The Objective
Opinión

La peligrosa «autonomía estratégica» de la UE

«Se opone a la única autonomía que realmente nos importa, que es la autonomía individual»

La peligrosa «autonomía estratégica» de la UE

Ilustración de Alejandra Svriz.

Los ministros de Exteriores de los países miembros de la UE se reunieron el 16 de marzo último en Bruselas. Se adoptó una decisión unánime en contra de ayudar a Estados Unidos a asegurar la navegación del estrecho de Ormuz, con cuyo bloqueo Irán pretende dislocar la economía mundial a través de un precio del petróleo lo más alto posible.

La decisión es autodestructiva: si la UE cooperara con EEUU, la capacidad de Irán para sostener dicho bloqueo sería menor y el precio del petróleo tendería a bajar. La unanimidad en el dislate es una muestra de lo mal orientadas que están las políticas comunitarias.

La UE se ha embarcado en un nuevo eslogan: «autonomía estratégica», con el que pretende diferenciarse de EEUU en todo lo que pueda. Aun en las cuestiones que la podrían favorecer: es evidente que a la UE le convendría que el precio del petróleo bajara lo antes posible para evitar un nuevo golpe inflacionario (sempiterna amenaza por las políticas inflacionistas del Banco Central Europeo).

Hay, además, una contradicción que permite sospechar de las verdaderas intenciones de la UE. Por un lado, viene apoyando a Ucrania en su conflicto con Rusia; por otro, toma una decisión que contribuye a mantener alto el precio del petróleo, cosa que beneficia directamente a… ¡Rusia! 

¿Por qué la UE no ayuda a EEUU a intentar mantener abierta la navegación del estrecho de Ormuz? ¿Quieren realmente una derrota rusa? ¿O prefieren un conflicto enquistado en Ucrania que sirva como excusa para imponer sus políticas de intervención y control?

Durante el siglo XX, EEUU rescató a Europa del totalitarismo tres veces: en cada una de las guerras mundiales y en la Guerra Fría. La lección parece evidente: no hay «autonomía estratégica» sin EEUU. Es exactamente al revés: separada de EEUU, Europa es más débil y una presa más fácil para cualquiera que quiera aprovecharse de ella.  

El objetivo de «autonomía estratégica» que han abrazado los euroburócratas ecofriendly tiene otro problema: se opone a la única autonomía que realmente nos importa: la individual.

Por ejemplo, uno de los primeros pasos para lograr esa «autonomía estratégica» europea es cortar la dependencia del petróleo y el gas ruso. De ahí las empobrecedoras políticas ultraecologistas que han arruinado sectores enteros en el altar de la energía «limpia» que nos dan el «sol y el viento» (la guerra en Ucrania aparece como una excusa perfecta para acelerar el proceso, cosa que tal vez explique por qué la UE se ha volcado de manera tan entusiasta en favor de Zelenski).

Otro ejemplo claro es el euro digital, que nos permitiría ser independientes de Visa y Mastercard, evitando una eventual desconexión de sus sistemas de pagos, como ocurrió en Rusia.

Esas y otras políticas para construir esa «autonomía estratégica» (impulso a las industrias de defensa, baterías, microchips, etc.) son muy caras, consolidan un gasto público ya gigantesco y son nuevas excusas para cobrar más impuestos. Por eso, la «autonomía estratégica» para la UE va directamente en contra de la «autonomía de los europeos».

Va en contra porque los empobrece, de manera directa con altos impuestos, y de manera indirecta, por la ineficiente asignación de recursos, que ya atenaza la economía y reduce las oportunidades de inversión y empleo. Con el agravante de que el «euro digital», para evitar un escenario impensable (el bloqueo de Visa y Mastercard en Europa), implica imponer la herramienta de control social más poderosa jamás inventada.

¿No es ridículo que la misma UE incapaz de controlar las pateras, mantenga sueños de grandeza y quiera convertirse en una superpotencia «autónoma»?

Los casos de Luis XVI, Nicolás II y otros nos enseñan que, cuando la grandeza nacional (supranacional, en este caso) es a costa de la prosperidad de sus ciudadanos, la cosa termina mal.

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