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'Willow': ¡cómo echo de menos a Madmartigan!

La serie de Disney trata de mantener el espíritu de la película, pero no encuentra el tono por una razón: la ausencia de Val Kilmer

‘Willow’: ¡cómo echo de menos a Madmartigan!

'Willow', la serie. | Cedida

Cuando vi los primeros capítulos de Willow, la serie, recordé mi infancia y también un texto del periodista y crítico de cine Andrés Rodelo, titulado «Bajo la tiranía del cine de la nostalgia». Cito las partes que nos interesan: «Parece que nada será tocado por el éxito, a menos que reciba el tratamiento de la nostalgia. Hoy es un mandamiento esculpido en mármol para los estudios de Hollywood, que como nunca están decididos a recuperar las viejas glorias con el fin de desatar la euforia entre la legión de fanáticos que tienen esas creaciones».

Si bien no es el primero ni el único que ha escrito sobre este tema, me pareció acertado el enfoque sobre el target específico: «Un reciclaje cultural inescrupuloso y desmedido, obsesionado con un pasado reciente: las décadas de los 80 y los 90, especialmente. No hablamos de una tendencia que retroceda más en el tiempo, porque su objetivo es despertar el entusiasmo de aquellos adultos contemporáneos que, de niños, cultivaron una especie de educación sentimental, gracias a películas y series míticas».

Lejos está Willow de ser una película mítica. De hecho, sus efectos especiales han envejecido muy mal. Aún me hacen gracia esos perros-cerdos-jabalís, que parecen cubiertos con abrigos de invierno de la abuela. Eso para no deteneros en el monstruo de dos cabezas que hoy podría generar carcajadas. Pero Ron Howard (director) y George Lucas (productor) concibieron una cinta entrañable, en la que el valiente aspirante a hechicero consigue una de las grandes hazañas de la historia del cine: proteger a Elora Danan, la hermosa niña que según la profecía acabaría con el reinado de terror de la malvada reina Bavmorda.

De hecho, esta cinta de fantasía no fue un éxito de inmediato. No perdió dinero, pero fue el tiempo el que la convirtió en una obra de culto. Recuerdo que la vi en vídeo, como muchos adolescentes de mi generación, y realmente quedé cautivado por la pareja que conformaban Warwick Davis (Willow) y Val Kilmer (Madmartigan). Esa sociedad puede estar en el podio de las parejas más disparejas de los buddy film (películas con dos hombres que se hacen amigos).

Y precisamente eso es lo que le hace falta a Willow, la serie: Val Kilmer. Como se sabe, las sesiones de quimioterapia, radiación y una traqueotomía dejaron graves secuelas en el actor. Aunque superó el cáncer de garganta, perdió su voz y usa pañuelos para tapar el daño sobre su piel. Eso le llevó a retirarse del cine, aunque lo vimos brevemente el año pasado en una secuela -ya que estamos hablando de la nostalgia- de Top Gun.

Como el destino a veces es cruel, sucedieron muchas cosas para que Kilmer no pudiera aparecer en la serie de Disney. Estaba pautada una escena o al menos un cameo, sin embargo, el propio actor desistió ya que el show se estaba grabando en plena pandemia y era mucho el riesgo que existía. Y luego (ojo, vienen spoilers), se decidió que en determinada escena, él se comunicaría con su hija, Kit Tanthalos (Ruby Cruz). El fruto de su amor con Sorsha (Joanne Whalley). Sin embargo, la voz de Madmartigan que escuchamos es realmente la de Jack, el hijo en la vida real de Kilmer.

El showrunner de la serie, Jonathan Kasdan, lo explica así: «Realmente grabamos con Val y usamos su interpretación como guía. Después, a Jack le dimos la interpretación de Val para escucharla y copiar lo que su padre había hecho con respecto a los elementos de esa interpretación».

Una serie «tonta» que no pretende ser más

Willow, la original, es una película sin profundidad, con arquetipos. Un espectáculo para divertirse con un capricho de Lucas, que deseaba hacer su versión de El Hobbit, pero al no conseguir los derechos, se «inspiró» en este mundo de J. R. R. Tolkien. Los parecidos son tan obvios que si cambiamos a Elora Danan por el «precioso» anillo dorado, tendríamos el mismo relato.

No obstante, fue ese carisma de Kilmer, quien improvisó muchas de sus líneas, lo que permitió que la película fuera algo más. La comedia se sustentó en los inocentes gags de la época y en el entonces apolíneo físico del intérprete, que cuadraron muy bien con un elenco que estaba conformado por actores con enanismo, algo que pocas veces se había visto en el cine. 

La serie intenta lo mismo, aunque con resultados dispares: mantener el espíritu de comedia fresca e incluir en el reparto a la mayor cantidad de mujeres ejerciendo roles que regularmente ejercen los hombres. Abundan, por ejemplo, las grandes espadachinas o defensoras de personajes principales que luchan mano a mano con cualquier villano. El problema, de nuevo, es que la ausencia de Madmartigan es muy pesada y no hay una relación especial como la que existió entre Kilmer y Davis.

De alguna manera, los creadores son conscientes de ese peso e intentan palear dicha ausencia con una obra coral, en la que todos los involucrados tienen su momento en la pantalla. Esto, sin embargo, termina diluyendo la sopa y la serie no encuentra su tono. Podría parecer muy ligera ahora que abundan los productos de fantasía, sobre todo más oscuras y densas, como Juego de Tronos. El humor blanco incluso es lo más criticado en algunas secuelas del producto estrella de Disney: Star Wars

Dice Rodelo en el texto que citaba al principio: «Es probable que algunos se pregunten: ¿acaso existe algo original? No, pero sí auténtico, valor que ha caracterizado la irrupción de muchos movimientos y tendencias a lo largo de la historia del cine que, si bien no fueron originales, tomaban elementos del pasado y los combinaban con otros modernos para consolidar una experiencia que sin duda era hija de su tiempo».

Willow, la película, es un producto de su tiempo, más allá del obvio recorrido copiado de los libros de Tolkien. La serie, sin embargo, aunque parece echa con bastante esmero para respetar la obra que le precede, es hija de esta fiebre nostálgica, que se traduce en millonarios ingresos para los grandes estudios. Esta inserción de un mundo tan cándido en una era de saturación de guiones medievales es una espada muy difícil de cargar, una que tal vez ni la espalda del propio Madmartigan podría haber aguantado.

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