The Objective
El zapador

Réquiem por un trovador de cámara: la insoportable levedad de Ismael Serrano

La presentación de Hodio arrancó con una especie de nana cursi y soporífera para regocijo del sanchismo

Réquiem por un trovador de cámara: la insoportable levedad de Ismael Serrano

El cantautor Ismael Serrano durante su actuación en el primer Foro Contra el Odio. | Fernando Sánchez (EP)

Esta misma semana (estamos a mediados de marzo de 2026, por si el apocalipsis les ha pillado despistados y aún confían en la bondad humana), hemos asistido con cierto rictus de estupefacción a la enésima representación del cinismo institucional: la inauguración del primer Foro Contra el Odio. Un aquelarre gubernamental donde Pedro Sánchez —el presidente más divisivo de nuestra historia democrática, líder de un Ejecutivo insultón y adicto a la respiración asistida de sus pactos tóxicos con el separatismo— tuvo el cuajo de presentarnos su última ocurrencia. La han bautizado como «Hodio» (Huella del Odio y la Polarización).

Se trata de un algoritmo digital, previsiblemente programado por acólitos en nómina, destinado a rastrear las redes sociales para medir nuestra polarización con «criterios académicos». El subtexto de toda esta mamarrachada es que el poder necesita una maquinita para justificar que la ciudadanía vota mal y que el único odio punible es el de la derecha. Para Moncloa, los escraches a la «no izquierda» son «jarabe democrático» y los insultos de sus ministros, con Puente a la cabeza, mera opinión; pero si usted critica al amado líder, prepárese. Es un orwellianismo indisimulado; un comistrajo sectario cocinado para que el Gran Hermano monopolice la vigilancia del disidente. Hablemos de vergüenza, no de amor, sobre todo cuando al sarao invitan a «hexpertas» como la tertuliana Sarah Santaolalla, ahora en el «candelabro» por fingir una agresión de Vito Quiles que supuestamente la dejó con el brazo en cabestrillo.

Y para amenizar este despropósito totalitario, ¿a quién llaman? A Ismael Serrano.

El acto arrancó, para bochorno de los presentes, con Serrano cantando una especie de nana cursi y soporífera titulada Mi vida, no hay derecho. Existe una colisión frontal, violenta e irreconciliable entre la solemnidad intelectual que estos trovadores exigen para sí mismos (siempre sermoneando sobre ética y revolución) y ese molesto alipori que produce la sobreactuación. El cantautor, otrora faro moral para algunos despistados, reducido a bufón mediático cuya única función es ejercer de muleta estética del Gobierno. Deprimente.

Históricamente, figuras fundamentales de la música de autor erigieron su capital simbólico sobre la crítica incesante al poder establecido. Se supone que eran lobos solitarios, no perritos falderos del régimen; altavoces insobornables frente a la falta de libertades del franquismo. Pero Serrano irrumpió a finales de los noventa, cuando Franco llevaba décadas criando malvas y la canción protesta era un género tan muerto como el cuplé. Su ópera prima, aquel celebérrimo Papá cuéntame otra vez (1997), funcionó como un ajuste de cuentas intergeneracional. Era una regañina pasivo-agresiva en la que un imberbe acusaba a la generación de la Transición de haberse aburguesado y rendido al libre mercado.

Hoy, la transformación de aquel individuo que cantaba a los guerrilleros en un señor que tuitea para defender a un presidente acorralado por la corrupción es el paradigma del postureo progre. Ha mutado en ese meme de Pantomima full: el clásico tío coñazo de la guitarrita que, si no es el protagonista, se enfurruña y no respira. En mayo de 2024, nuestro juglar se fue de acampada propalestina a la Complutense (que ya me dirán ustedes qué le importa a Hamás una tienda de campaña en Madrid) y, al ponerse a cantar su himno fundacional, su canción más famosa, resulta que no se sabía la letra. Tenía que mirar de reojillo un papelillo. Esa estampa amnésica, mendigando casito, produce una mezcla letal de hilaridad y lástima.

Pero la cumbre de la degradación llegó en El Intermedio en las pasadas Navidades (que no «fiestas»). El programa de El Gran Wyoming, pilar hegemónico del infoentretenimiento sectario, invitó a Serrano para celebrar una autodenominada «roja Navidad». ¿Y qué hizo el fiero azote del neoliberalismo?

Prestarse de buen grado a perpetrar una versión castellanizada de All I want for Christmas is you de Mariah Carey. Sí, han leído bien. El himno supremo del consumismo yanqui, la canción (puro capitalismo en vena) que ha hecho multimillonaria a una diva pop, destrozada en directo por un señor que va de revolucionario. Daban ganas de cortarse las venas con una púa. Ver a un dizque intelectual cantando una patochada inclusiva y lastimera es la demostración empírica de que la izquierda cultural ha perdido el norte. Intelectuales, con perdón del intelecto, en dejación de funciones.

Nuestro protagonista es, además, el espécimen alfa de una tribu urbana muy concreta: los abajofirmantistas. Esa gente que padece una compulsión irrefrenable por estampar su rúbrica en cualquier papel que sirva para envolver aquello que llaman «superioridad moral». Si hay un manifiesto pidiendo la liberación de un delincuente condenado como Pablo Hasél, Ismael firma. Si hay que redactar un cuentito lacrimógeno para salvar a Cuba del malvado imperialismo (como el manifiesto «Dejad vivir a Cuba» que firmó a principios de este 2026, ignorando convenientemente que es la dictadura castrista la que mata de hambre a su pueblo), coge el boli sin dudarlo. Junto a los Bardem, García Montero y otros sospechosos habituales. Es una forma comodísima de jugar a la revolución desde el sofá de casa, refrendando cualquier cosa con tal de mantener intacto el carné de buen progresista.

Yo no creo que Ismael Serrano sea una mala persona. Nunca se ha comportado de forma cruel como, qué sé yo, un Pedro Vallín o un Máximo Pradera. De hecho, estoy convencido de que el hombre se cree las chorradas que firma, lo cual, bien mirado, es casi más trágico. Es cierto que en julio de 2025, demostró que aún le queda un pulso vital, un atisbo de coherencia, cuando el Ayuntamiento socialista de Vilagarcía de Arousa canceló un concierto de Mägo de Oz porque su guitarrista había animado al público a «cagarse en Pedro Sánchez». Serrano, desde las antípodas ideológicas, salió en tromba a defender el derecho de la banda a decir lo que les diera la gana. Y aquello (las cosas como son) habla bien de él. 

Pero, no nos engañemos: una gota de sensatez no purifica un océano de servilismo. La tragedia de Ismael Serrano es que, de vez en cuando, critica al PSOE de boquilla, pero a la hora de la verdad, corre solícito a ponerle banda sonora a los foros de censura del tardosanchismo. Renuncia a su dignidad para degradarse de manera voluntaria. Así que, visto lo visto, solo nos queda afinar la guitarra, mirar a cámara con cara de poeta incomprendido y cantar a coro: «Papá, cuéntame otra vez… cómo te vendiste a Pedro Sánchez».

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