The Objective
Hastío y estío

Analítica a Bustinduy

«Su ascenso no vendrá por ideas rompedoras ni por carisma. Vendrá por descarte. Porque los demás son peores»

Analítica a Bustinduy

El ministro de Consumo, Pablo Bustinduy. | Europa Press

Pablo Bustinduy, ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, es un hombre de 43 años que se ha colocado, casi sin despeinarse, como el favorito para encabezar las listas del nuevo Sumar (o lo que quede de él) tras la defenestración consumada de Yolanda Díaz. La vicepresidenta segunda anunció en febrero que no repetiría como candidata a las generales de 2027, dejando un agujero que parece que quieren tapar con su nombre. Y mientras en el otro lado del espectro de la extrema izquierda se cocina una fusión casi inevitable entre Gabriel Rufián e Irene Montero, un Frankenstein procés-podemita que ya anuncia actos conjuntos en Barcelona para el 9 de abril y habla abiertamente de «formar equipo».

Pablo Bustinduy Amador, madrileño del 83, es hijo del «felipismo». Su madre, Ángeles Amador, fue la primera ministra de Sanidad mujer bajo el gobierno de González. Pablo, el hijo mediano, creció oliendo a ministerio y a becas. Licenciado en Políticas por la Complutense, estudios de Psicología por la UNED, máster en Historia y Ciencia Política summa cum laude en París, doctorado en Filosofía Política en la New School de Nueva York. Además, es políglota: domina perfectamente el inglés, el francés y el italiano.

En 2014 da el salto al morado fundacional de Podemos. Fue secretario de Relaciones Internacionales, eurodiputado y portavoz en Exteriores. Aliado de Errejón en Vistalegre II, renunció en 2019 a la lista europea pese a ganar las primarias. Momento en el que se aparta de la política hasta regresar con Sumar en 2023 como coordinador internacional de campaña. El hombre que defiende la Agenda 2030 con devoción casi teológica y habla de cleptocracia global sin pestañear.

Pero aquí está el detalle que mata cualquier ilusión: no tiene carisma. En un país donde la política se hace a base de tuits, gestos virales y frases que queden para el meme, Bustinduy habla como si estuviera defendiendo una tesis doctoral sobre Foucault. Metódico y pausado hasta la exasperación. Las encuestas internas lo pintan como «respetado, pero no querido». No genera ilusión, no llena plazas, no provoca trending topics. Es el candidato ideal para un partido que no crea en líderes carismáticos, sino en estructuras y en perfiles que no espanten al electorado más serio de ese espectro ideológico.

Él se ha descartado. Lo ha hecho «muchísimas veces», como repite en los pasillos del Congreso. «No ha habido tal ofrecimiento», dice. «No es el papel que yo deba asumir». «Contribuiré todo lo que pueda, pero no aspiro a eso». El mantra clásico del ambicioso que juega a la falsa humildad. El «no, gracias» que en realidad grita «insistid, por favor». Bustinduy lo ejecuta con maestría. Mientras los partidos del movimiento Sumar le piden por tierra, mar y aire que dé el paso, él se niega en público. Pero el consenso existe: es el nombre que une a todos los que no quieren que el espacio se desangre más.

Enfrente, el otro bloque se arma. Podemos, con Irene Montero e Ione Belarra al frente, abraza el guante de Rufián. Actos conjuntos, declaraciones de «queremos hacer equipo», guiños a la unidad contra la derecha. Un eje independentista-podemita que aspira a capitalizar el descontento obrero, el procés residual y el hartazgo de que el sanchismo les haya comido el espacio. Montero vocifera desde el atril europeo, Rufián tuitea Cataluña independiente y defensa de la clase trabajadora española, y juntos podrían formar el eje que movilice a los más desorientados.

Bustinduy intentará torear sus contradicciones, que le tildarán de hipócrita: hijo de ministra socialista que ahora critica el «régimen del 78» desde un ministerio financiado con impuestos de todos. Su perfil bajo natural será su respuesta. La modestia estudiada es la forma más elegante de posicionarse. Sumar se desangra en una debacle sin fin tras las tres últimas elecciones autonómicas. La extrema izquierda es un espacio que se ha quedado sin alma. El más que posible ascenso de Bustinduy no vendrá por ideas rompedoras ni por carisma. Vendrá por descarte. Porque los demás son peores. Porque en el otro lado Rufián es demasiado «procés» e Irene Montero demasiado tóxica.

Mientras tanto, el votante de a pie mira este baile con el mismo hastío de siempre. Un ministro hijo de exministra que confirma que la política es siempre cosa de los mismos en España. Otro «acomodado» a la moqueta y a un despacho en la última planta con vistas a un horizonte personal beneficioso, pero muy alejado del suelo, de la realidad de la gente. Una renovación en ese espacio que siempre huele a naftalina, aunque en este caso con un dominio del inglés propio de Dickens o Shakespeare.

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