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Cultura

Pasolini en Yemen: un conflicto entre modernidad y patrimonio

Un documental del cineasta contribuyó a llamar la atención de la Unesco para proteger Saná, hoy ocupada por los hutíes

Pasolini en Yemen: un conflicto entre modernidad y patrimonio

Pier Paolo Pasolini. | Wikimedia commons

La guerra que asola Yemen desde el 16 de septiembre de 2014, cuando los hutíes se rebelaron militarmente contra el presidente legítimo Hal-Hadi, ha recobrado interés a lo largo de los últimos meses. El pasado enero EEUU y el Reino Unido respondieron a los ataques hutíes contra buques mercantes internacionales, sin recuperar del todo la seguridad y la libre navegación por el Mar Rojo, mientras continúan los combates.

El conflicto en este país ubicado en el sur de la Península Arábiga ha provocado más de cuatro millones de desplazados internos. Según Oxfam un 80% de la población necesita ayuda humanitaria. Saná, la capital, está ocupada por los hutíes. Habitada desde hace más de 2.500 años, durante el primer medioevo fue uno de los principales centros propagadores del incipiente Islam, y así fue cómo entre los siglos V y VII de nuestra era experimentó gran prosperidad, reflejada en su ciudad antigua, con más de cien mezquitas y sus 6.000 viviendas, cuyas torres sobresalen del conjunto, dándole una pátina incomparable. 

Yemen no ingresó en la modernidad hasta el 27 de septiembre de 1962. Fue entonces cuando otro golpe de Estado, aupado por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, depuso al rey Muhamad al-Badr. Este hecho supuso la proclamación de la República Árabe del Yemen, también conocida como Yemen del Norte, y una guerra civil que duró hasta 1970 por el apoyo al monarca de Jordania y el reino de Arabia Saudí, hoy en día posicionada a favor del presidente Hal-Hadi.

En 1970 Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975) atravesaba una gran crisis personal y creativa. La primera se debía a su ruptura con el actor Ninetto Davoli, a quien rescató de las borgate de la periferia romana y adoptó como un hijo y un amante. Sin embargo, el joven se enamoró de una chica hasta contraer matrimonio y el fin de esa relación soñada fue un mazazo para el poeta y cineasta. A partir de ese instante, su concepción de sus adorados chicos de los márgenes, ragazzi de vita como en su polémica novela de 1955, se fundió con su negatividad para con el mundo que iba configurándose en los años setenta. 

Ninetto era la pureza y para Pasolini esta era proverbial. La segunda causa de su viraje a principios de esa década acumulaba otros factores. Mayo del 68 le había dejado huella, decepcionándole porque, a su parecer, la revuelta había sido un enfrentamiento fratricida entre burgueses, hijos y padres. Su poema Il PCI ai Giovani lo expresaba sin tapujos y añadía otra provocación al mencionar que los policías que cargaban contra los estudiantes pertenecían a una clase desfavorecida para la que matricularse en la universidad era una quimera.

Saná, capital de Yemen. | Wikimedia commons

A disgusto con Occidente

Tras la masacre del Circeo a finales de septiembre de 1975, cuando tres jóvenes ricos violaron e intentaron matar a dos adolescentes de un barrio marginal, Pasolini puso la guinda a todo este discurso al opinar, rabioso, sobre cómo la homologación capitalista había hecho indistinguibles a burgueses y borgatari porque estos últimos, lobotomizados por el dios consumo, no querían retener su miseria, sino simular ser cómo los retoños de las clases dominantes tanto en lo estético como en lo monetario, aunque ello comportara formar bandas criminales, como más tarde acaeció en la Ciudad Eterna con la banda della Magliana, conocida a nivel internacional por la serie Roma Criminal

Este disgusto creciente con todo aquello que le rodeaba en Occidente fue incrementándose con los años hasta volverse obsesivo. Nuestra valoración de Pasolini en el siglo XXI tiende a definirlo como una especie de profeta, pero en el otoño de su vida, cuando predicaba desde su púlpito de las Letras Luteranas del Corriere della Sera, muchos lo veían obcecado en demasía, entre ellos Italo Calvino, quien en una carta de 1974 criticaba la pesadez del poeta de Las cenizas de Gramsci, machacón día sí, día también con la homologación brutal del capitalismo. 

Para superar todo esta imparable desazón, Pasolini halló una vía de escape en el Tercer Mundo, visitado desde 1961 junto al novelista Alberto Moravia, uno de sus mejores amigos. El director de Mamma Roma vislumbró en África su única esperanza al no estar aún corrompida, como si el presente no hubiera aterrizado en este continente, a salvo de lo que él juzgaba un falso progreso.

Los viajes a latitudes lejanas le hicieron tomar conciencia de cómo el capitalismo era el asesino de un mundo antiguo condenado a la extinción. Lo comprobó en persona durante unas localizaciones en la Palestina de 1963, donde quería filmar El evangelio según Mateo. La desnaturalización del paisaje, industrializado hasta los topes, hacía imposible filmar en los lugares originales, eligiéndose a posteriori la región de Basilicata, aún libre de bloques de pisos en su entorno. 

Búsqueda de la autenticidad

La búsqueda de autenticidad de Pasolini le empujó a rodar en espacios naturales, casi vírgenes. En 1970 adaptó al séptimo arte el Decamerón de Giovanni Boccaccio, primer filme de su Trilogía de la Vida, de la que más tarde abjuró para denunciar cómo el sistema controlaba los cuerpos hasta desdibujar su sexualidad, convertida en otro ente más de consumo. 

Algunas de sus escenas fueron rodadas en la República Árabe del Yemen. El 18 de octubre de 1970 quiso aprovechar la circunstancia para realizar el cortometraje documental Los muros de Saná, urbe adonde regresaría para registrar algunas escenas de Las mil y una noches

El cineasta italiano nos regaló casi 13 minutos de intenso lirismo. En el documental contextualiza cómo Yemen del Norte abandona su parálisis en la historia gracias al vuelco de la guerra civil y de la contribución china, sin la que no existirían carreteras para conectar Saná con el mar y el norte. 

Sus imágenes de los yemenitas manos a la obra para construir esas rutas quieren ser un canto a la nación envuelta en un progreso real. El narrador, el mismo Pasolini, no oculta su simpatía por su causa al tiempo que expresa su preocupación por el destino del mayor don del país, su belleza, en peligro si no se tomaban las medidas necesarias para proteger el incalculable patrimonio de la ciudad antigua de Saná.

En 1986 la Unesco escuchó póstumamente a Pier Paolo Pasolini e incorporó a Saná a su Lista Mundial y en 2015 la incluyó en su lista de patrimonio de la Humanidad en Peligro. Pasolini terminaba su cortometraje recordando la fuerza revolucionaria del pasado, invocándola para conservar todo lo bello desde un proverbial y gramsciano pesimismo de la voluntad por temor a destrucciones futuras. 

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