Nacionalismo(s): una visión global
Eric Storm publica una obra monumental sobre los diversos rostros nacionalistas contemporáneos

Imagen de la portada del libro.
Hubo un tiempo, hace ya varias décadas, en que en determinados ambientes intelectuales y en el ámbito de las ciencias sociales ganó consistencia la tesis de que el nacionalismo era cosa del pasado. El nacionalismo: un fenómeno netamente romántico, diagnosticaban muchos. El nacionalismo: una pulsión identitaria que nos conduce al abismo, se decía también, tomando como referencia los acontecimientos centrales del siglo XX. Se pusieron en solfa sus grandes pilares ideológicos, empezando por sus esencias y raíces (la tradición inventada, en la famosa acuñación de Eric Hobsbawm). Más aún, en los primeros compases de la globalización, se aseguraba que la instauración de un solo mundo —político, económico y cultural— terminaría de dar la puntilla a las veleidades nacionalistas.
Como casi siempre que queremos adelantarnos al futuro, este, cuando llega, se burla de nosotros. En los albores del siglo XXI no hay muerto que goce de mejor salud que el nacionalismo. O los nacionalismos, habría que corregir o matizar ya desde el principio, porque no hay movimiento o ideología más proteica en el mundo actual. Con su alianza con el populismo —otro concepto que debía emplearse en plural— la excitación nacionalista se robustece en los más diversos países y se encarna en los más heterogéneos líderes, programas y partidos, democráticos y autoritarios, en nombre del progreso o de un mítico pasado, de Trump a Putin, de Viktor Orban a Narendra Modi.
Esa condición polimorfa propicia que sea más mucho más fácil analizar cualquier movimiento nacionalista específico o, en todo caso, regional, que teorizar o compendiar las grandes líneas de la exaltación nacionalista en el mundo contemporáneo, sin que las fronteras constituyan barreras infranqueables en la disquisición intelectual. Este es el propósito del libro Nacionalismo. Una historia global (Crítica, traducción de Iván Barbeitos), volumen en el que el historiador holandés Eric Storm, haciendo alarde de erudición y, al mismo tiempo, de capacidad de síntesis, nos ofrece una panorámica esclarecedora. Como él mismo señala en sus conclusiones, se trata aquí de ofrecer un ajustado retrato de «las múltiples caras del nacionalismo».
¿Cuáles son esas múltiples fisonomías? Digamos de entrada que Storm, acorde con su formación historiográfica, nos ofrece una perspectiva diacrónica en su más estricto sentido. No se detiene más que lo indispensable en las típicas precisiones terminológicas en torno al tema (nación, nacionalización o tipos de nacionalismo). Su acercamiento al fenómeno nacionalista atiende en primer término, más que a cuestiones conceptuales o politológicas, a su despliegue temporal, aunque reserva un primer capítulo a los «conceptos tempranos de nación». Tras este, el grueso del contenido del libro se estructura en siete capítulos que responden a un preciso orden cronológico. Quizá el especialista halle demasiado rígidas esas delimitaciones temporales, pero da la impresión que responden a la intención esquemática y didáctica que anima todo el empeño del autor.
El punto de partida de su largo recorrido se data en el tramo final del siglo XVIII (en concreto, 1775) y se extiende hasta 1815, para dar testimonio del «nacimiento del Estado nación». No es en absoluto objetable que 1848 constituya el parteaguas que permita separar el «nacionalismo romántico» de lo que más ambiguamente se singulariza como «construcción de la nación» (desde el mencionado 1848 hasta la fecha de 1885). Más adelante, 1914 se constituye nuevamente como la línea divisoria entre la «radicalización nacionalista» (1885-1914) y el «choque entre extremos», sintagma que se utiliza para definir el convulso período que incluye las dos guerras mundiales (1914-1945). Los dos capítulos finales se sirven de la implosión del socialismo real para trazar un antes («Modernización de los Estados nación», 1945-1979) y un después («Neoliberalismo y políticas de identidad») que, desde el citado 1979, lleva hasta nuestros días.
Hay muchos atributos curiosos —paradójicos— en el fenómeno nacionalista que Storm se complace en resaltar, porque no todos ellos tienen por qué ser en sí mismos negativos. El primero de ellos es que, siendo una expresión que se ufana en presentarse como específica —todo nacionalismo enfatiza sus rasgos idiosincráticos en oposición a vecinos y enemigos—, resulta llamativo que «las formas en que se expresa el nacionalismo» sean tan «similares en todo el mundo». En segundo lugar, aunque es cierto que el nacionalismo alienta o se nutre de demagogia chovinista, agresividad y actitudes xenófobas, también puede ser un factor de cohesión y solidaridad, y hasta de solución de conflictos. Y en tercer lugar —y solo ciñéndose a lo esencial—, el autor subraya que, sea como fuere, lo indudable es que el modelo de Estado nación, aunque entendido de formas diversas, ha tenido un éxito espectacular en el mundo contemporáneo. Un dictamen que, también puede entenderse, más allá de juicios y opiniones, como una simple constatación.
Storm justifica su obra como superación de los cinco graves defectos que detecta en los estudios sobre el nacionalismo: tomar como punto de partida las naciones de tipo étnico, centrarse en los activistas o ideólogos, adoptar un enfoque eurocéntrico, hacer una interpretación mecanicista del paso de imperios a naciones y usar una perspectiva nacional en vez de una visión de más amplio alcance. De este modo, presenta su libro como un novedoso acercamiento que contempla el nacionalismo como proceso mundial, escapando del «nacionalismo metodológico» y relegando las situaciones excepcionales (guerras, revoluciones) en aras de la comprensión del «impacto estructural del nacionalismo en la población en general». Este enfoque se vertebra en cuatro temas: creación de nuevos Estados nación, importancia de la ciudadanía, transformación del ámbito cultural y nacionalización del espacio físico.
Baste lo dicho para calibrar lo ambicioso del empeño. Ello conlleva de modo inevitable, y más en un tema tan sensible como el del nacionalismo, que el lector —especialista o profano en la materia— se tenga que enfrentar a planteamientos que le generen ciertas reservas y afirmaciones que, como mínimo, tendrían que ser más matizadas (un defecto difícilmente soslayable en este tipo de obras, que intentan abarcar tanto de modo resumido). Esto quizá resulte más patente en el último capítulo, el más cercano a nuestros días y que por ello contiene elementos más opinables. Resulta, por ejemplo, sorprendente su vinculación del repunte del nacionalismo actual a la simbiosis entre «el neoliberalismo y la política de identidad». Se cargan las tintas en este sentido contra los «regímenes autoritarios y populistas de derechas» como causantes (¿en exclusiva?) de esa contraofensiva sectaria de polarización y chovinismo. Storm parece aquí salir de su exposición neutral para suscribir algunos de los tópicos del sedicente progresismo.
Ahora bien, fuera de esas referencias puntuales, no cabe duda de que estamos ante un ensayo sólido, riguroso y compacto, con una impresionante base bibliográfica, y sin duda muy recomendable para todo tipo de público, siempre que se halle interesado en obtener una visión de conjunto del fenómeno nacionalista durante los últimos dos siglos y medio. El nacionalismo es un elemento indispensable para entender el mundo que habitamos. Hasta tal punto que, como reconoce Storm en sus conclusiones, se hace «difícil pensar en un mundo más allá del Estado nación o predecir qué dirección tomará el nacionalismo». El historiador o el científico social no pueden, pues, contestar a la pregunta clave de qué nos deparará el futuro. Pero no es osado colegir, a tenor del largo pasado que aquí se ha expuesto y de nuestro proceloso presente, que el nacionalismo sigue teniendo mucho futuro por delante.
