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La máscara del director de orquesta

Con los de la batuta podríamos ir unos años atrás y comprobar cómo la imagen de la estirpe ha querido renovarse

La máscara del director de orquesta

'Maestro' | Netflix

Cada época es susceptible de elegir personajes simbólicos como vehículo para transmitir una serie de ideas desde posiciones hegemónicas. Estos últimos años una figura en emergencia es la del director de orquesta. Las casualidades navideñas me posibilitaron ver de corrido dos películas con el portador de la batuta en un papel estelar. Las diferencias de ambas son las que terminan por conjugarlas en un único cuerpo.

En Tár (Todd Field, 2022), Cate Blanchett interpreta a una modernísima directora de orquesta muy útil para perfilar una visión arquetípica donde es inevitable añadir una genialidad algo maldita, aquí sazonada con premisas a priori muy previsibles desde lo normativo, no en vano el personaje encarna una fuerza de los nuevos tiempos en un mundo hostil a las mujeres.

Cartel de ‘Tár’

Con los años, este largo demasiado largo para los cánones de hoy en día se recordará por la estatuilla cosechada por la actriz australiana, olvidándose la carga corrosiva de las denuncias por presunto acoso a sus alumnas, un rizar el rizo a nivel de contenido porque la ínclita Lydia Tár es directora sí, pero también una lesbiana con poder.

Como podrán suponer la cursiva en presunto no es casual. La culpabilidad se da por supuesta y así todos los ingredientes casan con cierta intención de volarnos la cabeza por las paradojas entre la rebelión de una mujer en la cima de su arte y las ganas de verla arder en la pira de la defenestración.

Lydia, responsable de la Filarmónica de Berlín, es pura ficción, en principio no como el Leonard Bernstein creado por Bradley Cooper en Maestro, la película navideña de Netflix para estas fiestas y su apuesta de altos vuelos de cara a los premios de la Academia. El niño dorado de Hollywood dirige, interpreta, se encarga del guion y produce junto a Martin Scorsese una cinta en absoluto inocente desde su fabricación para cosechar Oscars.

Quizá, aunque es demasiado suponer, haya un juramento secreto para la gloria eterna de Bradley Cooper. ¿Un póker de cabezudos? Podría ser, y esa egolatría encaja como un guante en su interpretación del director, compositor y divulgador de origen judío, sin duda real desde un sinfín de filtros. 

En Maestro, el eje, la forma de guiarnos en la explicación biográfica, es la relación amorosa de Bernstein con la actriz chilena Felicia Montealegre. La trama se estructura desde un hilo muy tópico basado, como no, en hechos reales. Lo idílico de la pareja perfecta se tuerce por la bisexualidad del director, santificado por su devoción a la esposa en los instantes cruciales de su existencia.

El cóctel, como decíamos con otras palabras, es idóneo dentro de una ortodoxia muy blanda, un combinado ganador de sota, caballo y rey hacia los altares de lo políticamente correcto. El producto debe revestirse de tonos con apariencia diferente y enhebrar conceptos resultones tanto en la taquilla como para el pensamiento.

Es por ello que el Bernstein de Maestro es un ser apolítico. Hoy en día la bisexualidad sólo ofende a los más pacatos. Mostrarla al público no ennegrece, sino que aporta. En cambio, el espectador nada sabrá de cómo el músico fue investigado durante décadas por el FBI al ser sospechoso de simpatías comunistas, sin duda perjudiciales en su escándalo de 1970, cuando organizó una fiesta en su casa con el fin de recaudar fondos para las Panteras Negras.

Cartel de ‘Maestro’

Para el común de los mortales, los directores de orquestas son unos individuos vestidos con elegancia en una tarima que mueven medio enloquecidos una batuta. El paradigma siempre es Gustav Mahler. Quizá su supremacía en el imaginario de esta tipología, indiscutible en el recuerdo de las ciudades centroeuropeas, se haya asentado por unas siluetas y otras caricaturas de cuando estaba en la cúspide. Esa documentación sirve tanto en Tár como en Maestro para mencionar al austrohúngaro como una referencia asequible, el único hito del pasado mientras avanzamos hacia el futuro de estos relatos filmados desde un cine de autor normativizado.

Caricatura de Mahler

La operación del director de orquesta no es sólo cinematográfica y responde a unos parámetros de la Cultura Contemporánea, según los cuales es óptimo vender lo alto desde una ilusión de clase media, algo comparable a lo ejecutado por las tiendas de ropa de precios baratos con estándares homologados.

Con los de la batuta podríamos ir unos años atrás y comprobar cómo la imagen de la estirpe ha querido renovarse. La música clásica huele a viejo para muchas generaciones y desde luego Gustavo Dudamel puede tener más tirón estético que esas cubiertas inamovibles con el rostro de Herbert Von Karajan. La sobredosis audiovisual de nuestra era banaliza cualquier material. El nuestro queda caricaturizado. Las deformaciones del autor de la legendaria Quinta eran devoción ante lo excepcional. El bombardeo de un nombre en un sector provoca el hastío de nuestro siglo, que acepta lo ofrecido en su fachada sin ahondar en el interior del edificio, vacuo por cómo se vende.

Tras Tár y Maestro nadie decidirá escuchar las sinfonías de Ludwig van Beethoven ni reflexionará en exceso sobre otros mensajes de este inesperado y exitoso matrimonio. Bernstein sin política es plácido y consumible al no generar preguntas. Lydia Tár desarrolla una hiperactividad con voluntad de derribar las paredes del templo y es arrasada por sacerdotes invisibles. Los avisos para navegantes suelen ser sutiles como las caricias antes de una explosión.

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