Un retrato de familia
«El pater familias, Pedro Sánchez, posaría acompañado por todos sus cómplices en el terreno familiar»

Ilustración generada con IA.
He tenido siempre una cierta debilidad por esos retratos de familia que anuncian la decadencia del grupo retratado e, inevitablemente, la llegada de otro tiempo. Siendo muy joven, vi una película de un cineasta que entonces me gustaba mucho, Luchino Visconti, absurdamente traducida como Confidencias, cuando su título original era mucho más pertinente y revelador: Gruppo di famiglia in un interno (lit.: «grupo familiar en un interior»). Me fue inevitable relacionarla con otro retrato de una familia decadente, La familia de Carlos IV, en la que ya se anuncia la decadencia de unos Borbones que darían pie al dominio de Napoleón, que arbitró un trasvase impresentable de la Corona de España entre Carlos IV y Fernando VII, para finalmente obligarles en Bayona a cedérsela a él, que se la regaló a su hermano.
Goya, el retratista, había sido nombrado pintor de Cámara e hizo un retrato tan sugerente como despiadado, aunque en mi opinión le faltó un detalle: incluir en el cuadro a Manuel Godoy, amante de la reina Mª Luisa de Parma, al que ella aupó a niveles y dignidades que con toda seguridad estaban por encima de sus merecimientos: Príncipe de la Paz, duque de Alcudia y de Sueca. Puede extrañar un poco que el presidente del Gobierno, consumado plagiario, no haya invocado el primer título citado para otorgárselo a José Luis Rodríguez Zapatero o, mejor, a sí mismo.
A partir de lo citado, en los tiempos presentes se echa a faltar un Goya, notable paradoja en estos años, en que la gala de los titiriteros que lleva el nombre del genial pintor de Fuendetodos se convierte en cada edición en una apología de lo políticamente correcto y del pensamiento woke. El grupo al que debería retratar es a la familia sanchista, empezando por el paterfamilias, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, que posaría acompañado por todos sus cómplices en el terreno familiar, en el Gobierno, el partido y los socios que le ayudaron a mantenerse en el poder. Su mujer, la catedrática sin estudios universitarios, Begoña Gómez Fernández; su hermano, el músico sin domicilio conocido, David Sánchez Pérez-Castejón; su número dos en el partido y ministro de la cartera con más capacidad de gasto, José Luis Ábalos Meco; el número dos que lo sustituyó, cuando Ábalos cayó por corrupción; la fontanera del PSOE, Leire Díez; el acosador en Moncloa, Paco Salazar; Gabriel Rufián, pura justicia onomástica, e Irene Montero, las dos criaturas más desasistidas intelectualmente de la sanchosfera; Álvaro Gª Ortiz y su sucesora en la Fiscalía General; Cándido Conde Pumpido y Mª Luisa Segoviano, a la que ha designado como ponente en la maniobra para anular la condena de Gª Ortiz. Ella ya expresó su simpatía por el condenado tras conocerse la sentencia del Supremo. Y ahora van a perpetrar la contradicción de considerar el Tribunal Constitucional como una instancia de casación del Tribunal Supremo.
Estaría también Aldama, naturalmente. Un corrupto con todas las de la ley, pero el único que ha colaborado con la Justicia. Otro asunto muy notable de la Fiscalía es la proclamación de los periodistas como prueba. El presidente del Tribunal Constitucional y su ponente, que va a enmendar la plana al Supremo corrigiendo su sentencia. Con el fin de cooperar en la tarea de hacer justicia más allá de la voluntad de un tribunal tan mediatizado, que, según la Fiscalía, se niega a reconocer el valor probatorio de la palabra de un periodista por sí misma, sin necesidad de pruebas complementarias que la corroboren. Acusa la Fiscalía que en su día ostentó en su grado máximo el hoy condenado García Ortiz y que heredó su partidaria Teresa Peramato que la negativa del Alto Tribunal a conceder credibilidad a un periodista salvo que viole la reserva de sus fuentes, que equipare ese derecho a una «licencia para mentir».
En mi opinión, se ha trabajado poco esto de la credibilidad de los periodistas. Deberían los fiscales fichar como testigos a los periodistas Javier Ruiz y su novia mitad y mitad, Silvia Intxaurrondo, Jesús Cintora, Gonzalo Werther Miró y Marta Flich. Gracias a ellos habrían obtenido pruebas fehacientes de que la UCO intentó colocar una bomba-lapa bajo el coche de Sánchez, bulo que algunos de ellos difundieron con entusiasmo, que el juez Peinado tenía dos carnés de identidad o que nueve de cada diez violaciones las cometen españoles. Baste recordar el bulo de Silvia al calificar de bulo la verdad de que el hermano de Sánchez no sabía dónde estaba su despacho. También fue notable lo de Javier Ruiz al acusar a Israel de un atentado terrorista de Hamás que costó la vida a un español. Y así hasta veinte, recogidos en un informe del Consejo de Informativos de RTVE. Teresa Peramato, que está haciendo juego con su condenado antecesor en la Fiscalía General, debería aplicarse a su doctrina y tomar la palabra a los periodistas citados, amén de a Xavier Fortes y Angelines Barceló. ¿Quién podrá dudar de su palabra? No conozco ninguna otra profesión capaz de motivar sentencias con la mera opinión de sus profesionales, sin prueba alguna.
No me atrevo a sugerir la inclusión en el retrato de ningún Godoy o de una equivalente femenina, aunque vendría bien una Jesi o una Miss Asturias para dar colorido al conjunto. En parte, porque el asunto de los cuernos es más delicado de tratar ahora que en cualquier época anterior; en parte, porque en lo tocante al sexo vivimos en una gran equivocación de los conceptos. Hay colegas que se han tomado por lo criminal la pregunta que el defensor de Ábalos hizo ante el Tribunal Supremo a Jésica, la aparcera a la que el ministro de Transportes mantenía en régimen de barraganía. Preguntarle si se había dedicado a la prostitución cumplía la norma protocolaria del respeto a la interrogada que se establecía en el clásico: «Perdone, señorita, ¿preguntar es ofender?». Tras la presumible respuesta negativa: «¿Es usted puta?». Insisten en llamarla «novia», «mujer de la que presumiblemente estaba enamorado».
No era amor, Lucía, solo sexo. Una novia no cobra por sus aportaciones sexuales al varón, mientras Jésica cobraba por todo. No solo la casa, no solo un trabajo en una empresa pública sin otra contraprestación por su parte que la de cobrar el sueldo. Es que tarifaba por cada viaje oficial en el que ejercía de dama de compañía de Ábalos.
Se busca un retratista para esta familia de Carlos IV a lo salvaje. Si no puede ser Goya, que sea Antonio López, que es un gran pintor y ya tiene experiencia en retrato de familias en la vía de salida, pongamos que hablo de la de Juan Carlos I.
