaría a llevar un vestuario donde sería difícil diferenciarlas, con los mismos derechos que los animales. Almodóvar se debe de estar «aznarizando», pues si no dice nada de su país es porque piensa que «España va bien».
La última película del director manchego se titula Amarga Navidad, pero con buen criterio decidió estrenarla con el principio de la primavera. Poner luz y calor a esa experiencia gélida y gris que reza el título, y que por una vez es consecuente con lo que podemos encontrarnos.
Un servidor no la ha visto, pero, visualizado el tráiler y las entrevistas del director, lo que es amarga es su vanidad. La primavera la pone Bárbara Lennie, y esa mirada por la que merece pagar la entrada de cualquier película donde aparece, incluida la de Almodóvar.
Con lo fácil que lo tenías, Pedro, para hacer la promoción… y cómo te complicas la vida.
