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Juana la Beltraneja: la reina que pudo ser

Si hubiera sido coronada reina en lugar de Isabel la Católica, ¿habría sido 1492 el año que conocemos?

Juana la Beltraneja: la reina que pudo ser

Juana la Beltraneja.

Durante siglos, a las reinas incómodas se las llamó infieles. No hacía falta demostrarlo. Bastaba con insinuarlo. La historia, escrita casi siempre desde una mirada masculina, convirtió la sospecha moral en un arma política de primer orden. Porque cuando una mujer pensaba, decidía o aspiraba a gobernar, el rumor hacía el trabajo que a veces ni la guerra conseguía: desacreditar sin necesidad de vencer.

Carmen Gallardo recupera en Reinas infieles (ed. Planeta) a doce mujeres cuya memoria quedó atrapada bajo ese calificativo incómodo. Lo interesante no es comprobar si lo fueron o no —una pregunta que revela más ansiedad contemporánea que rigor histórico—, sino entender cómo funcionaba el mecanismo. En un sistema donde la legitimidad dinástica descansaba sobre el cuerpo femenino, cuestionar la fidelidad equivalía a cuestionar la sangre, y cuestionar la sangre era cuestionar el trono. Ellos podían tener amantes; ellas no podían permitirse ni la sospecha.

Conviene recordar que aquellos matrimonios estaban lejos del ideal romántico que hoy proyectamos sobre el pasado. Eran pactos de Estado, alianzas estratégicas diseñadas para sostener equilibrios políticos extremadamente frágiles. Las reinas no eran adornos cortesanos, sino piezas clave en la arquitectura del poder europeo: sellaban tratados, garantizaban herederos y actuaban como puentes entre dinastías. Mirar ese sistema solo desde categorías actuales puede resultar tentador, pero también profundamente anacrónico. Muchas de aquellas mujeres comprendieron perfectamente su función política y la ejercieron con una lucidez que la historiografía tardó demasiado en reconocer.

Entre todas ellas destaca una figura cuya derrota cambió el rumbo de Castilla y, probablemente, el de medio mundo: Juana de Trástamara, conocida como Juana la Beltraneja. Nacida en Madrid en 1462 y reconocida oficialmente como hija de Enrique IV, su destino quedó atrapado en un relato que otros escribieron por ella antes incluso de que pudiera defenderse. Si hubiera sido coronada reina en lugar de Isabel la Católica, ¿habría sido 1492 el año que conocemos? ¿Habría existido la misma política exterior, la misma unión dinástica, la misma proyección imperial? La historia no se escribe con hipótesis, pero sí con decisiones que alteran siglos.

La muerte de Enrique IV el 11 de diciembre de 1474 abrió una grieta política inmediata. Castilla entró en una guerra de legitimidades donde cada gesto tenía un valor simbólico enorme. Juana fue proclamada reina por quienes defendían su derecho dinástico. Isabel, en cambio, entendió algo esencial que muchas narraciones posteriores han preferido simplificar: el poder no espera a que la legalidad se aclare; ocupa el espacio vacío. El 13 de diciembre de 1474 se hizo proclamar reina en Segovia. No fue una reacción impulsiva ni un acto de ambición desmedida, sino una maniobra política de una inteligencia extraordinaria. Quien se adelantaba, fijaba el marco del conflicto.

A partir de ese momento, la propaganda empezó a trabajar con precisión quirúrgica. El apodo de «la Beltraneja» no fue una anécdota cortesana, sino un instrumento político diseñado para debilitar a una rival sin necesidad de derrotarla completamente. Insinuar que su padre era Beltrán de la Cueva era minar el fundamento mismo de su legitimidad en una sociedad obsesionada con la pureza dinástica. Isabel y su entorno comprendieron que la guerra se libraría tanto en los campos de batalla como en las crónicas, en los sermones y en la percepción pública.

Y, sin embargo, reducir a Isabel la Católica a la caricatura de una reina despiadada resulta tan cómodo como históricamente pobre. Isabel no inventó el conflicto; lo heredó de un reinado debilitado por las vacilaciones de Enrique IV y por una nobleza acostumbrada a desafiar la autoridad real desde episodios como la Farsa de Ávila de 1465. Su fortaleza no fue la crueldad, sino la capacidad de leer el tablero político con una claridad poco común. Supo consolidar su matrimonio con Fernando de Aragón —firmado en 1469— como un proyecto estratégico y construir una legitimidad que parecía inevitable incluso antes de que la guerra estuviera decidida.

La entrada de Portugal en la contienda en 1475, con el matrimonio entre Juana y Alfonso V, transformó la disputa castellana en un conflicto europeo. La batalla de Toro, el 1 de marzo de 1476, fue militarmente ambigua, pero políticamente decisiva: permitió a Isabel proyectar la imagen de estabilidad que necesitaba para consolidar apoyos urbanos y nobiliarios. La Guerra de Sucesión Castellana fue, en realidad, una batalla por el relato tanto como por el trono.

El Tratado de Alcáçovas de 1479 selló el desenlace. Portugal reconocía a Isabel y Fernando como reyes de Castilla y Juana renunciaba a sus derechos, retirándose al convento de Santa Clara de Coimbra, donde viviría hasta su muerte en 1530. La posteridad la recordaría más por un apodo que por su complejidad política, como si el rumor hubiera terminado sustituyendo a la historia.

Quizá por eso convenga releer aquel episodio sin la comodidad de los relatos maniqueos. No fue la historia de una reina cruel frente a una joven inocente, sino la de dos mujeres atrapadas en un sistema que obligaba a disputar el poder en términos que hoy nos resultan incómodos. Isabel no necesitó ser despiadada para imponerse; fue, sobre todo, una estratega brillante que entendió mejor que nadie el momento histórico y supo convertir la fragilidad institucional en oportunidad política. Y en ese gesto —rápido, calculado, irreversible— empezó a construirse no solo una corona, sino un relato que siglos después seguiría definiendo cómo entendemos el poder, la legitimidad… y la memoria de las mujeres que lo disputaron.

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