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Cultura

Alberto Olmos: «El deseo es la perdición de los hombres»

El escritor y columnista regresa a ‘Vidas cruzadas’ y habla con David Mejía sobre su trabajo y algún escándalo de actualidad

PREGUNTA.- ¿Cómo ha sido tu verano? Recuerdo un artículo que publicaste el verano pasado en The Objective titulado Divorciados en el camping.

RESPUESTA.- Fue un artículo muy llamativo, tocó alguna fibra. En fin, uno se sorprende de lo llamativo que es un adulto con dos hijos. Da la sensación de que supone demasiado esfuerzo hablar con otros adultos, porque por mucho que te organices unos días con amigos, y otros días con los padres, al final tienes que estar solo con tus hijos. En mi caso, dado que soy bastante asocial, ha sido un verano con bastantes días sin hablar con gente. Es una situación rara la de adulto único, porque con niños de tres, cinco o siete años no puedes tener conversaciones de ningún tipo. Este ha sido mi segundo verano así y ha sido mucho más llevadero. Por otro lado, he tenido unas vacaciones de agosto sin hacer nada relativo al trabajo, ni siquiera he tuiteado. Pero he intentado desconectar y ha sido casi imposible. No sé cómo hacerlo.

P.- La actualidad no lo ha puesto fácil.

R.- Aunque estoy de vacaciones, se me han quedado en la cabeza artículos como el de la posibilidad de que haya restos de extraterrestres en Estados Unidos. La gente se cree que hay extraterrestres en Marte, o donde sea, pero casualmente, si vienen, van todos a Estados Unidos. Y allí tienen un hangar lleno de restos de extraterrestres. Era todo un poco estúpido.

P.- ¿Qué has leído este verano?

R.- Sobre todo he leído libros de Francisco Umbral. Y hay uno que me ha fascinado, La guapa gente de derechas, que reúne sus columnas del año 75. Son muy divertidas, merece la pena leerlas, porque además son una lección para nuestro oficio. Estas columnas no hablan de grandes temas, sino de tonterías. Por ejemplo, de la llegada del tanga. También se ve cómo usa palabras como «progre», que en los años 70 ya se usaba en el sentido en que la usamos hoy. Todas esas tonterías que acumulaba Umbral en sus columnas, supongo que muy leídas en el año 75, leídas hoy te dicen más de la España de los 70 que los grandes titulares de la época. Por eso mismo, me ha servido mucho de inspiración leer a Umbral antes de regresar a la escritura. De hecho, hoy mismo tengo que volver a escribir y ha sido como una piedra de toque. También ha sido útil para darme confianza en la idea de que lo importante no es el ‘gran tema’, sino ese tema que nos define o que tiene cierta emoción detrás… Aún así, al final hemos acabado con Rubiales, que ya lleva dos semanas de actualidad.

P.- ¿Qué opinas del caso Rubiales?

R.- Todos queremos estar del lado del bien. Y como todos, tengo mis ideas, mis inclinaciones, mis caprichos. Pero en el oficio de columnista, periodista, incluso escritor, uno tiene la obligación de intentar llegar a la verdad. Rubiales me cae fatal desde hace años, porque ha hecho cosas mucho peores que esto: es el Tito Bernie, el Bigotes, ese tipo de hombre que hablaba de volquete de putas, ese tipo de dirigente que trabaja 14 horas al día en hacer el mal. Entonces cuando vi el beso, mi primera reacción fue «genial, este tío a la calle». Pero después he pensado, que para eso me pagan. Y he pensado dos cosas. Imagínate que Jordi Évole produce una película con un equipo: directora, guionistas, actores, actrices… La nominan al Oscar y van a Hollywood. Y están siete u ocho personas en el patio de butacas del teatro Kodak y su película, producida por él, gana el Oscar. Como locos, eufóricos, se abrazan, se besan en las mejillas y, de pronto, él le da un beso en los labios a una actriz menor, o a una guionista poco conocida, con la que no está liado. Simplemente por efusión. ¿Tú te crees que alguien le iba a montar un pollo a Évole por eso?

P.- No lo sé.

R.- Sabes perfectamente que no, no le montarían un pollo. Y hay otra cosa que he recordado: un corto que ganó el Notodofilmfest. Están dos chicos viendo el fútbol. Y se emocionan tanto cuando marca su equipo que se besan en los labios. La película quiere señalar el descubrimiento de la homosexualidad. Pero no deja de ser lo mismo: en momentos de euforia no está todo tan controlado.

Foto: Víctor Ubiña

P.- ¿Pero le hubiera dado un beso a Carvajal si hubieran ganado los chicos?

R.- Podría habérselo dado, y no hubiera pasado nada porque es el jolgorio, es el abrazo, el beso… Los futbolistas varones se dan palmadas en el culo. Si hubiera fútbol mixto y un tipo le diera a una chica una palmada de ánimo en el culo, dependería de ella que su vida fuera un infierno. Y no puede ser discrecional. El contexto invita a que esas cosas puedan pasar. Todos estamos de acuerdo en que el machismo es malo, pero lo que no se puede es crear, como diría Cocteau, una raza de acusados que son todos los hombres y una raza de seres de luz que son las mujeres. Por cerrar el tema Rubiales, y esto es casi delito decirlo, sinceramente me parece una exageración llamar a eso agresión sexual. Es que el sentido común tiene que ser para todos. Estamos en el siglo XXI y la gente se puede equivocar. De la oleada más enfervorizada de ajusticiamiento, recordarás el manifiesto de las actrices francesas -y si alguien sabe de sexo, son los franceses-. Dicen cosas de sentido común, como que hay que tener en cuenta que la gente puede equivocarse.

P.- Hay gente que quiere convertir el caso Rubiales en el catalizador de un nuevo movimiento Metoo, con el hashtag #seacabó. Y se ha señalado a un periodista de Cultura de nombre Peio H. Riaño.

R.- Esto de agitar vidas y crear problemas profesionales por comportamientos dudosos ya se vio hace tres o cuatro años con otras personas. Este movimiento ya lo hemos visto. Y sobre Peio Riaño, siempre me ha caído muy mal. Por no ser ventajista, te diré que Jorge Lago, editor de Lengua de Trapo, me dijo que no sabía quién caía peor, si él o yo. Yo he tratado a Peio y le he visto maltratar a gente, colaboradores masculinos en concreto. Por eso, cuando salieron estos casos, por primera vez la frase tuitera “no tengo pruebas, pero tampoco dudas”, se justifica. No tenía dudas porque desde hace unos años su feminismo era tan rampante, tan agresivo, que no sonaba bien. A mí me irritaba mucho ese discurso de Peio y de otros aliados de “somos todos muy malos”. No, serás tú el malo.

P.- Pero no ha caído por el maltrato laboral, sino por su conducta sexual.

R.- El deseo es la perdición de los hombres. Mucha gente lo lleva bien, con sus frustraciones, pero para muchos hombres es su perdición. Eres jefe, tienes 40 años, te crees el centro del mundo, entra una redactora de 25 años, te admira y se te va la cabeza. Y hay situaciones de abuso, y también historias muy bonitas. Pero sí, los hombres tienen, con el deseo sexual, una puerta abierta a muchos problemas.

P.- Leí que te gustó el último libro de Houellebecq, Unos meses de mi vida.

R.- Sí, me pareció un libro muy puro, muy expresivo, sobre su vida sexual. Me llamó la atención que dice que ha participado en orgías, ha estado con prostitutas, pero que ninguna mujer podrá decir que le ha tocado el culo, ni nada.

P.- Entiendo que eliges los libros que decides reseñar.

R.- Sí, escribo todas las semanas sobre un libro, una serie -aunque está Marta Medina, que sabe más que yo sobre cine y lo hace mejor- y escribo una tercera columna sobre Rubiales o el tema que toque.

P.- Teniendo en cuenta que hay tantos libros y tan poco espacio para escribir sobre ellos, ¿tiene sentido hacer una mala reseña? ¿No sería mejor no reseñar los malos libros?

R.- Estoy tan cansado de los libros que si fuera por mí, nunca volvería a leer. Estoy agotado por completo de los libros, el mundo literario me parece ridículo… todo es odio, todo es envidia. En cambio, en el mundo del columnismo, según he experimentado estos nueve años, haces un buen artículo y la gente te lo agradece, lo tuitea y te aplaude. Pero cuando se trata de literatura, no hay lectores, no hay nada. En todo caso, volviendo a tu pregunta, criticar un libro malo es importante porque muchas veces un libro pasa por este mundo con muchas reseñas positivas y resulta ser una porquería.

P.- Tiene sentido, sobre todo cuando ese libro ha sido muy elogiado.

R.- Sí, y tiene sentido publicar una mala reseña porque si no se crea esa burbuja absurda en la que todos los libros son buenos y todos nos aplaudimos entre nosotros. Te doy un ejemplo: el caso de Los vencejos, de Aramburu. A mí no me gustó, no me convenció, y tenía argumentos para explicarlo, así que lo reseñé. Pero Aramburu es Aramburu, y Tusquets es Tusquets, así que hay gente que decía: «Claro, atacas al libro de Aramburu porque sí». No, ataco al libro de Aramburu porque lo he leído y no me gusta. Así de simple.

P.- Hablemos de tu próximo libro, Tía buena.

R.- Sí, es un ensayo. Son 70.000 palabras, no está mal, y me costó mucho escribirlo porque tener dos hijos es complicado. Por no hablar de otras cosas que pasan a lo largo de la vida, que a veces te da golpes duros. Es tremendamente difícil terminar un libro. Pero en medio de todas esas cosas de adultos, que es donde la mayoría de los españoles viven -hijos, muertes, accidentes, hospitales, enfermedades…-, que venga un tipo de Barcelona a decirme que no le gusta mi libro o que piensa que es fascista, no es nada por lo que preocuparse. Lo único que tiene sentido es vender muchos libros o convertirse en una especie de icono literario. Haber escrito algo como Pedro Páramo o ser un Bolaño, que no me gusta particularmente. Es decir, alcanzar un éxito absoluto. Todo lo demás se desvanecerá, pero no cuando te mueras, sino mucho antes. Por eso no entiendo que haya escritores a los que les afecte una reseña negativa, se depriman y tengan que hacer terapia. En fin…

P.- Con esta nota tan alegre podemos cerrar. Alberto, ¿nos recomiendas a alguien para que venga a charlar con nosotros?

R.- Podéis invitar al periodista Víctor Lenore.

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