La NASA tiene escondido el tobogán acuático más caro y sofisticado del mundo
El sistema de emergencia para huir de una catástrofe más exótico e inesperado

Lanzamiento del Apollo 11.
El aquapark más caro y sofisticado del mundo. Eso es lo que tiene la NASA en una de las áreas más restringidas de sus ya muy restringidas instalaciones, y tuvo en servicio durante años. No lo construyó por diversión de sus astronautas, sino para salvarles la vida.
El 20 de julio de 1969, Neil Armstrong dio un pequeño paso, que se tradujo en una enorme zancada para la humanidad, en una interpretación libre de la frase que pronunció para las televisiones de todo el orbe. Cuatro días antes, el Saturno V —el cohete que impulsaría toda la misión— reposaba en su plataforma de lanzamiento con dos mil toneladas de propelente en su interior. Bastaba un error, una chispa o una válvula rota para desatar un cataclismo de calibre bíblico.
La magnitud del peligro para astronautas y trabajadores era abrumadora. Una explosión accidental habría desarrollado una potencia equivalente a la de una bomba nuclear táctica. La bola de fuego resultante superaría los quinientos metros de diámetro y generaría temperaturas superiores a los mil grados centígrados. Cualquier ser humano en la plataforma en ese momento habría muerto al instante. Sin embargo, la NASA tenía un plan, oculto a 12 metros bajo tierra: una vía de escape de aquel infierno. Ese plan llevaba el nombre informal de «la sala de goma».
Se trataba de un refugio subterráneo diseñado para ofrecer una oportunidad a quienes trabajaban en la plataforma. Podía albergar hasta veinte personas durante varios días, aisladas del mundo exterior, en espera de que la muerte pasara su guadaña por encima de sus cabezas sin alcanzarlos.
Acceder a este refugio en medio de una emergencia no era tarea sencilla. Técnicos y astronautas debían alcanzar el nivel A de la gigantesca plataforma móvil de lanzamiento, la estructura que sostenía de manera física al cohete Saturno V. Desde ese nivel, una escotilla se conectaba con una estructura tubular que se proyectaba fuera de la plataforma. Vagamente similar a los tubos de escombros que cuelgan de los edificios en construcción, un tobogán cerrado, de sesenta metros de largo, descendía en línea casi recta y conducía a toda velocidad a la sala de goma.
En la parte superior del tobogán se activaba un rociador de agua. Este sistema humedecía a quienes se lanzaban, reducía la fricción y facilitaba el deslizamiento. El emocionante descenso duraba apenas unos segundos, pero no estaba exento de peligros. Las pruebas demostraron que era posible alcanzar velocidades muy altas y que la acumulación de agua en el fondo podía actuar como un lubricante en lugar de un freno, y aceleraba el descenso en su fase final. Durante unas pruebas, un trabajador se rompió varios huesos tras chocar con una violencia inesperada al final del recorrido.
Tras implementar varias mejoras conceptuales, el tobogán desembocaba en una sala acolchada con gruesas capas de goma, diseñada para amortiguar la llegada. Era el primer recinto del refugio, concebido como zona de transición antes de ingresar al búnker propiamente dicho. Allí, tras incorporarse, la tripulación debía atravesar una puerta blindada, sellada con pernos de acero, que daba acceso al interior del refugio antiexplosiones. El interior era una sala en forma de cúpula que, reforzada con paredes de hormigón y acero, podía resistir presiones letales.
La sala principal estaba equipada con 20 sillas metálicas ancladas al suelo. Cada ocupante debía sentarse, ajustarse unas correas y esperar. La estructura estaba diseñada para soportar presiones de hasta quinientos PSI, cuando un ser humano no puede sobrevivir a más de cuarenta. La cubierta estaba suspendida sobre veinticuatro resortes gigantes, que la desacoplaban del hormigón circundante. Esta solución permitía amortiguar los efectos de una onda de choque, lo que podría reducir una aceleración de 75G a en torno a 4G.
Una vez sellada la compuerta, la amenaza no era solo la explosión, sino también la respiración. En un espacio hermético, el dióxido de carbono se acumula con rapidez, lo que vuelve el aire irrespirable. La NASA instaló un depurador químico de CO₂ en el centro del recinto. El aparato filtraba el aire, eliminaba las moléculas de dióxido de carbono y devolvía aire limpio al ambiente. Su funcionamiento era vital para mantener a los ocupantes con vida durante las horas siguientes al hipotético desastre.
Encendiendo velas para respirar
Pero un sistema de depuración no bastaba sin una fuente de oxígeno. Para generarlo, se recurrió a un método sencillo pero eficaz, muy frecuente en submarinos: velas de oxígeno. Al encenderse, queman una mezcla de polvo de hierro y cloruro de sodio a una temperatura en torno a seiscientos grados centígrados, lo que libera oxígeno durante el proceso de ignición. Una vela de un kilo puede producir oxígeno suficiente para una persona durante seis horas. Se almacenaron las necesarias para varias jornadas.
En caso de catástrofe, el periodo de tiempo necesario para que todo en el exterior fuese seguro podría llevar días, y en una estadía prolongada se hace necesaria comida y agua. El refugio contaba con provisiones para unos cinco días. Las raciones eran de tipo militar, empaquetadas por separado para desayuno, almuerzo y cena. Incluían carne enlatada, cereales, galletas, frutas, café y, de forma sorprendente, cigarrillos. En total, proporcionaban unas tres mil calorías diarias por persona, más que suficiente para mantenerse.
Junto a uno de los asientos se instaló un inodoro rudimentario. Carente de privacidad, permitía cubrir las necesidades fisiológicas de forma bastante discreta. La idea era que, en la mayoría de los casos, los ocupantes solo pasaran allí unas pocas horas, las necesarias hasta que el entorno en la superficie volviera a ser seguro.
Vías de escape
Una vez que el peligro hubiera pasado, la tripulación disponía de dos rutas principales de escape. La primera conducía desde el búnker hacia un túnel de trescientos sesenta metros de longitud que desembocaba en un edificio de ventilación en el borde de la zona de lanzamiento. Este edificio funcionaba como una toma de aire gigante que alimentaba de oxígeno a los niveles subterráneos. La caminata a través del túnel era lenta, oscura y algo claustrofóbica, pero representaba la salida principal.
Si ese túnel quedaba bloqueado por los efectos de una explosión, existía una ruta secundaria. Una puerta lateral daba acceso a las salas de control ambiental, un conjunto de corredores técnicos y espacios subterráneos situados bajo la plataforma de lanzamiento. Aunque más laberíntica, esta red también conducía al exterior. La NASA la consideraba una opción menos deseable, pero válida en caso de emergencia mayor.
A pesar de todos estos planes, la agencia no quiso dejar nada al azar. Así que se instaló una tercera vía de escape en la zona más alta del subcomplejo: una escotilla de emergencia. No conectaba con ninguna estructura específica, pero si todas las salidas quedaban bloqueadas, los equipos de rescate podrían excavar desde la superficie hasta llegar al refugio, liberar la escotilla y evacuar a los supervivientes.
Nunca se estrenó
El búnker, sin embargo, nunca fue utilizado. Ninguna misión Apolo sufrió una emergencia en la plataforma que exigiera su activación. Tras el fin del programa lunar, la instalación fue sellada y olvidada. Durante décadas permaneció intacta, aislada del exterior, convertida en un vestigio de la edad de oro espacial. Solo unos pocos visitantes, con permisos especiales, han podido entrar desde entonces. Lo que encontraron fue una estructura oxidada, invadida por pequeños animales y deteriorada por la humedad.
Pese a su abandono, el búnker representa el extremo cuidado con que la NASA afrontó los riesgos del programa Apolo. Alcanzar la Luna implicaba también desafiar la posibilidad del desastre absoluto. En tiempos en los que los lanzamientos espaciales son cada día más accesibles y automatizados, resulta casi inconcebible la existencia de un refugio físico tan elaborado y costoso bajo una plataforma de lanzamiento.
En los años sesenta, en pleno auge de la carrera espacial y bajo la sombra permanente de la Guerra Fría, ese nivel de precaución era lógico. Si algo fallaba, no bastaba con evacuar. Bajo toneladas de hormigón, entre mecanismos diseñados para resistir el apocalipsis, el ser humano encontró una forma de decirle a la catástrofe que se fuera a otro lado, con un cohete o sin él.
