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Tecnología

Ucrania convierte el sonido en un arma más frente a los drones rusos

Una de las mejores defensas de Kiev son los oídos electrónicos que tiene en el frente

Ucrania convierte el sonido en un arma más frente a los drones rusos

El sensor acústico táctico ZVOOK NW0.

La guerra es un muy mal sitio en el que estar. Nadie duda de esta máxima, y alejarse de ella para no oírla es lo mejor que puede hacer cualquiera. Pero en Ucrania, alguien se está acercando a donde estallan las bombas justo para lo contrario: para escucharla. Porque de ello, de afinar bien el oído, depende la vida de muchos.

En el este de Ucrania, donde los combates han transformado tierras de cultivo y bosques en campos de batalla tecnológicos, se libra la guerra del silencio. El necesario para que, a diferencia de los sistemas que lanzan misiles o interfieren señales, el nuevo protagonista no dispare ni emita. Se limita a escuchar, a escudriñar el éter y avisar de por dónde viene el peligro.

Analistas de la OTAN no lo describen como una innovación menor, sino como un campo poco explorado que puede cambiar unas cuantas reglas. Si al principio del conflicto llamó la atención el uso de teléfonos móviles encima de postes preparados para otear el horizonte sonoro, esta idea se ha ido desarrollando. Ahora es una red de micrófonos que, conectada a algoritmos de inteligencia artificial, está cambiando la defensa y el combate moderno. Y están surgiendo actores inesperados.

Uno de ellos es Respeer, una startup ucraniana especializada en clonación de voces para cine. Trabajaba hasta 2022 en replicar con precisión patrones vocales humanos para producciones de alto presupuesto. Cuando comenzó la invasión rusa, redirigió sus algoritmos hacia un objetivo muy distinto: identificar sonidos de corte militar en entornos reales. Lo que antes distinguía a un actor de otro, ahora debía distinguir entre el zumbido de un dron y los ruidos naturales de un entorno principalmente rural. La misión no fue fácil. En las pruebas preliminares, solo el 0,1 % de los audios registrados correspondía a amenazas reales. El resto era ruido.

El hardware resultó casi rudimentario: espejos acústicos curvos de medio metro que concentraban ondas sonoras en micrófonos de alta sensibilidad. Los datos pasaban a ordenadores portátiles que ejecutaban algoritmos de aprendizaje automático en tiempo real. El verdadero salto vino cuando el equipo resolvió un problema clave en este tipo de inteligencia artificial: necesitaban realidad. Las grabaciones obtenidas desde fuentes lejanas o vídeos en línea no bastaban. Era necesario capturar el sonido de misiles y drones en plena acción, y eso solo podía hacerse desde dentro del conflicto.

Los sistemas se remitieron al frente, y los sonidos registrados por las unidades desplegadas en combate permitieron afinar el algoritmo. En 2022, Zvuk registró cero falsos negativos: ningún sonido de origen militar pasó desapercibido, aunque sí se produjeron falsas alarmas. En su primera prueba real, la red detectó un misil de crucero apenas cuatro horas después de activarse. El concepto era sólido, pero limitado. Con solo 40 estaciones operativas y un alcance de entre cinco y ocho kilómetros, la cobertura seguía siendo insuficiente.

Dos ingenieros ucranianos, sin acceso a grandes laboratorios, simplificaron el modelo. Con un micrófono, un teléfono móvil y postes de metro y medio, desarrollaron un sensor acústico barato y fácil de desplegar. El proyecto, conocido como SkyFort, cambió la lógica de la detección: la clave no era tener el sensor más sofisticado, sino contar con muchos sensores simples conectados entre sí.

Basado en principios de triangulación acústica, SkyFort usaba la diferencia de tiempo de llegada del sonido a varios sensores para localizar con precisión la fuente. Al desplegar entre 8.000 y 10.000 sensores por todo el país, Ucrania creó una red densa y siempre atenta. La OTAN estimó que el coste total fue de unos 50 millones de euros, menos que el precio de dos misiles Patriot. Cada sensor costaba unos 450 euros, lo que hacía el sistema escalable y sostenible. Pero este mecanismo, o su idea, fue a más.

La siguiente fase fue la movilidad. Si lo existente era fijo, la siguiente etapa apostó por sensores montados en plataformas móviles: drones capaces de volar a cualquier zona de interés. Quantum Systems, fabricante alemán, desarrolló versiones modificadas de su dron Vector —como el que acaba de comprar el Ministerio del Interior en su lucha contra el narcotráfico—, equipado con sensores acústicos miniaturizados fabricados por su filial Veilers Acoustics.

Oídos en vuelo

Cada sensor, del tamaño de un capuchón de bolígrafo, puede detectar disparos de artillería hasta 16 kilómetros de distancia. Esto convierte al dron en una herramienta de reconocimiento capaz de localizar posiciones enemigas sin necesidad de contacto visual directo. Además, el sistema puede redirigir automáticamente sus sensores ópticos hacia la fuente del sonido, lo que aportaría confirmación visual inmediata.

Esto resuelve uno de los problemas clásicos de contrabatería: el retardo entre detectar un disparo y responder antes de que el enemigo se retire. En este modelo, el dron identifica el sonido, localiza la posición y transmite coordenadas en tiempo real. El resultado es una respuesta más rápida y precisa, incluso en entornos donde no hay línea visual directa.

A esta ecuación se ha sumado un nuevo actor: la empresa ucraniana ZVOOK. Más allá de sus sistemas iniciales de detección de misiles, helicópteros o aviones de combate, ha desarrollado un nuevo sensor acústico táctico, el ZVOOK NW0, diseñado de manera específica para detectar drones FPV. Este dispositivo introduce una capacidad crítica: la detección de drones que utilizan fibra óptica.

El sensor analiza el entorno acústico las 24 horas del día con ayuda de inteligencia artificial. Su alcance varía entre 150 y 450 metros, con una cobertura de 360 grados. Al identificar una amenaza, puede emitir una alarma local o enviar la información en tiempo real. Su mayor virtud es la escalabilidad. Cada sensor cuesta unos 450 euros y puede instalarse en red, a distancias de entre 400 y 600 metros, para proteger zonas sensibles.

Complemento del radar

Pese a sus ventajas, estos sistemas no sustituyen del todo a los radares. Los sensores acústicos dependen de las condiciones atmosféricas y pueden verse afectados por viento, lluvia o ruido urbano. Además, su alcance es menor y su sensibilidad puede reducirse con contramedidas electrónicas o acústicas deliberadas.

Sin embargo, la combinación de micrófonos pasivos con inteligencia artificial y plataformas móviles abre un nuevo capítulo en la guerra electrónica. La integración de sensores acústicos con sistemas ópticos, infrarrojos y de radar en una sola plataforma multisensor es una dirección que los ideólogos de la OTAN ya consideran seriamente.

La evolución de estas tecnologías demuestra cómo Ucrania ha transformado capacidades civiles en ventajas militares. Desde startups de entretenimiento hasta sensores avanzados. La lección para la OTAN es evidente: los procesos de adquisición tradicionales, pensados para tiempos de paz, no siempre son los más eficaces ante nuevas amenazas que aún requieren contramedidas de las que no dispone.

El laboratorio ucraniano está dejando sobre la mesa una enorme cascada de lecciones. También de soluciones contra amenazas que se desconocían. La guerra está repleta de ruido, pero cuando este no llega, es que algo está a punto de ocurrir. En ese caso, lo mejor es aguzar el oído y no hacer oídos sordos.

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