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Una de las piezas más importantes de la misión Artemis II fue el exótico reloj de su comandante

Cuando la sincronía es cuestión de vida o muerte, nadie quiere usar un reloj malo

Una de las piezas más importantes de la misión Artemis II fue el exótico reloj de su comandante

El Breitling Navitimer Cosmonaute del comandante Weissman no es un reloj habitual.

Diez días. Eso es lo que duró el viaje más ambicioso que la humanidad ha emprendido desde que Gene Cernan pisó la Luna por última vez en 1972. Para los relojes normales supusieron 20 vueltas de la manecilla corta, pero en el de Reid Wiseman, comandante de la misión, su aguja dio la mitad: diez. No es que su existencia durara menos, es que su cronógrafo contó el tiempo de una manera muy distinta.

Su reloj despegó el pasado 1 de abril de 2026 junto a una tripulación de cuatro personas que abandonó la Tierra a bordo de la cápsula Orión. Adosada sobre la cúspide del cohete SLS en la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy, puso rumbo a donde nadie había ido en 54 años. Huelga decir que es un trayecto que carece de garantías absolutas de retornar con vida a casa.

La distancia total recorrida superó el millón de kilómetros, y la nave sobrevoló la superficie lunar a menos de 6.600 kilómetros. Alcanzó un punto máximo de 406.000 kilómetros de la Tierra de la NASA, más lejos que cualquier ser humano desde el Apolo 13, y la tripulación fotografió un eclipse solar total desde el lado oscuro. Todo fue posible, en buena medida, gracias a los instrumentos que cada uno llevaba abrochados en la muñeca.

De derecha a izquierda, Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch, y Jeremy Hansen. NASA/Aubrey Gemignani

Reid Wiseman, comandante y veterano de la ISS; Victor Glover, piloto y primer afroamericano; Christina Koch, especialista de misión y primera mujer en circunnavegar la Luna; y Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense, volaron con un reloj que ayudaba a organizar rutinas, tiempos de cada fase y a ejecutar de manera sincronizada las tareas que les traerían de vuelta a casa. Cada uno de ellos fue elegido con una lógica muy precisa; no fue por estética, sino por supervivencia.

Wiseman optó por un Breitling Navitimer Cosmonaute, y la elección tiene su propia historia. Todo arranca en 1962, cuando el astronauta Scott Carpenter encargó a Breitling una versión modificada del Navitimer, un clásico con esfera no de 12, sino de 24 horas. El problema era concreto: en órbita, el sol sale y se pone cada 90 minutos, lo que hace que una esfera convencional de 12 horas pierda las referencias basadas en los ciclos solares que sirven como eje de los relojes convencionales.

El Cosmonaute que Carpenter encargó tenía tres modificaciones específicas respecto al Navitimer estándar. Pidió un bisel más ancho, para manipularlo con guantes sobre el traje espacial. A esto añadió una correa extensible para ajustarse sobre la manga presurizada y la esfera de 24 horas como rasgo diferencial absoluto. No era un reloj más cómodo: era un reloj que resolvía problemas que los ingenieros de Breitling no habían imaginado cuando diseñaron el original. Wiseman acudió a esa misma lógica al ponerse el Cosmonaute en la muñeca durante Artemis II.

Que una esfera marque 24 horas en lugar de 12 parece absurdo visto con los ojos de los que pisamos suelo firme, pero en el espacio esta lógica cambia. Su filosofía de uso tiene raíces militares muy anteriores a la carrera espacial. En los submarinos de la Segunda Guerra Mundial, las tripulaciones pasaban semanas sin luz natural bajo el agua, organizadas en turnos que no coincidían con ningún ciclo natural conocido. Confundir las tres de la mañana con las tres de la tarde podía costar vidas.

Las salas de control necesitaban relojes que contaran de 00.00 a 23.59 sin ambigüedad posible. La esfera de 24 horas no nació para ser elegante, sino para que nadie se equivocara en un entorno que despistaba. Con los años, esa austeridad funcional se convirtió en estándar de cualquier operación donde no habría una segunda oportunidad.

La aviación militar amplió ese uso durante la guerra de Vietnam. Los pilotos estadounidenses coordinaban operaciones con bases distribuidas en múltiples zonas horarias, muchas veces de noche. El tradicional formato de 12 horas introducía un margen de error que las operaciones bélicas no podían asumir. El Glycine Airman se convirtió en reloj de referencia entre escuadrones porque permitía leer la hora en formato militar, de 00.00 a 23.59, sin conversiones mentales que añadieran riesgos ni despistes.

Omega Skywalker-X-33-02

En paralelo, la Unión Soviética enfrentaba su propia versión del problema, pero ante situaciones bien distintas. Los científicos destinados en estaciones polares árticas pasaban meses sin amanecer o sin anochecer, y la desorientación temporal se convertía en un riesgo fisiológico documentado. La marca Raketa fabricó relojes de 24 horas para ese uso, pensados para mantener el orden operativo en un entorno en el que el sol era una referencia inútil. El tiempo, bajo esas circunstancias, necesitaba ser impuesto por decreto mecánico.

El astronauta Scott Carpenter sintetizó toda esa tradición —submarina, aérea y polar— y la aplicó al entorno más radical de todos: el espacio. Su Navitimer Cosmonaute, con bisel ensanchado para usarse sobre el traje espacial y correa extensible, se convirtió en el primer reloj suizo en el espacio durante la misión Mercury-Atlas 7 en mayo de 1962. Tras orbitar tres veces alrededor de la Tierra, el reloj original se dañó en el amerizaje. Carpenter pasó horas flotando en el Atlántico antes de ser rescatado. Pudo vencer al viaje espacial, pero no a las olas.

Reloj espacial en los escaparates

Breitling ha reinterpretado ese modelo varias veces. La edición más reciente, lanzada en 2025 para el centenario del astronauta, es una tirada de 50 piezas en platino con esfera azul de veinticuatro horas y movimiento de cuerda manual. La elección del movimiento manual tampoco es una cuestión sentimental: en gravedad cero los automáticos pierden fiabilidad porque no tienen el balanceo natural de muñeca que los carga.

Los otros tres pasajeros de Artemis II, Glover, Koch y Hansen, eligieron la marca del reloj que le robaron a Joaquín Sabina, «un peluco, marca Omega», que cantó en Pacto de caballeros. Con el Omega Speedmaster X-33, la canción es muy distinta a la del Breitling del comandante. El X-33 es un instrumento analógico-digital que nació en 1998, cuando la NASA comprendió que el Speedmaster mecánico, el icónico reloj del Apolo, ya no era suficiente. La Estación Espacial Internacional requería cronometraje programable y el popular Moonwatch no estaba a esa altura. Sigue siendo un reloj extraordinario, pero carece de los mecanismos avanzados que aporta la digitalidad.

MET y PET

El X-33 mide el MET, o Mission Elapsed Time, el tiempo desde el inicio de la misión, y el PET, o Phase Elapsed Time, los intervalos críticos dentro de cada fase del viaje espacial. Dispone de alarmas programables, retroiluminación para trabajo en cabina y autonomía de varios años. Su carcasa es de titanio de grado dos: ligero, resistente y no magnético, compatible con los sistemas electrónicos de Orión sin interferencias.

La redundancia analógica-digital del X-33 obedece a una regla establecida en la ingeniería aeroespacial. Si la pantalla LCD falla por gradientes térmicos extremos, las agujas mecánicas siguen funcionando. Es la misma filosofía que llevó a la NASA a mantener lápices a bordo del Apolo junto a los sistemas electrónicos: cuando la tecnología más sofisticada cede, lo que te salva es lo más simple.

Skywalker, sin Luke

La Agencia Espacial Europea colaboró con Omega en la versión Skywalker del X-33, presentada en 2014 con funciones derivadas de las aportaciones de varios astronautas. Desde entonces evolucionó hasta el Marstimer de 2022, capaz de medir tiempo marciano con hora local y tiempo solar verdadero en el planeta rojo. Si alguien tiene previsto irse a Marte, bien podría agenciarse uno a cambio de unos 7.000 euros.

El X-33 de Glover, Koch y Hansen llevaba años de autonomía de batería. Su sistema de cuarzo termocompensado mantiene la precisión aunque la temperatura oscile entre 100 grados bajo cero del lado oscuro y 200 bajo el sol directo. Ningún reloj mecánico es capaz de alcanzar semejante rango. Eso no lo hace superior al Cosmonaute: lo hace complementario. Dos instrumentos para la misma misión, cada uno con sus pegas y ventajas.

Cuatro astronautas, dos modelos de reloj, una sola doctrina. La Luna no tiene GPS, ni cobertura ni red de emergencia. Cuando los sistemas de a bordo fallan o dudan, el tiempo que importa es el que marca el instrumento que llevas en la muñeca. Los cuatro empleados de la NASA lo saben bien y, aunque siga con los pies en la Tierra, Joaquín Sabina también.

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