«Yo ya no soy de este mundo»
«Vuelvo a mirar al chico que quiere hacer la foto pero que no apunta, no ve lo que tiene delante»

Foto de Pío Cabanillas
Me manda Pio esta foto con este mensaje: «yo ya no soy de este mundo». Así es que aquí estoy yo explicando que esto también es la nueva comunicación, que si la minifalda y los bikinis fueron la liberación de la mujer en los sesenta y los pelos pincho de los punkis la juventud rebelde de los noventa, en la moda de hoy los tatuajes nos hablan según la intensidad, la parte del cuerpo en que los pintes y los motivos que comuniques. Y el chico japonés nos quiere contar mucho.
En la nuca se ha pintado el amuleto de la suerte más típico de Japón, un daruma, para que la máscara hable cuando él nos dé la espalda, con la perseverancia y ambición que representa. Los que venden por internet a 3 euros son tentetiesos que nunca puedes tumbar porque se levantan, perseverantemente, imitando al monje que perdió brazos y piernas tras meditar durante 9 años sin moverse.
Imagino al muchacho japonés en una entrevista de trabajo en una big four o en un banco, y me temo que tendría que derramar más tinta que la pintada en la cabeza para explicar eso de la ambición; la perseverancia se explica sola con las horas de tinta pinchada. Peor en Japón, donde los tatuajes aún son símbolo de la yakuza, recuerdo de la delincuencia del crimen organizado que el país soportó durante el siglo pasado. De hecho, lo tendrá difícil si quisiera exhibirse en piscina, gimnasio o incluso en la playa, donde o te tapas con un parche o atiendes al cartel de «no tattoos».
Para taparse toda la cabeza el muchacho necesitaría muchos parches o, quizás, una gorra, tampoco entre los usos de comunicación profesional. Y, además, ¡qué caray!, esos adornos están hechos para lucirse, porque atención a los detalles: van pintados en colores, importante; descubiertos con pelo rapado; con el dragón subiendo, redoble de poder y ambición; con el daruma en la nuca como un Jano que vigila todas las direcciones.
Vuelvo a mirar al chico que quiere hacer la foto pero que no apunta, no ve lo que tiene delante, tampoco lo que hay detrás, quizás porque las gafas las lleva el daruma y no él. Invertidas, como el móvil que tiene más información que el propio cartel al que apunta, en que se lee: «Consigna de equipaje a 20 metros a la izquierda; Centro de información turística, horario de 10 a 18». E interpreto que quizás también esta sea la nueva comunicación: mirar, no entender, ver invertido y quedar satisfecho. Tal cual opera la desinformación, anulando las ambiciones de poder y superación personales. Otro yin-yang, el de un Jano ciego.
