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Los hermanos Dardenne firman su parábola más cruda sobre los más vulnerables

‘Tori y Lokita’, la última película de los hermanos belgas, aborda el drama de dos menores africanos no acompañados en una Bélgica indiferente a su desamparo

Los hermanos Dardenne firman su parábola más cruda sobre los más vulnerables

Los directores Luc Dardenne y Jean-Pierre Dardenne asisten al photocall de 'Tori y Lokita' durante la 75ª edición del festival de cine de Cannes en el Palais des Festivals el 25 de mayo de 2022 en Cannes, Francia. | Gareth Cattermole

Después de la Gran Guerra, en los años cincuenta, un gran número de italianos se marcharon a Bélgica. Eran blancos, europeos y católicos, como la mayoría de los habitantes del país que iba a darles acogida, pero así y todo, al llegar, muchos se toparon con carteles en las puertas de sus hogares potenciales donde se leía: «No se alquila a italianos». Los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne comparten esta anécdota con la prensa en el Festival de San Sebastián para subrayar la hostilidad que el ser humano ha tenido y tiene al emigrante, al otro, al que considera una amenaza. No importa su edad. Los niños no se libran del rechazo. Más agravado si cabe cuando su pobreza está atravesada por la raza.

Esa es la situación que enfrentan los protagonistas de su última película, Tori y Lokita, un drama social sobre menores africanos no acompañados que fue reconocido con el Premio Especial 75 Aniversario en el Festival de Cannes y el Agenda 2030 en el de San Sebastián. La película, que llega este fin de semana a los cines, está protagonizada por un chaval y una adolescente que fingen ser hermanos para encarar su situación legal y mejor sobrellevar su desamparo.

Cartel de la última película de los hermanos Dardenne

Una película sobre la amistad

«Es una película sobre la amistad. Ese vínculo que les une es su tierra de asilo, allí escapan de su soledad. Hemos intentado filmar esa relación de una forma coreográfica: el cuerpo de Lokita es grande y encaja los golpes, mientras que el de Tori es pequeño, solidario, e intenta buscar soluciones para que ella salga adelante», desarrolla el menor de los hermanos, Luc.

La fraternal pareja de realizadores lleva 45 años rodando películas mano a mano. En sus votos renovados largometraje tras largometraje hay un entusiasmo compartido por el cine que se forjó en la niñez. Esa etapa vital es igualmente relevante en su filmografía. Su debut en la ficción, La promesa (1996), le dio el protagonismo a un quinceañero Jérémie Rénier, y títulos como El niño (2005) y La bicicleta roja (2011) también giran en torno a la marginalidad y el desvalimiento de los menores

«Muchas veces, cuando imaginamos a un personaje, lo vemos con 30 años y poco a poco lo vamos convirtiendo en un niño. Es un discurso consciente. Nos interesa mirar el mundo en su desigualdad y brutalidad desde la mirada del más débil, del que puede ser excluido con mayor facilidad y del que uno se puede aprovechar más fácilmente. Hay críos que odian por lo que han aprendido en su familia, pero los que ponemos en escena claman justicia», distingue Luc.

Tori y Lokita son de Benin y Camerún, respectivamente, y han llegado a Europa a través de una red de tráfico de personas. Tori, como refugiado, porque al nacer fue abandonado en un orfanato bajo el estigma de ser un niño brujo; Lokita, en cambio, no tiene papeles. Vino enviada por su madre para que le proveyera de dinero desde la próspera Europa. No tienen a nadie, solo el uno al otro.

«Cuando preparamos la película, leímos testimonios de niños no acompañados, investigamos mucho y descubrimos que en muchas familias escogen a uno de sus hijos para mandarlo a Occidente a ganar dinero», explica Jean-Pierre.

Inmigrantes de primera y de segunda

La película trata de humanizar a sus protagonistas, alejándose de la dinámica de considerarlos guarismos en las estadísticas, integrantes de una masa sin rostro. «Hemos querido que fueran personas. En la escena donde se pone más de manifiesto es en el karaoke. Hay una complicidad constante entre ellos, se sonríen. Ahí les ves como dos individuos», valora Luc.

Para saldar la cuenta que mantienen con los traficantes, Tori y Lokita reparten pizzas y cantan en un bar, pero sus empleadores se benefician de su vulnerabilidad forzándoles a enrolarse en actividades ilegales, principalmente, el trapicheo con drogas. El riesgo es elevado, pero su desesperación solo espolea la crueldad y una mayor codicia en sus explotadores.

Ambos cineastas coinciden en la diferencia de trato que los ucranianos reciben en su huida a los países de la Unión Europea. Africanos, sirios e iraquíes no son acogidos con idéntica sensibilidad. 

«Los ucranianos son blancos y europeos, y además proceden de un país atacado por la dictadura rusa. La mayoría son mujeres y niños y además, nadie piensa que se vayan a quedar. Con los africanos es diferente, hay menos empatía, a pesar de ser víctimas de la colonización y de la esclavitud que les impusimos», lamenta el mayor de los Dardenne, quien comparte que en Bélgica existe una plataforma civil que acoge a refugiados africanos sin papeles, en firme desobediencia de las leyes del país: «Hay muchos ciudadanos en toda Europa que no acatan las normas sociales para ayudar a los más vulnerables. En el caso que te comento, se trata de 300 familias, así que llevarlos a juicio sería muy complicado. Los han dejado por imposibles».

Esta nueva parábola de los hermanos belgas sobre los desposeídos deja un poso amargo y una rabia profunda que solo un último argumento de Jean-Pierre consigue, levemente, aliviar: «El ser humano no es solidario, pero no se puede generalizar, porque, por ejemplo, en las sociedades democráticas hemos conseguido ponernos de acuerdo parar pagar impuestos y con ellos costear una educación, una sanidad y una solidaridad públicas».

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