La ONU está al borde del colapso: hágase
Las Naciones Unidas operan como una maquinaria elefantiásica, carísima, tiránica e inoperante

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres. | Mark Garten (Xinhua News)
Este pasado miércoles 18 de febrero de 2026, a la República Islámica de Irán —ese faro luminoso de libertades donde a las mujeres las apalean hasta la muerte por llevar mal puesto el hiyab— le fue otorgada oficialmente la vicepresidencia del Comité Especial de la Carta de las Naciones Unidas, cuya misión fundacional es defender el derecho internacional y la resolución pacífica de conflictos. Esto no es un titular satírico ni una distopía barata; es la cruda realidad. Consiguieron el puesto por aclamación. Sin apenas despeinarse.
En la jerga obscurantista de los altos burócratas internacionales, esta aberración responde a mecánicas de rotaciones geográficas y consenso administrativo. Traducido al cristiano, la cosa tiene otro nombre: blanqueamiento institucional de teocracias asesinas. La ONU ya no es que sea inútil, que lo es de manera superlativa; es que se ha convertido en una lavandería moral prémium donde los peores tiranos del planeta acuden a quitarse las manchas de sangre de la solapa.
Y si crees que lo de Irán es un desliz aislado, es que no has prestado atención al circo en los últimos años, porque la organización padece de una ceguera ética patológica. En marzo del año pasado, Arabia Saudí presidió la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer. Un país donde la mujer es una menor de edad perpetua. A esto hay que sumar la obscenidad de Rusia, que no ha tenido empacho en presidir el mismísimo Consejo de Seguridad (lo hizo en abril de 2023 y repitió en julio de 2024) con un presidente sobre el que pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra, mientras sus drones y sus misiles reducen a escombros las ciudades de Ucrania. Por no hablar de Cuba, que en octubre de 2023 fue reelegida holgadamente por la Asamblea General para sentar cátedra en el Consejo de Derechos Humanos hasta este año, todo ello con cientos de presos políticos pudriéndose en sus mazmorras. O el chiste macabro de Corea del Norte, que en mayo de 2023 fue premiada con un asiento en el Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud para los siguientes tres años; la dictadura más hermética del mundo tomando decisiones estratégicas sobre la sanidad global.
Ante este desfile de monstruos, la maquinaria propagandística de la ONU no se ruboriza. El pasado día de San Valentín, la cuenta oficial de la ONU denunciaba en X el drama del matrimonio infantil, ilustrándolo con la foto de una típica niña occidental vestida de novia. Hay que tener un rostro de cemento armado para ocultar cobardemente bajo una estética de catálogo de bodas noruego la realidad de las culturas y regímenes que hoy, en pleno siglo XXI, institucionalizan la pedofilia. Y todos sabemos cuáles son esas culturas.
El problema medular no es solo de hipocresía, es estructural. El Consejo de Seguridad es un anacronismo atrapado en la geopolítica de 1945. Cinco potencias blindadas con un derecho a veto que funciona como una carta blanca para la impunidad. Si una resolución incomoda a sus intereses o señala a sus estados clientelares, se veta y a otra cosa. ¿El resultado? Una parálisis diplomática absoluta disfrazada con comunicados de deeply concerned que a los dictadores les provocan ataques de risa. La ONU no es un escudo protector; es un condón roto. Promete seguridad, pero en la práctica solo te deja expuesto y con un problema mucho mayor.
El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, lleva desde enero alertando de un colapso financiero inminente para este mes de julio. Estados Unidos, su principal financiador, le ha cerrado el grifo y le debe miles de millones. ¿Y qué esperaban? ¿Acaso, estimado lector, seguirías pagando religiosamente la cuota de una comunidad de vecinos si descubres que el conserje usa el sótano para esconder terroristas?
Porque ese es el gran elefante en la habitación: la Unrwa (la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, por sus siglas en inglés). Las pruebas de que empleados de esta agencia participaron activamente en los pogromos y secuestros de Hamás el 7 de octubre, y de que la infraestructura terrorista se alimentaba de la propia sede de la ONU en Gaza, deberían haber dinamitado la organización entera. Pero no. En la ONU, la culpa siempre es de Occidente o de Israel. Y para muestra, su relatora estrella, Francesca Albanese. Hace poco, varios países europeos pidieron su dimisión, acusándola de llamar a Israel el «enemigo común de la humanidad». Ella, con esa soberbia tan propia del cargo, corrió a escudarse en que el vídeo estaba manipulado y que no se refería al país, sino al «sistema» que lo ampara. ¡Ah, bueno! Qué gran alivio. Ya sabes cómo va esto: puedes coquetear con la retórica más incendiaria, pero si luego le echas la culpa al sistema y lloras un poquito, la maquinaria onusiana te hace la ola y te saca en procesión como a la Esperanza Macarena. Y lo hacen los mismos que aplaudieron el comentario antisemita contra Israel, antes de demostrarse impreciso. Todo un circo ante el cual Gobiernos cobardes —como el español— prefieren congraciarse con el antisemitismo más furibundo.
Hablando de España y de despilfarros, no olvidemos nuestra propia aportación en el pasado al paquidermo de las Naciones Unidas: la famosa cúpula de Miquel Barceló en la Sala de los Derechos Humanos de Ginebra. 20 millones de euros costó la broma impulsada por nuestro siniestro Zapatero a través de la Fundación Onuart. Medio millón salió directamente de los fondos destinados a erradicar la pobreza extrema. Lentejas de los pobres convertidas en estalactitas de pintura para que los embajadores no se aburran mientras fingen arreglar el mundo.
Tenemos una organización que no hizo nada relevante por Venezuela, pero que tiene el cuajo de apercibir al Gobierno de Javier Milei en Argentina por atreverse a recortar chiringuitos inútiles. En resumen, una maquinaria elefantiásica, carísima, tiránica e inoperante. Y es que el idealismo ingenuo sale demasiado caro. La diplomacia multilateral, tal y como está concebida hoy, es una filfa retórica. Lo que toca es desmantelar este juguete moralmente quebrado. Liberar esos miles de millones para que las naciones libres defiendan su soberanía y formen alianzas reales basadas en intereses tangibles, no en disquisiciones de burócratas que viajan en primera clase. Hay que cerrar la ONU. Que apaguen la luz, devuelvan las llaves de los edificios de Nueva York y Ginebra, y nos dejen en paz de una maldita vez. Aunque, bien pensado, igual ni siquiera hace falta tomarse la molestia de clausurarla. Bastará con que el tío Sam les cierre el grifo, dejar que la asfixia financiera haga su trabajo y sentarnos a ver cómo se cumplen, por fin, las peores pesadillas de Antonio Guterres. ¿Será mejor un mundo sin la ONU? No lo sabemos, pero vale la pena ensayar otras fórmulas. Nuestros bolsillos, al menos, lo agradecerán.
