Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa: la sed de libertad de la Generación del 50
Una doble exposición en la Biblioteca Nacional muestra la complicidad de dos autores clave de las letras españolas

Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa y Alfonso Sastre en 1954. | Archivo Carmen Martín Gaite (JCYL)
Los aniversarios pueden antojarse excusas baratas para trascender una anécdota a la categoría de noticia. A veces, sin embargo, Cronos ajusta tan bien el tiro… El año pasado coincidieron los centenarios del nacimiento de dos autores fundamentales de nuestra literatura contemporánea unidos por un hilo demasiado tentador: la Biblioteca Nacional les dedica a Carmen Martín Gaite (Salamanca, 8 de diciembre de 1925-Madrid, 23 de julio de 2000) e Ignacio de Aldecoa (Vitoria, 24 de julio de 1925-Madrid, 15 de noviembre de 1969) exposiciones paralelas unidas —literalmente, no solo literaria y conceptualmente— por un precioso monumento a la generación que compartieron, la del 50.
Paradójicamente, fue Aldecoa el que introdujo a una joven Martín Gaite recién llegada a Madrid en el círculo literario de aquella generación que intentaba desperezar las letras españolas del sombrío letargo de la posguerra. Gente como Medardo Fraile, Alfonso Sastre, Carlos Edmundo de Ory o… Rafael Sánchez Ferlosio, con el que se casaría una Carmen aún veinteañera. Paradójicamente, porque, gustos literarios aparte, lo cierto es que Martín Gaite terminaría superando en relevancia (al menos, mediática) a su primer mentor.
Su carrera comenzó a despegar en 1957 con el Nadal por Entre visillos, que confirmó cinco años después Ritmo lento, finalista del Biblioteca Breve, y tuvo continuidad con El cuarto de atrás, Nacional de Narrativa en 1978. El Príncipe de Asturias de 1988 parecía cerrar por todo lo grande su ciclo, en lo que podría interpretarse como una patada hacia arriba (hacia el Parnaso, pero patada) a su generación, pero Caperucita en Manhattan, Nubosidad variable, La reina de las nieves y Lo raro es vivir la convirtieron en uno de los fenómenos editoriales de los años 90. El ojo de Herralde y la exquisita maquinaria de su Anagrama tuvieron parte de culpa. Irse de casa fue el premonitorio título de su última novela.
Tiene sentido, por lo tanto, que su exposición abra el homenaje doble de la BN en las salas de su planta baja. Inmejorable lugar para tal efecto, por cierto. En el aire underground de la parte más íntima del monumental edificio de la Plaza Colón suena la voz de Carmen Martín recitando su poesía en un recoveco de la primera parte de la muestra. En verso publicó sus primeros trabajos literarios, cuando aún estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, donde coincidió con Ignacio Aldecoa. Pero el eco de esos poemas le llega al visitante cuando aún se encuentra en las fotos de sus abuelos, su primera casa castellana, su llegada a Madrid…
Sigue un itinerario al uso, completo y bien estructurado, con una significativa, pero no excesiva, selección de fotografías, retratos, manuscritos y mecanoscritos de sus principales títulos y cuadernos, cartas, collages, libros de su biblioteca personal, materiales audiovisuales, objetos personales… Entre el casi centenar de originales, los organizadores destacan los manuscritos de El cuarto de atrás (noviembre de 1975 – abril de 1978) y Usos amorosos de la postguerra española (1987), así como el collage original para ilustrar Caperucita en Manhattan (1990).
El Premio Nadal y el éxito
Tras la infancia y juventud, marcadas por la Guerra Civil, la formación en el progresista Instituto Femenino de Segunda Enseñanza y la experiencia universitaria, llega el hiato del aterrizaje en Madrid, y más en concreto en Revista Española, donde se arracimaba el talento joven de la prosa de la época, y el matrimonio con Rafael Sánchez Ferlosio.
Debe detenerse y se detiene la exposición en Entre visillos. Carmen explica en un texto que escondió su postulación al Nadal de 1957: no es fácil ser la esposa de Sánchez Ferlosio. Quería que la valoraran por ella misma… y lo consiguió. Entonces el Nadal era el Premio, con mayúsculas. Llegó el éxito y se multiplicaron los viajes, con el deslumbramiento por Estados Unidos bien reflejado en la hermosa fotografía con la Estatua de la Libertad en gran formato. También el duelo tras la muerte de su hija Marta, y los reconocimientos públicos en el último decenio de su vida, que ella llamaba «la edad de merecer».
Dice la BN que esta exposición quiere también «abordar el papel que Martín Gaite desempeñó de copartícipe, testigo y legataria tanto del perfil humano como de la trayectoria creadora de su grupo de amigos de los años 1950, cuya memoria quiso transferir a los más jóvenes, demostrando a su vez una fuerte sensibilización con los conflictos intergeneracionales». Por eso culmina con la sala Espacio Generación de los 50 y su precioso mural circular con las caricaturas realizadas por Fernando Vicente de los miembros de aquel esfuerzo literario.
Otra puerta de este Espacio da entrada, con lógica y hasta entrañable fluidez, a la exposición Ignacio Aldecoa. El oficio de escribir. Probablemente, la BN ha esperado hasta finales de 2025 para abrir el homenaje doble porque el nacimiento de Martín Gaite tuvo lugar en diciembre. Aldecoa llegó a este mundo antes, en julio, y esperó en la Madrid literaria a su amiga, como decíamos, pero lo abandonó antes: en 1969, con solo 44 años. ¿A dónde podría haber llegado el que muchos consideran el mejor cuentista de nuestras letras?
El oficio de escribir
Inevitablemente, la voz de Aldecoa con la que arranca su muestra no recita poesía, como en el caso de su amiga, sino que lee la prosa exacta y rotunda de un relato. La despedida, dice la cartela correspondiente, era uno de los cuentos predilectos del autor, y el único del que se conserva un registro sonoro en su voz.
Aunque no renuncia a mostrar su perspectiva más personal, el recorrido de la muestra se centra en lo que, ya desde el título, se entiende como la dirección absolutamente marcada de su vida: la vocación literaria. Comisariada por José Ramón González, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Valladolid y especialista en literatura española contemporánea, la BN dice que «reivindica a este autor imprescindible que se entregó sin reservas al ‘oficio de escribir’ y cuya literatura exigente, rigurosa y honesta toca la sensibilidad de quien se acerca a ella y nos sigue interpelando como testimonio de época de nuestra historia reciente».
También poeta en sus orígenes, como Martín Gaite, compatibilizó sus primeros escarceos creativos con el esfuerzo dinamizador de la Revista Española, que codirigió junto a Alfonso Sastre y Rafael Sánchez Ferlosio. Los entusiastas chavales del «grupo de Madrid» iban a renovar, junto al «grupo de Barcelona», la literatura de una España más necesitada que nunca de aire. Ejemplares de aquella proeza editorial muestran la labor de divulgación, incluidos unos textos de autores extranjeros que se bebían los españoles sedientos de mundo. Pero, sobre todo, como explica la BN, destaca «la difusión de un nuevo realismo testimonial, a la vez exigente desde un punto de vista estético, constituyéndose como espacio de encuentro en el que se fue perfilando una nueva sensibilidad literaria».
Centrándose en la producción de Ignacio Aldecoa, recuerda la muestra que, aunque el mayor reconocimiento se lo llevan siempre sus relatos, escribió seis novelas, dos de las cuales —Ciudad de tarde (1952) y El Gran Mercado (1953), nunca publicadas— fueron encontradas el año pasado en la Sección de Censura del Archivo General de la Administración en el proceso de recopilación de obras para exhibir en esta exposición. De hecho, en la BN consideran el mecanoscrito de El Gran Mercado una de las piezas más relevantes de las más de 140 que componen la muestra, entre las que también destacan el de Patio de armas, uno de los cuentos más logrados del autor, así como los de varios artículos periodísticos o las cartas y textos que se custodian en la Fundación Carlos Edmundo de Ory.
Además, varias reproducciones fotográficas, algunas de gran tamaño, contagian la fascinación del hombre de letras por la aventura, los viajes, las islas, el mar… La vida. Aparece en este ángulo más íntimo su mujer, Josefina Rodríguez, también escritora, lo que recuerda la innegociable inmersión última siempre al universo literario, que culmina con una fotografía del autor escribiendo en su despacho. Sobre la imagen, el objeto más excéntrico y aventurero, la hélice del aviador francés Jules Védrines que le acompañaba en su espacio de trabajo, ha viajado con toda su voluminosa materialidad para darle vuelo a una magnífica exposición que une dos almas letraheridas alrededor del círculo comunitario de aquellos chavales sedientos de los años 50.
