The Objective
Hastío y estío

Morante, el rey emérito y la triple resurrección

«Tenía que resucitar Morante, que decidió dejar morir a su torería apenas seis meses»

Morante, el rey emérito y la triple resurrección

El torero José Antonio Morante de la Puebla. | Joaquín Corchero (EP)

El pasado domingo en Sevilla se dio un acontecimiento histórico. Nunca antes se había producido una triple resurrección: la de Cristo, la de Morante y la del rey emérito. Algún pájaro de mal agüero dirá que estoy blasfemando haciendo estas comparaciones y estos juegos estilísticos, pero uno no está aquí para educar a algún lector descarriado y con ganas de gresca que se coloca la vestimenta del cristiano más radical, pero menos puro. Un servidor sabe que los lectores de THE OBJECTIVE son inteligentes y saben diferenciar un ataque de un recurso literario. Cristo resucitaba en Sevilla este domingo pasado en un día soleado y con un clima espectacular. Qué mejor lugar para hacerlo que en la ciudad más famosa por su Semana Santa de toda nuestra piel de toro. Y hablando de ese animal, tenía que resucitar Morante, que decidió dejar morir a su torería apenas seis meses. Una muerte capital para el toreo, además de porque se produjera en Madrid.

Para Morante, la vida se queda a medias si no puede torear o respirar, que es lo mismo para él. Por eso medio año ha sido el tiempo justo y necesario para que la resurrección se diera de la manera que la situación pedía. Hacerlo en su Sevilla y el Domingo de Resurrección. Imposible elegir una fecha mejor para el rey de la fiesta nacional. El rey cuando decidió «morir» en un pasado tan cercano como lo es también ahora.

Lo mismo le pasa al rey emérito, rey antes y rey ahora, como demuestra esa palabra que acompaña a su condición. Uno no es monárquico, pero toda persona merece un respeto mientras no se demuestre lo contrario. Un rey que no quiso perderse esa cita de ese domingo en la plaza de toros de la Maestranza. Un rey que resucita cuando vuelve a España, y al que se le mata cada vez que vuelve a su destierro en Abu Dabi. Su hijo se arrepentirá siempre de su silencio ante esa decisión injusta. El rey Juan Carlos no ha sido declarado culpable nunca de ningún delito en un juzgado, pero de todas maneras ha tenido que pagar una pena estética para que no le reste belleza y brillo a la Corona actual. Etarras con delitos de sangre no solo son acercados a cárceles del País Vasco, sino que obtienen permisos para salir a la calle y disfrutar de una libertad manchada de asesinatos, y el Rey Emérito teniendo que pedir permiso para poder entrar en España. 

El rey de reyes resucitaba para los cristianos en un domingo primaveral glorioso. Una blancura celestial sustituía a las nubes y acompañaba a un azul radiante. Ese blanco eran flores de azahar que destilaban la fragancia de los días señalados en Sevilla. El perfume a verdad, a la autenticidad de los hechos que esa tarde iban a suceder. El agua de azahar es indispensable para darle aroma al roscón de Reyes, y el Emérito, como otro de los tres protagonistas, quiso alimentarse de ese momento histórico. El tercero, vestido con su traje de luces, cegaba al sol. Le dedicó su primer toro al rey Juan Carlos, un acto que honraba a ambos en su «primera» resurrección. Las primeras veces suelen ser fallidas y esta no fue una excepción. El animal no tenía la suficiente calidad ni bravura para que se diera el lucimiento de Morante. Pero el simbolismo del gesto en una sociedad tan desapegada de todo quedó con su grandeza intacta. 

Tuvo que llegar el segundo toro de Morante para que se diese el broche de oro a las tres resurrecciones. El morlaco lucía imponente y el maestro lo vio desde el principio. Con el capote resucitó la belleza desaparecida con sus quites y sus lances. La lentitud de la estética mezclada con el valor. Todo a cámara lenta para que se disfrute durante más tiempo y se vea la manera como se hace. La verdad con mayúsculas. Con la muleta terminó de bordarlo y las dos orejas llegaron a sus manos para acariciar el sonido de la gloria. Esa Santísima Trinidad disfrutaba de una vuelta a la vida por todo lo alto y sin perder su esencia.

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