The Objective
La semana por delante

El matrimonio Garzón husmea en la Guerra Civil

«Es la enésima iniciativa del todavía presidente para convertir el tapiz español en un ring en que abunden los machetazos»

El matrimonio Garzón husmea en la Guerra Civil

Dolores Delgado y Baltasar Garzón. - Archivo | Europa Press

No es probable que don Ildefonso Garzón, primero agricultor y luego empleado de una modesta gasolinera, pudiera extasiarse de placer viendo cómo a su hijo, el seminarista Baltasar (seis años en el Dicocesano de Jaén), su último protector, el jefe del Gobierno socialcomunista, Pedro Sánchez, le ha encargado bucear en la memoria de la Guerra Civil para intentar cubrir al Partido Popular y, en menor medida, a Vox, de toda la escombrera de aquel horrible conflicto civil. No parece probado que don Ildefonso, conservador y católico como su señora, sufriera tras los tremendos acontecimientos bélicos que tuvieron por sede la provincia jienense (bombardeo de la Legión Cóndor) ninguna represión franquista —que las hubo— por alguna colaboración con los mayoritarios republicanos que dominaron durante el quinteto aborrecible (1931-1936) esa demarcación. O sea, que sin entrar en mayores honduras se puede asegurar que de casta no le viene al galgo, que este ha mudado la heredada condición conservadora de sus antecesores por esta furia «antifascista» (él la llama así), que le ha valido sobremanera para que su citado mecenas actual, Pedro Sánchez, le designe ahora como presidente de la supuesta Comisión que se va a dedicar, de aquí a las elecciones del 27, si es que por fin las hay, a husmear en los crímenes cometidos antes, en y después de la contienda, por el bando dirigido por el general Franco.

Paralelamente a Baltasar —que van a comenzar apenas acabada la Semana Santa—, su señora del momento, la muy conocida y horrorosa exministra de Justicia. Dolores Delgado se ha comprometido con el Gobierno a acelerar sus trabajos al frente de la Fiscalía inventada para la Memoria Democrática, una vez que el Tribunal Supremo ha sentenciado que se puede dedicar a este menester. O sea, el matrimonio secuaz de segundas nupcias Garzón-Delgado ha sido promovido por el habitante, aún, de la Moncloa, el conocido psicópata, dicen los técnicos, Pedro Sánchez, para de una vez por todas escudriñar en los horrores de aquella guerra y volcar sobre las derechas en general la responsabilidad de la confrontación civil de hace noventa años. Sánchez está muy descontento con el «Año Antifranco», 2025, que ha fracasado estrepitosamente por tres razones: la primera, por el absoluto desapego que ha mostrado el país ante las conmemoraciones previstas; la segunda, por la cutre dedicación de la comisaria Carmina Gustrán, que no ha logrado en 12 meses un solo resultado que llevarle a la boca a su sectario mecenas, Pedro Sánchez; la tercera, porque el país no está para este tipo de celebraciones; ni las del 25, ni las que ahora va a dirigir Garzón cuando su despacho, montado para defender los casos más repugnantes del Universo Mundo, le deje un cuarto de hora de tiempo libre.

En todo caso, y pese a que el propio Sánchez (esta Semana Santa nuevamente de vacaciones a nuestra costa) sabe que de la susodicha Comisión del juez expulsado de la carrera no va a salir nada insólito que rectifique lo ya publicado en los más de mil libros referenciados de nuestra guerra. Hace unos años, en la Biblioteca del Congreso de Washington, visité el cúmulo de obras escritas sobre el tema; encontré, así de pasada, no menos de cien. Y eso que no empleé en el trabajo mucho más de 30 minutos. Claro está que Garzón y la veintena de mercenarios que le van a acompañar en el trayecto no van a buscar más que los casos y los desastres perpetrados por Franco y sus tropas, para nada los imputables a los llamados «rojos». Desde el 34 y la Revolución de Asturias, no menos de 2.500 muertos debidos a la represión en su zona. Por si el exjuez y sus muchachos/as tuvieran alguna intención de husmear también en lo ocurrido en la otra región, este cronista les ofrece los siguientes datos, extraídos del libro «La gran revancha». En el Capítulo Tercero se publican las cifras de muertos por represión y en campaña: 233.635 personas de uno y otro bando. Los asesinados de la hipotética derecha, 119.960. El conspicuo historiador Santos Julián lleva el número de represaliados, llamémosles «republicanos», en 27 provincias a 72.883. Por cierto, si quieren conocer cuántos curas, frailes y asociados fueron liquidados durante aquella espantosa guerra, acudan también al libro citado: 4.352 obispos y curas y 2.519 religiosos y religiosas. Un total de 6.871 personas. ¿O no eran personas todos estos infortunados? Para colmar la curiosidad del comisario Garzón, le indicaremos que los periodistas que cayeron a manos de los rojos fueron 180, solo 53 en la capital de España. Seguro que los medios afines al sanchismo y fanáticos de su nombramiento esconden estos datos —a los de los periodistas me refiero— con la objetividad de la que siempre han transpirado. 

En estos días en que clásicamente España se convertía en un lugar de recogimiento, es una pésima noticia la entrada en funcionamiento del trabajo encomendado por Sánchez a Garzón y a su segunda esposa. Él y su desastrosa señora juntan ahora sus brazos para transformar a nuestro país en la sede de una enorme revancha nacional en la que unos, ellos, los «buenos», van a intentar atropellar a otros, los demás, los malos. Es la enésima iniciativa del todavía presidente para convertir el tapiz español en un ring en que abunden los machetazos, eso sí, propinados solo desde un bando, el suyo. Véase al seminarista Garzón, patrón de una enorme venganza que encierra, por lo demás, dos constancias: la primera, que dada la vaguería irreparable de Garzón, no va a llegar a lugar alguno; la segunda, que, en consecuencia, no parirá ratón alguno, a lo más, alguna rata que se escape de mocasines londinenses de Garzón.

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