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Cultura

La lúcida rendición de Sergio Mayor

«Uno lee a Mayor y se encuentra algo distinto. El punto de partida es parecido, pero su encogimiento de hombros tiene una grandeza que yo pocas veces había visto»

La lúcida rendición de Sergio Mayor

Portada del libro 'Ponme otra copa, Servando.' de Sergio Mayor. | Sloper

Si metes mucho Umbral en una batidora, y algo del buen Vilas (el de El cielo u Ordesa, quiero decir, jamás el de Los besos o Nosotros), y un poco de F.L. Chivite, más cuatro o cinco botellas de vino barato, dos o tres de ginebra cara, toda la Enciclopedia Británica, un santoral ilustrado y un grueso manual de historia de la literatura, lo que se obtiene podría ser algo parecido al brillante, iluminador y divertido libro que acaba de publicar Sergio Mayor, canario en Granada, y que tiene algo de gran poema en prosa, de diario íntimo indirecto, de columnismo narrativo.

En el personaje que se ha inventado Mayor hay algo de ángel y algo de energúmeno, un budista que predica el amor universal y un nihilista que de vez en cuando tiene ensoñaciones incendiarias, mucha filantropía mezclada con las ganas de dinamitarlo todo, y no para reconstruirlo de nuevo de una manera justa, como soñaban los anarquistas, sino para brindar con los amigotes contemplando cómo se hunde el mundo, la civilización, la cultura, la política, la religión, los suplementos literarios.

Es probable que me equivoque pues no conozco a Sergio Mayor, nunca había leído nada suyo, jamás nos hemos escrito, pero hay en su marginación algo vocacional que me creo, no una pose sino una naturaleza, no algo exactamente elegido sino algo esencial, no algo provisional y amargado a la espera improbable de que pase algo sino una forma bastante feliz de habitar el mundo y escribirlo. Uno anduvo durante algunos años curioseando en los recitales de poesía, buscando palabras por bares, escuchando, y no reniego de ello pues todo lo que aprendí entre aquellos cantamañanas es algo que nunca me hubiera proporcionado un cuatrienio en Oxford. Aquello era espantoso, por supuesto, pero muy aleccionador: vi y escuché a tipos supuestamente suburbiales que claramente hubieran cambiado a su madre (y a tres o cuatro más) ya no por una portada en el Babelia, sino por un triste faldón, una esquinita. Poetas que reprochaban al mundo la indiferencia que éste les dedicaba sin querer caer en la cuenta de que probablemente algo importaba el que fueran más malos que la tiña, ridículos hasta un punto difícil de explicar o de creer, orgullosos de su carácter invisible sin reconocer que no era algo precisamente deseado.

Uno lee a Mayor y se encuentra algo distinto. El punto de partida es parecido, pero su encogimiento de hombros tiene una grandeza que yo pocas veces había visto entre los arrinconados, y sus ataques contra lo de fuera no se lanzan con rencor, sino con cierta alegría combativa, y sobre todo con una provocación que a veces da en el clavo, gloriosa, y a veces hace aguas, antipática. Este libro, Ponme otra copa, Servando, osado desde su título, demuestra que la sabiduría y la inmadurez son perfectamente compatibles, pues su autor (y, de paso, su narrador) son gente cultivada y hasta fina, hombres ilustrados y leídos, intelectualmente sagaces, pero toda esa gracia y esa calidad se dan de puñetazos con la pereza y con las resacas, que me parece que han ganado la pelea muchas veces pero que en esta ocasión han dado paso a un libro importante, muy inspirado, gracioso, ocurrente, lunático e híper-lírico.

«La historia de la literatura como estantería donde los necesitados de afecto vamos colocando todos nuestros intentos, de recibir reconocimiento»

Vacilando por la periferia de Granada, y teniendo como epicentro ese bar del título, el de Servando (que me juego una primera edición de Clarín a que existe, como todos los parroquianos aludidos, los amores recordados, el tan mencionado padre…), aquí tenemos a un hombre que está de vuelta de todo, incluida por supuesto una literatura a la que apenas ha aportado hasta aquí nada muy glorioso. Pero a eso me refería: a la bendición incomparable de la esterilidad, a la victoria de la indolencia y la desesperanza, a ese dios del alcohol que obliga a esperar, que va curtiendo, que va enseñando, y que al final, si se tiene algo dentro, acaba produciendo un libro así, lleno de luz extraña: «Una firma mía es una falsificación». 

El hombre que habla aquí es un hombre libre, y eso es algo que no se debe desoír ni despreciar. No siempre se le puede aplaudir la lucidez (como, por ejemplo en sus poco defendibles opiniones sobre la literatura escrita por mujeres), pero si la valentía (como, por ejemplo, por lo mismo). Y entre mucho poeta sufí, mucho Nietzsche, mucho novelista ruso, algo de mitología y sobre todo de teología medieval, alucinada, realmente creyente, fanática…, Mayor se burla con no poca razón de la actualidad, de sus peajes, de su docilidad, de sus lacayos. Lo cual afecta también al medio literario: «El mundo no se ha llenado de escritores por una explosión de talento, sino por una explosión de ordenadores». Es el cinismo bueno: se puede tener mala leche sin tener mala sangre, se puede ser malicioso sin ser malvado. Y Mayor es, así, el último representante de una estirpe de tocapelotas socráticos muy fecunda en la literatura española (y que, por cierto, casi siempre estaba explícitamente cerca de los vapores del licor).

Este libro contiene cartas de amor, aforismos geniales («Vino el lenguaje yo olvidé lo que sabía»), elegías, algo de callejero de Granada («El hombre sin talento religioso, ¿qué entenderá de la ciudad?»…) autoflagelación de corte suave («Jamás he decepcionado a un detractor»…) y hasta aportaciones de fuste a la teoría de la literatura («Dicen que mi literatura es una literatura del yo, y es cierto, pero mi yo es un yo muy impersonal»). Y es, en definitiva, para quien me quiera entender, uno de esos libros descreídos de todo que sin embargo están escritos con un primor muy trabajado, una de esas cosas como improvisadas y lanzadas en una noche de juerga que, sin embargo, no contienen (casi…) ni una sola errata.

Brindamos, pues, ante el absurdo y la nada del cosmos, y aullamos ante la ausencia de Dios, y nos revolcamos ante la inutilidad fundamental de la vida, pero, por si caso, lo hacemos con cuidado, lo hacemos con cariño, lo hacemos bonito. Lo dice él, con entera exactitud: «Una falta de ortografía revela un delito moral».

Y sólo una cosa más, aún más desesperada y que realmente me ha conmocionado. Llega un momento en el que Sergio Mayor entiende que «escribir implica una debilidad de carácter» (o bien que «La gente busca la importancia. Cree que la escritura expresa su importancia. No. Expresa su vacuidad»…), y de repente, ante esas palabras devastadoras, se nos da contemplar la historia de la literatura como el gran archivo de la ambición y de la inseguridad, una inmensa estantería donde los necesitados de afecto vamos colocando todos nuestros intentos, sublimes o penosos, de recibir alguna limosna de reconocimiento. No está mal ese golpe, y sirve para dar el tono de la partitura que es este libro, toda una sinfonía del vacío, sí, pero de un vacío lleno de significados y de implicaciones y hasta de referencias bibliográficas.

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