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Historias de la historia

Los duques de Alba ilustrados

Hace 100 años que nació la duquesa de Alba, personaje clave de la sociedad española hasta su fallecimiento en 2014

Los duques de Alba ilustrados

Don José Alvarez de Toledo, XIII duque de Alba, aristócrata ilustrado retratado por Goya (Museo del Prado).

El caballero ha levantado la vista de la partitura musical y nos dirige una mirada que revela inteligencia y bonhomía. Goya sabía retratar el carácter más allá de la fisonomía de sus modelos, y su efigie de don José Álvarez de Toledo, XIII duque de Alba —consorte— refleja serenidad, temple y simpatía; nos lo presenta como alguien sencillo —no luce las condecoraciones y joyas que podría— y a la vez con una rica vida interior, como se deduce de su lectura de una partitura de Haydn. Don José Álvarez de Toledo mantenía una intensa relación con ese genio de la música, al que encargó muchas partituras. 

Además, este caballero era la encarnación del aristócrata ilustrado de la España de finales del XVIII, miembro activo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Vascongadas y de la de Sevilla, y consiliario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su afición por la música no era pasiva, pues se le consideraba un excelente intérprete de viola. De hecho, formaba parte de un trío musical de alcurnia, pues los otros dos miembros eran el propio rey Carlos IV, que tocaba muy bien el violín —una de las pocas cosas buenas que se pueden contar de este monarca—, y su hermano el infante don Gabriel, experto clavecinista.

Llamar a José Álvarez de Toledo XIII duque de Alba marca su condición de consorte, pues efectivamente la utilización de este título era una obligación que había adquirido al casarse con la titular del ducado, María Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, conocida vulgarmente como la duquesa de Goya, por los varios y soberbios retratos que le hizo Goya, así como las relaciones que se les suponen. Es curioso que don José llevase como primer apellido Álvarez de Toledo, el de la estirpe de los duques de Alba, mientras que su esposa, la auténtica duquesa, lo llevaba de segundo. Es simplemente una muestra de la endogamia que practicaba la alta nobleza española.

Hay algo premonitorio en esta pintura de Goya presentando al marido de la duquesa de Alba como melómano. Dos siglos más tarde, a finales de 1977, la Cayetana de Alba moderna, de cuyo nacimiento se cumple ahora el centenario, tuvo que hacer una gestión con la Dirección General de Música del Ministerio de Cultura. En aquel primer Gobierno democrático de Adolfo Suárez ocupaba el cargo de director general Jesús Aguirre, conocido como «el cura Aguirre», un medio jesuita intelectual y antifranquista que se había destacado en la promoción del diálogo entre cristianos y marxistas.

En realidad, el cura Aguirre había colgado los hábitos en 1969 y se había convertido en director de la editorial Taurus, además de personaje imprescindible en el mundillo intelectual progre de la época. Pero conservaba la famosa capacidad de seducción de los jesuitas, que ejerció sobre Cayetana de Alba, viuda desde 1972, después de 25 años de matrimonio y seis hijos con el aristócrata Luis Martínez de Irujo. Este segundo matrimonio de la duquesa de Alba fue una bomba; se diría que Cayetana Fitz James había buscado lo más opuesto a un matrimonio adecuado a su rango, pues Jesús Aguirre no solamente era un sacerdote secularizado, sino que en cuanto a familia ni siquiera tenía padre reconocido: era «hijo del pecado», como se decía cuando nació en 1934.

Pese a su oscuro origen, o precisamente por eso, el cura Aguirre asumió su papel de consorte de la primera casa nobiliaria de España con notable prepotencia, lo que acarrearía muchos agravios y unas pésimas relaciones con los hijos de la duquesa Cayetana.

El primer estuardo de la casa de Alba

Los titulares del ducado de Alba nunca han pasado desapercibidos. El llamado Gran Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, fue el mejor guerrero del siglo XVI, el arma de destrucción masiva de Carlos V y Felipe II, odiado por los enemigos de España a tal punto que en los Países Bajos se le citaba para asustar a los niños desobedientes. Y de la XIII duquesa, María Teresa Cayetana, ya hemos señalado que mantuvo una intensa relación con Goya que daría lugar a varias magníficas pinturas y a muchos chismes sociales, un testigo que recogería la Cayetana moderna, la XVIII duquesa de la que se celebra ahora el centenario.

Pero aparte de participar en guerras y escándalos, ha habido otros duques de Alba, como don José Álvarez de Toledo, con el que abríamos este artículo, aristócratas ilustrados y mecenas benefactores que han contribuido al arte y a la cultura de España. Y en este rango hay que destacar a Carlos Fitz-James Stuart, XIV duque de Alba, el promotor de ese patrimonio artístico que ha constituido una de las glorias de la Casa de Alba.

Cayetana, la duquesa de Goya, y su marido don José Álvarez de Toledo no tuvieron hijos, y cuando ella murió en 1802, el ducado pasó a un primo de extraño nombre, Carlos Fitz-James Stuart. En las islas Británicas, ese tipo de apellido empezando por Fitz se aplica a los hijos naturales de los reyes. Fitz-James Stuart significa literalmente «hijo de Jacobo Estuardo» y lo llevaban y llevan los descendientes de Jacobo II, el último rey de Inglaterra de la Casa de Estuardo, destronado por la Revolución de 1688, y de su aristocrática amante Lady Arabella Churchill.

Carlos Fitz-James Stuart podía presumir, por tanto, de llevar sangre real británica en sus venas, y ostentaba además el título de VII duque de Berwick, otorgado por Jacobo II de Inglaterra a su hijo natural. Heredó ese título en 1795, cuando solamente tenía un año, por la muerte de su padre y de su hermano mayor. Pero a los 8 años recibió una herencia aún más importante, la del ducado de Alba. Pasó toda su juventud fuera de España, pues su madre lo llevó a Francia cuando estalló la Guerra de Independencia, y luego se fue a Italia para realizar el Grand Tour, ese viaje iniciático que realizaban los jóvenes de la nobleza ilustrada inglesa.

Su Grand Tour se prolongó muchos años y vivió en Florencia, donde residía la hermana de su abuela, viuda del príncipe Carlos Estuardo, el último pretendiente a la Corona británica, considerada por los legitimistas ingleses la auténtica reina de Inglaterra. Luego se establecería en Roma, pero en Florencia Carlos Fitz-James descubrió el Renacimiento primitivo y comenzó a comprar cuadros que formarían el núcleo de la colección de Alba. Antes de él, la Casa de Alba poseía objetos de arte y ornamento como cualquier familia de la alta nobleza española, pero Godoy, en conflictivas relaciones con la duquesa de Alba, se hizo con algunas de sus obras maestras, como La Venus del espejo, de Velázquez, o la Escuela del amor, de Correggio.

En 1817, cuando solamente unos pocos entendidos conocían a Fra Angélico, Carlos Fitz-James adquirió en Florencia la Virgen de la Granada, una deliciosa tabla en la que el Niño Jesús, sentado en el regazo de la Virgen, coge granos de una granada abierta que sostiene su madre. Cuando esta pintura llegó a España, bien puede decirse que era el primer Fra Angélico que pudieron ver los españoles, pues hasta 1861 no se descubrió que en una escondida capilla del monasterio de las Descalzas Reales existía una Anunciación de Fra Angélico, ahora una de las joyas del Museo del Prado, un regalo que le hiciera a las monjas a principios del XVII el duque de Lerma, favorito de Felipe III.

Curiosamente, desde el año 2016, la Virgen de la Granada se reunió en el Prado con la Anunciación, vendida al museo por Carlos Martínez de Irujo, actual duque de Alba, que no duda en recurrir a la colección familiar para sanear la situación económica de la Casa de Alba. 

Carlos Fitz-James Stuart no solamente se interesó por los primitivos renacentistas florentinos, también compró pinturas de Rembrandt, Tiziano, Perugino y otros. En una ocasión pagó una fortuna por un Rafael que luego resultó ser una copia. Azares del coleccionista; en cambio, hace poco los expertos atribuyeron a Tiziano una Última Cena comprada por él como de autor desconocido.

Siguiendo la tradición de los viajeros del Grand Tour, Carlos Fitz-James encargó obras a los artistas que, de toda Europa, acudían a Italia para doctorarse con el contacto del inmenso patrimonio artístico de ese país. En Roma conoció a un pintor francés que buscaba, como todos, aspirar el arte que allí fluye por todas partes. Era Dominique Ingres, considerado uno de los grandes artistas de Francia. El duque de Alba apreció su genio y concibió que pintara una serie de cuadros sobre las glorias de la Casa de Alba. Solamente llegó a pintar dos episodios, uno en el que el protagonista es el polémico Gran Duque de Alba, que se halla en el Museo Ingres de Montauban, y Felipe V impone al duque de Berwick el Toisón de Oro, que es el único Ingres en una colección española.

Durante su larga estancia en Roma, donde moriría su madre, Carlos Fitz-James Stuart mantuvo el contacto social con otros importantes expatriados, el exrrey Carlos IV y su esposa, la reina María Luisa, exilados desde la Guerra de Independencia. Inevitablemente, también trató a Godoy, que seguía lealmente junto a los reyes que le habían encumbrado. Así, por una de esas bromas que gasta la Historia, el antiguo favorito que había esquilmado a la Casa de Alba se hacía cortesías con el joven duque que estaba edificando la mejor colección familiar que existe en España.

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