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Tillie Olsen, la feminista que dio voz a la clase obrera americana

‘Silencios’ recupera dos de los más célebres ensayos de la autora sobre la relación entre ejercer la escritura y la clase social, el género y el color

Tillie Olsen, la feminista que dio voz a la clase obrera americana

Tillie Olsen | Foto de familia intervenida vía Wikipedia bajo CC BY-SA 4.0

Dos décadas le costó a la escritora estadounidense Katherine Anne Porter escribir La nave de los locos. Publicada en 1962, «no debería haberle llevado más de un par de años», cuenta Tillie Olsen en su ensayo Silencios, basado en una conferencia que la autora realizó en el Instituto Radcliffe precisamente ese mismo año. «Sin embargo, ella no dejó de intentar acercarse a la mesa, a la máquina de escribir, y alejarse de la docencia, dejar de pasearse de un lado al otro del país y olvidarse de la casa. Algunos le dijeron que su subconsciente necesitaba ese tiempo para formar todas esas capas llenas de un material precioso. Quizá fuera verdad. Quizá, pero lo dudo».

Alumna aventajada, Olsen había tenido que abandonar sus estudios muy pronto para empezar a trabajar y ayudar a sus padres, activistas políticos de origen ruso. Cuando la escritora pronunció aquel discurso, tenía 50 años y algo sabía ella misma de los silencios forzados. Acababa de publicar su primer libro, Dime una adivinanza (Las afueras, 2020), un volumen de cuatro relatos, unidos entre sí por los personajes de la misma familia. 

Treinta años le había llevado a ella, desde su primer intento de escribir, a los 19, una novela que iría sobre las privaciones de una familia obrera durante la Gran Depresión y que tuvo que interrumpir para ocuparse de sus cuatro hijas y desempeñar trabajos mal remunerados. Desde camarera de piso, empacadora, operaria, secretaria o empleada de una lavandería, los empleos se sucedieron. «Aquí estoy, planchando, y aquello que usted me preguntó oscila atormentado, atrás y adelante, al compás de la plancha», escribía no sin cierta ironía en la primera de sus historias, el relato de una mujer que sufre por la vida de su hija y se cuestiona su propia maternidad. Probablemente, a ella tampoco debería haberle llevado tanto tiempo escribirlo.

En Silencios, este breve ensayo que acaba de publicar ahora Las afueras con prólogo de Marta Sanz y traducción de Blanca Gago, se suceden muchos tipos de silencios. El de Porter o el de la propia Olsen «yo misma he llegado casi a enmudecer, y he tenido que dejar morir la escritura que llevaba dentro una y otra vez», llega a afirmar, no son los únicos. Muchos otros escritores que hoy recordamos por sus obras literarias también los padecieron. 

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Silencios de Tillie Olsen publicado por Las afueras.

Una dedicación completa

Autores como Thomas Hardy, que en los últimos 30 años de su vida dejó de escribir novelas y solo publicó poesía, o como Herman Melville, que pasó el mismo tiempo sin trabajar en prosa. Después, «pasaron tres años de lucha hasta que se vio capaz de empezar Billy Budd –el fruto que había esperado durante medio siglo–, y tres años más hasta comprender que se acababan sus días en una dolorosa y lenta espiral de escritura y reescritura de la obra».

«Antes de finales del siglo XX, argumenta, las grandes escritoras de la literatura occidental nunca se casaron o, si lo hicieron, no tuvieron hijos o disponían de ayuda doméstica para criarlos»

Tillie Olsen en Silencios

Es cierto. Hay, cuenta Olsen, muchos tipos de silencios. Existe, por ejemplo, el bloqueo creativo. O el de quien permanece callado durante años antes de publicar su primera novela –George Eliot, Joseph Conrad o Isak Dinesen publicaron por primera vez a partir de los 40–. Está el silencio de la clase trabajadora, el de raza –«desde 1850 hasta aproximadamente un siglo después, solo once (escritores negros) consiguieron publicar más de dos novelas en Estados Unidos»– y, por supuesto, el de género –«antes de finales del siglo XX, argumenta, las grandes escritoras de la literatura occidental nunca se casaron o, si lo hicieron, no tuvieron hijos o disponían de ayuda doméstica para criarlos»–.

Escribir, sostiene Olsen, es una cuestión económica y a veces política. «Queda muy claro (…) por qué la mayoría de las grandes obras de la humanidad surgen a partir de aquellas vidas que pueden permitirse una dedicación y una entrega completas. ¿Cómo, si no, alimentar la laboriosa ejecución, la tarea espantosa, la ley terrible, la continuidad? Pero, para volcarse por completo, primero hace falta disponer de tiempo completo para satisfacer las demandas de la obra».

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Tillie Olsen y su familia en 1949. | Foto vía tillieolsen.net

Un férreo compromiso social

Para entonces, Tillie Olsen había contribuido a alimentar su vocación con voluntad de acero. Escribía en el autobús, incluso de pie cuando no encontraba ningún asiento libre, durante los huecos que sacaba de su jornada laboral como mecanógrafa, durante las noches –cuando conseguía mantenerse despierta–, después de acostar a las niñas y acabar las tareas domésticas. «Hasta ahora, ambos terrenos, la vida y la escritura, se retroalimentaban, pero ahora empiezan a destruirse entre ellos», confesó en una ocasión.

Activista, sindicalista y comprometida políticamente, Olsen formó parte del Partido Comunista Estadounidense y fue encarcelada brevemente en 1934 cuando organizaba un sindicato de trabajadores en una empacadora. Perseguida durante el macartismo y su caza de brujas, las dificultades económicas asfixiaron al matrimonio Olsen, hasta que una beca de la Universidad de Stanford le permitió completar, entre sus labores maternales, los relatos de su primer libro. Sus historias, reflejan ese compromiso con la clase obrera y el feminismo del que luego se convertiría en su voz. 

Así, preocupada por los derechos de las personas negras en O sí, por ejemplo, se planteaba si puede la amistad de dos niñas sobrevivir a las diferencias raciales en los Estados Unidos de la segregación. Y en caso de que no, se cuestiona, ¿de quién es la traición y de quién es la vergüenza? «Que te importe –dice la madre de la niña blanca a su hija– implica que tienes que hacer algo. Es un largo bautizo en los mares de la humanidad, hija mía. Y mejor sumergirse en ellos que vivir sin que nada te conmueva».

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Tillie Olsen archivando su trabajo en la Librería del Congreso de EEUU en junio de 1996. | Imagen vía Wikipedia.

Sólo una de cada doce

«Cuesta mucho convertirse en escritora. Están las querencias personales –mucho más comunes de lo que solemos admitir–, las circunstancias, el tiempo, el desarrollo del oficio, y más allá de todo eso, la convicción de que tenemos algo importante que decir, y tenemos derecho a decirlo. Está la voluntad, el almacén infinito de creencias sobre lo que podemos alcanzar, a lo que podemos aferrarnos para forjar una compresión propia de la vida. Todo eso resulta difícil para cualquier hombre no nacido en un medio –léase clase social capaz de brindarle toda esa confianza, y casi imposible para una chica, una mujer», escribe Tillie Olsen en el segundo de los ensayos que acompaña este volumen titulado Una de doce: mujeres y escritoras en el siglo XX, donde analiza la situación de las mujeres en la literatura.

A lo largo de su vida la propia Olsen escribió poco –Margaret Atwood se refirió a su escritura, como trabajadora, madre y esposa, como «una carrera de obstáculos agotadora»–. En 1974, terminó al fin esa novela que había empezado a los 19 años, Yonnondio: From the Thirties. Además de su libro de relatos y su ensayo, a lo largo de su vida publicó también algunos reportajes. Cuando al fin se deshizo de la carga de las tareas de la casa, de la crianza y el trabajo, se dio cuenta de que, en parte, era ya un poco tarde. 

«No es fácil dejar atrás las costumbres de una vida en la que todo se anteponía a la escritura (…) El coste de la discontinuidad, un patrón que aún se impone a las mujeres, está tan cargado de cosas nunca dichas»

Tillie Olsen en Silencios

«No es fácil dejar atrás las costumbres de una vida en la que todo se anteponía a la escritura, pese a que, ahora mismo, esta podría ocupar el primer lugar en muchas ocasiones –comparte–. Esas costumbres forjadas durante años y años –la respuesta a estímulos ajenos, la fácil distracción, la responsabilidad frente a los asuntos cotidianos– se quedan contigo, te marcan y pasan a formar parte de ti. El coste de la discontinuidad, un patrón que aún se impone a las mujeres, está tan cargado de cosas nunca dichas y material acumulado que, por cada cosa que empiezo, surge algo distinto en mi interior, y lo que debería llevarme unas semanas escribir, se prolonga durante meses, y lo que deberían ser meses, se convierten en años».

Pese su escasa producción, la escritora revolucionó los estudios literarios estadounidenses en los años 60 y su voz ejerció una gran influencia en autores posteriores, especialmente por su activismo feminista y su defensa por la clase obrera. La pertinencia de la publicación de sus ensayos hoy la resume Marta Sanz en el prólogo de este libro cuando se plantea: «Estamos, ¿mucho mejor?, ¿y toda esta amargura?, ¿y este sobreesfuerzo?, ¿y este cansancio?».

«Somos más, pero nos queda mucho por hacer y estos escritos de Tillie Olsen nos ayudan a entender de dónde proceden las razones de nuestro malestar –responde más adelante la escritora española–. Incluso nos ayudan a entender por qué se perpetúan». Ni qué decir tiene que La nave de los locos de Katherine Anne Porter se convirtió en la novela más vendida en Estados Unidos en 1962. ¿Se imaginan si hubiera tardado dos años en escribirla y no veinte?

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