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Una empresa israelí proyecta instalar cañones láser en aviones para cazar drones

El armamento de las películas de ciencia ficción está empezando a ser una realidad

Una empresa israelí proyecta instalar cañones láser en aviones para cazar drones

Un F-15 equipado con un cañón láser en imagen conceptual. | Elbit

La clave es la velocidad. Antes de que una amenaza llegue a su objetivo, tiene que viajar. Ya sea un cohete, un dron kamikaze o una munición, necesitan tiempo para alcanzar su objetivo. Ese margen es exactamente lo que Elbit Systems quiere aprovechar con su programa de armas láser aerotransportadas. El arsenal de Luke Skywalker está cada día más cerca.

Lo de usar armas láser en el campo de batalla es reciente, aunque no del todo nuevo. Es un arma eficaz y barata por disparo contra pequeños drones, muchos fabricados con cubiertas de plástico o fibras relativamente débiles. Lo que es nuevo es montarlo sobre aeronaves. En lugar de, o de forma paralela a, su armamento cinético, mandarán haces de luz contra todo enemigo que tengan en su campo de visión.

Esta es la motivación que impulsó al Ministerio de Defensa israelí en 2025 para contratar el desarrollo de la compañía Elbit. Su proyecto parte de dos conceptos diferenciados: el sistema que irá montado sobre aeronaves de ala fija se llama XCalibur, y la variante para helicópteros posee nombre de cantante: Sting, «aguijón». Y aunque lo de la velocidad de respuesta es su clave táctica, la lógica económica del programa es su clave estratégica: cada disparo puede que no llegue a costar un euro.

Interceptar un dron Shahed iraní con un misil Tamir de la Cúpula de Hierro es muy eficaz, rara vez falla, pero el resultado, desde un punto de vista financiero, carece de sentido práctico alguno. Cada proyectil lanzado al cielo ronda los 40.000 euros. Por contra, hacerlo con un pulso láser que consume electricidad de la propia aeronave, generada en marcha con un coste insignificante, invierte el intercambio financiero. Ahora lo caro no es el derribo, sino remitir un Shahed, cuyo precio en las versiones más baratas ronda los 30.000 euros; a más del doble en los de mayor equipamiento y capacidades.

Pero llevar un láser de alta potencia al aire no es como enchufar una lámpara de Ikea a la red de casa. Los sistemas terrestres como el Iron Beam de la compañía Rafael tienen a su lado generadores del tamaño de un camión, sistemas de refrigeración del tamaño de otro y un punto de apoyo fijo sin vibraciones. Todo resulta fácil. Una aeronave militar no dispone de ninguna de esas posibilidades, y los ingenieros de Elbit lo saben desde hace años.

Un dron Reaper equipado con un cañón láser en una imagen conceptual. | Elbit

Su primer desafío fue la miniaturización. Un láser de combate necesita una fuente de energía capaz de generar varios kilovatios de potencia sostenida, un oscilador óptico, espejos de dirección del haz y todo un sistema de refrigeración para disipar el calor residual. El consumo de todos estos cacharros puede superar el cuarenta por ciento de la energía generada por la aeronave. A este detalle hay que añadir que el cañón láser ha de caber en una barquilla bajo el fuselaje, un lugar donde compite en peso y espacio con depósitos de combustible y armas convencionales.

El segundo desafío es la termodinámica en vuelo. El calor que genera un láser de alta potencia no puede acumularse sin consecuencias. Podría destruir los propios componentes antes de destruir ningún objetivo externo. En tierra, el Iron Beam usa intercambiadores de calor masivos y la ventilación industrial propia de un Mercadona. En el cielo todo esto se complica. El diseño debe aprovechar el flujo de aire exterior, aunque las variaciones de presión a distintas altitudes complican ese necesario equilibrio.

El tercer problema a resolver es la estabilización del haz. Un láser necesita concentrar su energía en el mismo punto el tiempo suficiente para calentar el objetivo hasta provocarle un fallo estructural. El tiempo habitual suele ser de entre dos y diez segundos si son blancos pequeños. La aeronave portadora se mueve a varios cientos de kilómetros por hora, y el objetivo también se mueve. A todo esto hay que añadir turbulencias, vibraciones y otras variables paralelas que introducen perturbaciones constantes en la puntería. Es el problema más difícil de los tres.

Para resolverlo se utilizan unas sujeciones móviles llamadas gimbal de alta velocidad. Son capaces de corregir la posición del espejo director en microsegundos, en combinación con ópticas adaptativas que compensan en tiempo real la distorsión atmosférica entre el emisor y el blanco. Son los principios de los telescopios astronómicos, pero aplicados al combate: el objetivo ya no es ver una estrella con nitidez, sino achicharrar el fuselaje de un dron desde cuatro kilómetros de altitud.

Las dificultades tampoco terminan ahí. Operar desde el aire distorsiona la columna de atmósfera existente entre el láser y el blanco. A mayor altitud, menor densidad, menor humedad y menos partículas en suspensión. Son justo los tres factores que más degradan un disparo lumínico. Un sistema a seis mil metros mantiene una densidad de potencia muy superior a la del mismo sistema bajo lluvia o polvo. Por eso el Iron Beam flaquea en días de khamsin. Este viento trae consigo arena, calor y un cierto grado de mala leche atmosférica.

La variante Sting para helicópteros añade una capa de complejidad propia. El rotor genera turbulencias que distorsionan el haz a la salida, especialmente en ángulos oblicuos respecto al eje del rotor. Las pruebas del Ejército de Estados Unidos con un Apache equipado con láser experimental en 2017 mostraron que la interferencia exigía posicionar la torreta en puntos muy concretos del fuselaje para minimizar el efecto. Esa lección parece haber llegado a Elbit con suficiente claridad.

El aire se lleva la luz

El vídeo presentado a los inversores muestra el Sting disparando desde la puerta lateral de un UH-60 Black Hawk, una solución que minimiza la intersección del haz con el disco del rotor. No es elegante ni es invisible, pero funciona: el Black Hawk puede sobrevolar una zona en disputa, identificar una munición merodeadora a baja cota y quemarla antes de que alcance su objetivo, sin consumir un solo misil del cargamento.

El XCalibur para ala fija tiene a su favor la estabilidad aerodinámica y la mayor capacidad eléctrica de los cazas modernos. Sin embargo, el apuntamiento a alta velocidad se convierte en una restricción crítica: a 800 kilómetros por hora, la ventana en la que el avión mantiene línea de visión directa con el blanco puede ser de apenas unos segundos. Eso exige algoritmos de seguimiento predictivo que anticipen la trayectoria y preparen el disparo para el instante óptimo de la pasada.

La munición es ilimitada. Mientras la aeronave tenga combustible y el generador funcione, el láser puede disparar. En escenarios de saturación, con centenares de drones baratos diseñados para agotar los stocks de misiles, un láser aerotransportado mantendría la cadencia de fuego mucho más allá del punto en que un sistema cinético habría gastado sus últimas espoletas.

No solo derribos

En la presentación del proyecto se expuso una ventaja añadida: no solo inutiliza el fuselaje de un dron, sino que también puede dañar sensores, quemar superficies de control o cegar los sistemas ópticos de aeronaves tripuladas enemigas. La línea entre defensa y ataque en la energía dirigida resulta difusa.

La pregunta sin responder es cuántos kilovatios de potencia real alcanza el XCalibur en vuelo sostenido. Ese dato determina los blancos posibles: un láser de 10 kilovatios (kW) puede quemar un dron comercial modificado; uno de 50 kW puede atacar misiles de crucero; uno de 100 kW entra en el territorio de las amenazas balísticas. Elbit no lo ha dicho. Y probablemente no lo diga hasta que ya esté volando sobre algo. Es bastante probable que ese algo acabe estrellado en el suelo, muy a su pesar.

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