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'La caída de la casa Usher': una serie tan elegante como poco original

Lo nuevo de Netflix se las ingenia para que lo consumamos de un solo tiro a pesar de su falta de frescura

‘La caída de la casa Usher’: una serie tan elegante como poco original

Una imagen promocional de la serie. | Netflix

Sobre el final de La caída de la casa Usher llega una de las mejores reflexiones de la serie. ¿Existe realmente el libre albedrío? ¿Por qué hacemos fila los fines de semana en un McDonalds si ya sabemos cuál es el valor nutricional de su especialidad? Peor aún, ¿por qué llevamos a nuestros hijos a este lugar? Si no existiera esta marca, ¿realmente tendríamos una vida más sana? 

Las ideas que Mike Flanagan suelta en su nueva producción para Netflix son interesantes aunque poco novedosas. Le sirven, eso sí, para refrescar un producto que bebe de Edgar Allan Poe, en fondo y forma, sin ningún tipo de rubor. No habrá quien le tilde de apropiación o copia. Sin embargo, como en esos remixes musicales que hoy están tan de moda en la llamada «música urbana», los que estamos al otro lado de la pantalla terminamos queriendo más, al igual que los consumidores de Ligodone, la pastilla adictiva creada por Roderick Usher (Bruce Greenwood).

La astucia de Flanagan, que firma su mejor trabajo desde La maldición de Hill House, pasa por usar una historia real, conocida y recreada en el propio servicio de streaming: la adicción generada por el uso de Oxicontin, que llevó a la muerte a miles de personas. El enriquecimiento de la dinastía Sackler con este medicamento quedó retratado en la miniserie Painkiller. Este punto de partida nos ubica en un lugar cómodo, porque nos resulta familiar. Luego, como si se tratara de Las mil y una noches, nos dejamos llevar por relatos que narran «viajes» de los principales personajes.

Y aquí nos encontramos con el primer gran problema de La caída de la casa Usher. Una vez que comprendes el cierre del arco argumental de un personaje, supones que lo mismo sucederá con los siguientes. Y no te equivocas. De manera que el autor se ve obligado a que cada episodio supere al anterior en ritmo y crueldad, lo que no funciona siempre. La colección de muertes alarga el enfrentamiento final —de lejos lo más interesante— y cualquier aficionado a este tipo de serie lo notará. 

A pesar de eso, la producción está muy por encima de lo conocido, si hablamos del terror disponible en Netflix. La última colaboración de Flanagan con este servicio de streaming está rodada con mucha elegancia y con actuaciones que están a la altura de una despedida. Sobresale Carla Gugino (Verna), por la naturaleza de su personaje, que une a cada relato y le da una belleza atemporal a cada muerte. Bien puede ser un demonio que despierta la lujuria o una bartender que te ofrece el aparente mejor trato de tu vida. Y lo crees. 

Después de Gugino, Kate Siegel (Camille L’Espanaye) está extraordinaria. Una vez que se despide de la pantalla, la serie pierde mucho. Su maldad, como manipuladora de medios de comunicación y redes sociales, supera, y por mucho, a los despreciables y veteranos protagonistas. Después, cumple como siempre, T’Nia Miller (Victorine LaFourcade); una estupenda actriz secundaria que está pidiendo a gritos un rol estelar en el cine. Luego, hay que aceptar que muchos actores están limitados por el propio guión. Es el caso de Mark Hamill (Arthur Pym), tal vez el más perjudicado por la poca profundidad de su carácter. Tampoco el libreto ayuda a Ruth Codd (Juno), la «triunfadora» de esta historia, en un sermoneo moral final que contrasta con el espíritu cruel de la serie. 

Drama más que terror

Otro de los grandes problemas que enfrenta Flanagan es que solo consigue hacernos saltar del asiento con el uso de los jump scares y a veces ni con eso. De hecho, si no fuera por los rostros maquillados que rodean a Roderick Usher, sería imposible afirmar que esta es una obra de terror. Es más un drama que palidece ante Succession, producto con el que ha sido comparado pero en clave de terror.

En La caída de la casa Usher abundan líneas como «no eres quien yo creía», «eres tan pequeño», «eres un verdadero monstruo» y más lugares comunes que remarcan algo reiterativo en la obra de Flanagan: el mal habita en el corazón de los seres humanos y no en lo sobrenatural. Está claro, no hay nada de novedoso en este sentido. No obstante, estos lugares comunes son los que dinamizan el programa. La caricaturización de la propia familia permite que dejemos pasar esta falta de originalidad.

Ahora bien, para los amantes de lo gótico y en especial de Poe, la serie sí que puede ser una delicia por la infinidad de recursos, homenajes y alegorías basadas en el escritor romántico. Probablemente sea lo más logrado del show. No me extrañaría que el poema de Annabel Lee —que en España tiene su gran tributo gracias a Radio Futura— se convirtiera en tendencia en TikTok. Sería el mayor logro de Flanagan, un director que se burla de sí mismo al criticar los millones de dólares que se invierten en entretenimiento televisivo, es decir, en sus propios proyectos.

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