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Cultura

Juan Claudio de Ramón: «Los países prosperan cuando compactan su vida política en el centro»

El diplomático y ensayista Juan Claudio de Ramón habla con David Mejía sobre su vocación de servicio público, la utilidad de las naciones y su preocupación por la continuidad histórica de España

Juan Claudio de Ramón (Madrid, 1982) es diplomático y ensayista. Ha estado destinado en las embajadas de Ottawa y Roma, y actualmente reside en Madrid. Complementa su labor como diplomático con el columnismo de actualidad y la reflexión filosófica, con especial atención a la historia de las ideas y de las naciones. 

Pregunta. ¿Qué queda en ti de los jesuitas, donde estudiaste?

Respuesta. Los jesuitas tienen fama de ser una orden religiosa muy volcada en la educación. Yo estuve 13 años en el Colegio de Chamartín, en Madrid, y estoy muy agradecido por la educación que recibí, creo que me despertaron el deseo de saber. Y supongo que algo específico quedó en mí, pero no quiero aventurarme en darle nombre a esa especificidad porque hay otros muchos sitios donde puedes adquirir eso y no querría parecer petulante.

P. ¿Tu vocación por la cultura procede del colegio o lo atribuyes más a la influencia familiar?

R. Ambas cosas. Tanto como los jesuitas me influye el haber sido la última generación que hizo la EGB. He seguido de cerca los debates sobre las reformas educativas en los últimos años, y yo recuerdo haber vivido una escuela que se dedicaba a la transmisión del saber. Y eso era emocionante. Me gustaban mucho las clases de Historia, de Geografía, de Ciencias Naturales… Yo entendía que estaba ahí para aprender, no para gestionar mis sentimientos. Fui a una escuela que todavía era una empresa transmisora. Y luego, ciertamente, en mi casa eran muy lectores. Cuando volvía a casa me encontraba con paredes forradas de libros. Digamos que la mística del libro siempre ha estado muy presente en mí.

Foto: Carmen Suárez.

P. Háblame de tu vocación diplomática. ¿Comienzas a estudiar la oposición inmediatamente después de acabar la carrera de Derecho? 

R. Lo voy a decir un poco a lo bruto: yo no tengo vocación diplomática. Yo soy diplomático, me gano la vida con la diplomacia, me gusta mucho ser diplomático, pero la palabra vocación se me antoja un poco fuerte. Llego por prueba y error a la oposición a la carrera diplomática, porque lo que tenía claro es que quería opositar a un gran cuerpo del Estado. Y lo que tengo desde siempre es vocación de servicio al Estado. El Estado me interesa desde un punto de vista teórico, pero también desde un punto de vista práctico. Siempre he pensado que esa era la empresa a la que quería dedicarme y lo sabía desde los años de colegio. La oposición a diplomático es la más humanística: me iba a obligar a repasar los temas de derecho, pero también a leer mucha historia, refrescar conocimientos de geografía, introducirme en la economía. Sé que este no es el recuerdo que tiene mucha gente de su oposición, pero para mí es el recuerdo de años felices. 

P. Tienes un rasgo muy distintivo como diplomático: no te guardas tus opiniones políticas, participas activamente en el debate público. ¿Cómo has conciliado -o cómo te han conciliado- tu labor diplomática con esta expresividad, tan patriótica en el fondo, pero tan poco frecuente?

R. No soy un caso inédito, porque en la carrera ha habido y hay diplomáticos que combinan su vida diplomática con la escritura. Pero combinarla con el columnismo político es menos habitual. El Ministerio ha sido liberal en este aspecto; no he recibido nunca toques de atención de ningún Gobierno y se ha respetado mi autonomía de criterio para saber qué cosas puedo decir y cuáles no. Por ejemplo, en mis columnas nunca hablo de política exterior, y aunque tenga una representatividad muy pequeña y no ocupe un puesto de gran relevancia, no quiero que ninguna opinión mía pueda entrar en colisión con el rumbo marcado por mi Ministerio. Nada de lo que escribo tiene que ver con política exterior y no he echado de menos esa posibilidad, porque yo me introduzco en el debate público español debido a mi preocupación por la crisis nacional española. 

P. Esa preocupación por España está muy latente en todo lo que escribes. ¿Cuándo viste la necesidad de pronunciarte sobre la salud de España, cuáles dirías que son los síntomas que empezaste a detectar?

R. Yo empiezo a escribir porque me doy cuenta de que me he convertido en funcionario de un Estado que zozobra. Y yo no había opositado a albacea del Estado, ni para cargar su féretro. Si soy diplomático y quiero seguir siendo diplomático tendrá que seguir existiendo el Estado, y el Estado estaba pasando -y sigue pasando- por un momento delicado. Estoy muy socializado en la idea de la existencia de España; la casa de mis abuelos estaba presidida por un boceto del cuadro de Salvador Viniegra que ganó en 1912 el concurso para la celebración del centenario de las Cortes de Cádiz. Retrata el momento en que se está leyendo la Constitución que se acaba de aprobar, y hay unos majos y unos señores aplaudiendo. Mi abuelo se encontró el boceto de ese cuadro en el rastro y estaba en su comedor, y ahora en casa de mi padre. Digamos que ha sido una presencia tutelar en mi vida; a mí me han enseñado a creer que la nación española tiene un valor y que merece la pena preservarla, y lo mismo el Estado. Puedo decir que mi camino ha ido del Estado a la nación, más que de la nación al Estado. 

P. ¿Cómo fue ese camino?

R. Al principio creo que lo importante es el Estado, y que la nación es una especie de Estado sentimental vaporoso, fluctuante. Luego me doy cuenta de que Estado y nación están más entramados de lo que me gustaba aceptar, y que si quieres preservar uno, tienes que preservar el otro. Al fin y al cabo, la nación es el invento de los europeos para anudar solidariamente a millones de personas. Es la nación lo que realmente ha permitido la experiencia de vivir juntos, superando la escala de la ciudad. Soy muy consciente de que las naciones son cosas contingentes y que pueden desaparecer, no diré de un día para otro, pero sí de una década para otra, si no nos preocupamos por seguir esa cadena de transmisión. El problema que yo detectaba es que esa cadena de transmisión se había interrumpido, que España poco a poco estaba dejando de ser una comunidad, y sin ese sentimiento comunitario, el Estado al final también desaparece. 

Foto: Carmen Suárez.

P. Uno de los debates que hemos tenido es respecto a si el anudamiento nacional es arbitrario o tiene una justificación. 

R. La palabra «arbitrario» es complicada. Cuando decimos que las naciones son comunidades imaginadas no estamos diciendo que sean imaginarias. Y cuando decimos que una nación es un invento, no estamos diciendo que sean inventos innecesarios, inútiles y prescindibles. Hay inventos útiles y la nación lo es.  Entre lo inexistente y lo necesario está lo contingente, que es algo que existe pero podría no existir. Y ese es el estado de las naciones;  lo que las hace existir es una tradición histórica. Porque si el zócalo de la memoria compartida no hay comunidad, te quedas sin invento. Yo siempre digo que claro que España es una cosa muy vieja, pero a los españoles hay que hacerlos nuevos cada generación. Y este es el problema que tenemos, que no estamos haciendo españoles. Esto es algo que ocurre en todos los países: todos los días alguien se está encargando de hacer franceses, de hacer italianos, de hacer ucranianos… Se puede hacer de una manera más abierta, más cerrada, más inteligente o más beocia, pero tienes que generar sentimiento de comunidad porque si no, no la habrá, o habrá otra comunidad; lo que no hay son vacíos comunitarios: si se genera un vacío nacional, llegará otra nación para rellenarlo. 

P. Uno de esos eslabones de transmisión nacional fue la transición española, que fue aceptada como un gran consenso, pero cuya salud actual es discutible. ¿Cómo valoras el cambio generacional que ha habido respecto a la Transición? 

R. Yo soy un español de 1982, no soy un español de la Transición, soy un español de la España transicionada. La Transición es algo que los tardo millennials españoles no hemos protagonizado, y tenemos que aceptar el relato que se nos ha transferido: un relato de reconciliación; un relato en el que no había una España y una anti España, sino dos Españas verdaderas, que habían entrado en guerra y que se habían reconciliado. Hay un momento en el que parte de mi generación deja de sentirse cómoda con este relato, porque no le gusta la idea de reconciliarse. Bueno, no es que no le guste, es que prefiere el relato de otras democracias europeas: el relato de la liberación del fascismo, que fue una enfermedad europea. Pero en España el fascismo dura más y llega después de una guerra. Por lo tanto, hay una sensación de responsabilidad compartida. Además, el dictador se nos muere en la cama; el gran hecho diferencial español respecto de Europa es que nuestro dictador no tiene un fin violento, y por eso no podemos hablar de una liberación. No tenemos la imagen de un régimen fascista derrotado y creo que hay españoles de mi generación a quienes les gustaría que tuviéramos un día de la liberación, en lugar del día de la reconciliación. Dicho esto, el relato de la liberación también es una ficción amable en el resto de países, porque sabemos que la resistencia fue minoritaria; al final, la liberación en Europa se hizo con tanques americanos. En todo caso, nosotros no tenemos la imagen de unos jerarcas fascistas ajusticiados en el patíbulo; tenemos el abrazo de dos combatientes. Y a mí esto me parece un relato más difícil y muy hermoso. Percibo que tenemos la necesidad de importar una historia que no es la nuestra y de creer que estamos a tiempo de ganar la guerra civil, de ganar a Franco. Esto es imposible y además necesitarías travestir a la mitad de españoles de enemigos -lo cual es un disparate absoluto- y poner en entredicho la calidad democrática de España: «lo que tenemos no es una democracia, el franquismo consiguió auto perpetuarse…» 

P. ¿Cómo dirías que ha encajado este relato de desprestigio la democracia española con el procés?

R. La parte de mi generación que quería impugnar el llamado régimen del 78 y traer la tercera República, y los nacionalistas que querían una Cataluña independiente, coinciden en su necesidad estratégica de desprestigiar lo existente. Si la democracia española se aceptaba como legítima y homologable, ninguno de los relatos tendría sentido. De ahí esa esa alianza que se convirtió en un movimiento muy peligroso. 

P. Como diplomático has estado destinado en Canadá e Italia. Hablemos de Canadá, país al que dedicaste un libro estupendo (Canadiana, Debate) donde reivindicas el país como algo más que un pedazo de geografía. Hay una historia política que contar y de la que aprender.

Canadá es el segundo país más grande del mundo, después de Rusia. Y es un país joven, pero tiene una historia política interesante. Canadiana es un libro de viajes por todo el país, por los pequeños iconos de la identidad canadiense, sus rasgos más idiosincrásicos, como el invierno y la nieve. Y por supuesto, el tema de Quebec, donde uno no tarda en detectar los paralelismos con Cataluña. Descubro la figura de Pierre Elliott Trudeau, el padre del actual primer ministro, que se convierte en uno de mis héroes políticos del siglo XX: un antiguo nacionalista quebequés que se convierte en un patriota canadiense, que reforma la Constitución para dar una salida a los problemas culturales del país a través del reconocimiento de los derechos individuales, del mejor constitucionalismo y de un federalismo racional. Trudeau hace una gestión de la unidad en la diversidad que me gustaría importar para España. Canadá no es un país plurinacional, lo que ha hecho ha sido gestionar bien el tema de las lenguas y anclar esa gestión en el reconocimiento de los derechos de los hablantes y no tanto en los deberes hacia las lenguas. No es perfecto, pero creo que la situación es menos absurda que la que hay aquí. Y fuera del tema cultural y de las tensiones territoriales, hay una manera saludable de entender la política, según la cual los países prosperan cuando comparten su vida política en el centro. 

P. ¿Hasta qué punto son acertados los paralelismos entre Quebec y Cataluña?

R. Los paralelismos existen, se podría hablar muchísimo de eso, pero para que la persona que lea esta entrevista se quede con una sola idea: es falso que los referéndums en Quebec del año 80 y del 95 fueran una concesión del Gobierno federal o fueran pactados entre el gobierno federal y el gobierno provincial de Quebec. Esos dos referéndums fueron legales, pero unilaterales; no fueron resultado de una negociación. No sabemos exactamente qué hubiera pasado si hubiera ganado el ; mi intuición es que el Gobierno federal no los hubiera reconocido. Cuando se dice que Madrid tendría que aprender de Ottawa, se ignora que Ottawa en ningún momento concedió el referéndum. Dejó que ocurriera, eso es verdad, pero luego viendo el vacío legal que había, legisló, no para prohibirlos, pero sí para restringirlos fuertemente. Stephane Dion, el padre de la Ley de claridad, siempre ha dicho que en España no hace falta una ley de claridad porque nuestra Constitución es clara. El problema que tenía Canadá es que su Constitución no era clara. El único precedente internacional que podría contar es el de Escocia, porque ahí sí hubo un referéndum legal y acordado, lo cual no fue el caso en Canadá. 

P. Tu segundo destino fue Roma y también te ha dado material para un libro de próxima publicación. 

R. Italia es sencillamente el país más bello del mundo, a mucha distancia del segundo. Pensamos en España, en Francia, en Portugal, un poco en toda Europa, como países muy ricos en patrimonio, y lo somos. Pero lo de Italia es otra dimensión. Es un país inagotable, maravilloso. Para mí ha sido un cierto desgarro tener que volver, la verdad, tanto de Italia como de Roma, una ciudad más infinita que eterna. El libro que publico ahora se llama Roma desordenada y es mi intento de captar la ciudad; algo insensato, porque no se puede captar porque la ciudad nunca se acaba y no basta una vida para conocerla. Es el arca de Noé de todas las historias de la humanidad, el  arca donde se han salvado nuestras historias y donde uno puede verlas, estudiarlas, aprenderlas y amarlas. 

P. Para terminar, ¿a quién te gustaría que invitáramos en un futuro próximo?

R. ¿Por qué no te traes a Dani Capó? Es colaborador de esta casa y así le obligas a venir desde Palma. Luego nos lo llevamos a cenar. 

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