The Objective
HASTÍO Y ESTÍO

Sánchez y el uso de la letra H

«Él define con ultraderecha, fascistas, nazis y términos parecidos que puede parecer que destilan odio»

Sánchez y el uso de la letra H

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. | Fernando Sánchez (EP/ContactoPhoto)

Pedro Sánchez, reconocido amante de las libertades individuales de los ciudadanos españoles y de la bondad por encima de todo, ha decidido guiarnos por si nos salimos del camino correcto y crear una herramienta para seguir siendo buenos, es decir, acatando lo que él diga y haga, o, por lo contrario, convertirnos en gente tan desagradable que hasta le lleva la contraria. Seres humanos que se lo hacen saber de manera clara, directa, como lo hace Óscar Puente, pero que a diferencia de este no tienen razón, pues se meten con un presidente y un Gobierno ejemplares, que velan por nuestros intereses y que no duermen para que podamos soñar con esta realidad tan hermosa que nos están dejando. Esas personas que él define como ultraderecha, fascistas, nazis y términos parecidos que puede parecer que destilan odio, pero que solo están definiendo la realidad de lo que ven sus ojos, transparentes a sus necesidades personales. Unas fechorías que no hay que tenerles en cuenta, pues son por nuestro bien, pero que cuando las comete el rival ideológico son algo que reprochar con toda virulencia. Y es que aunque este Gobierno diga que todos somos iguales, blancos y negros, homosexuales y heterosexuales, hombres y mujeres, personas y therians, ellos son los primeros que saben que no todas las ideas, palabras y hechos valen lo mismo.

Evidentemente, lo que diga un socialista sanchista es una verdad irrefutable, que no se debe poner en duda a no ser que se quiera ser excomulgado del paraíso de Pedro. Y, por el contrario, todo lo que diga un político, un periodista, un abogado, un reponedor o un agricultor en contra de este Gobierno debe ser tomado como una ofensa intolerable propia de alguien con ningún principio, dignidad ni conocimiento de lo que hace. Para ello, por suerte, han creado esa herramienta de nombre Hodio, para no despistarnos del camino correcto y volver a la senda marcada, la única posible.

Qué suerte tenemos los ciudadanos españoles de tener un Gobierno que pretenda educarnos. Que quiera que dejemos de ser unos seres embrutecidos, unos animales que embestimos en vez de pensar como ellos nos digan. Somos unos desagradecidos y eso evidentemente no está bien. Que nos digan ellos lo que es el odio y no el diccionario de la RAE, esa institución que está llena de viejos fascistas, como todo el mundo sabe. El odio es cualquier crítica a este Gobierno tan bondadoso, y de una moralidad y ética intachables. Porque ellos son la única verdad aceptable, y cuando responden de la misma manera de la que se quejan cuando se sienten atacados, lo que están haciendo es practicar la justicia divina, poner las cosas en su sitio.

A un servidor le molesta, además de que se inventen chorradas como esta para seguir intentando distraer al personal, el uso de las palabras y de cómo se escriben. La denigración de la h, que aunque sea una letra muda y sin sonido, a un servidor le han llegado sus quejas hasta casi destrozar mis tímpanos. Una h del «hastío» de la mayoría de los españoles ante la realidad nacional, un cansancio y una fatiga casi crónica que esperemos que se acabe el próximo año. Estamos «hartos» de las «heces» que sueltan por sus bocas cada miembro de este Gobierno para justificar sus actos infames. Incapaces de «hilar» una buena idea o una secuencia de ellas sin tropezarse con la coherencia o los intereses propios. Un «hostigamiento» el que sufrimos, que nos ridiculiza como seres humanos y nos lleva a los límites más indignos. Una «humillación» constante, pero que todavía gusta a una parte numerosa de la ciudadanía, que no mayoritaria, pero que hace que la verdad, el bien, la justicia, se sientan «huéspedes» cuando están en nuestro país.

La verdad también se inventa, decía Antonio Machado. El Gobierno se inventa un (h)odio selectivo. Lo que está claro es que España es un país que se va quedando sin poesía y sin amor a la belleza y a la verdad. Nos gobierna un verso suelto que no cuenta sus sílabas, pero nos escupe su negra saliva. No es casualidad, entonces, que haya añadido, a sus ojos, esa h tan altiva.

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