Qué nos enseña Marco Polo sobre el euro digital
«Aunque nos prometen que su uso será más conveniente, la realidad es que se trata potencialmente de la mayor herramienta de control jamás inventada»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Cuando Marco Polo llegó a China, en 1275, hubo algo que lo sorprendió: en lugar de monedas metálicas, los pagos se hacían con papeles. ¿Cómo era posible que la gente aceptara papeles que nada valen, aun sabiendo que no es dinero de verdad?
La imposición del papel moneda se había hecho por una cuestión de poder y control. El Gran Kan, que entonces gobernaba China, obligaba a la población a entregar al Gobierno todo el oro y la plata que tuvieran; a cambio, recibían el «equivalente» en papel moneda.
Así, todos eran rehenes: para salir del Imperio o comprar algo del exterior era necesario pedir al Gobierno la moneda metálica necesaria. Como es obvio, el Gobierno podía alterar arbitrariamente el valor en papel del oro y la plata. El único que ganaba con la circulación forzosa del papel moneda era el Gobierno.
La cuestión del euro digital es similar: aunque nos prometen que su uso será más conveniente, la realidad es que se trata potencialmente de la mayor herramienta de control jamás inventada. Los argumentos para que aceptemos ese artilugio con el que no tenemos nada que ganar y mucho que perder pueden ser muy sutiles. Veamos.
Con la invasión de Ucrania, Estados Unidos y la UE aprobaron sanciones contra Rusia. Una fue presionar a Visa y Mastercard para que dejaran de operar allí. Algo que hicieron «voluntariamente» y supone una pérdida de unos 30 millones de dólares (unos 25 en euros) anuales a cada una de esas empresas, sin compensación alguna.
Aunque las probabilidades de que algo similar ocurra en Europa tienden a cero (como mínimo, porque una cosa es quitar a esas empresas un mercado de 140 millones de personas de ingresos medios y otra quitarle uno de 450 millones con ingresos altos), se nos dice que es necesario tener una tecnología de pagos «europea» para evitar ese riesgo. Esa tecnología es el euro digital.
Los comercios que acepten cobrar en euros digitales pagarían una menor comisión que los que ahora pagan a las tarjetas de origen norteamericano. Comodidad, «soberanía» y ahorro de costes, ¿qué más se puede pedir? Los impulsores del euro digital olvidan mencionar algunas cosas. Una es que, para evitar la supuesta dependencia de las tarjetas norteamericanas, bastaría con alentar el uso de las principales criptomonedas. Otra es que cada transacción con euros digitales quedará registrada.
«Eso ya ocurre con las tarjetas de débito y crédito», se dirá. Sí, pero con dos grandes diferencias. Una es que, ahora, los bancos y tarjetas que conocen nuestros movimientos pueden usar esos datos, anonimizados, con fines de marketing. Esos datos solo son accesibles por el Gobierno mediante una orden judicial. En cambio, con el euro digital, el registro de cada transacción estaría en manos estatales (da igual si lo tiene el BCE, el Banco de España u otro organismo; ya están en el sector público).
La otra diferencia es mucho más grave. Visa y Mastercard solo nos quitan sus tarjetas si dejamos de pagar. Por lo demás, intentan que las usemos porque esa es la base de su negocio. En contraste, el euro digital será programable. Eso significa que será técnicamente factible limitar su uso, sea geográfica y/o temporalmente, y también por tipo de producto.
Por ejemplo, podrían decirnos que «los euros digitales que estén inmovilizados durante un año perderán tanto porcentaje de su valor» (para «alentar» el consumo). O que los euros digitales no podrán usarse en determinado país o región, o que solo pueden usarse en tu ciudad, para fomentar el comercio de proximidad. Otra posibilidad sería que limitaran el gasto que pueda hacerse en ciertos productos (que no puedan comprar más de tantas cajetillas de cigarrillos, tantos kilos de carne roja, tantos litros de gasolina, etc.). Estas hipótesis pueden combinarse en todas las formas imaginables.
Los chinos que encontró Marco Polo debían conformarse con papel en lugar de moneda metálica. La Unión Europea trabaja para que nosotros no podamos tener ni siquiera papel. Opongámonos con uñas y dientes, porque si pasamos a ser rehenes como los chinos del Gran Kan, será tarde para protestar.
