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Literatura

Rafael Azcona y la España cruel, tierna y descarriada

Pepitas de Calabaza prosigue el rescate íntegro de la literatura del guionista, con la genial ‘Los muertos no se tocan, nene’

Rafael Azcona y la España cruel, tierna y descarriada

El escritor Rafael Azcona. | Agencia Literaria Dos Passos

No podríamos decir con seguridad qué fue antes: si la España cruel, tierna y descarriada que sufrieron los hijos de nuestra posguerra incivil, ese tiempo oscuro de fríos, canalladas y hambre; o la obra (colosal) de Rafael Azcona (1926-2008), el mejor guionista español de todos los tiempos. Incluso quien llegó a conocer aquella época lejanísima de primera mano queda a menudo asombrado al ver las películas que el escritor riojano escribió para Marco Ferreri, Berlanga, Saura, Cuerda o Trueba, entre otros cineastas, al contemplar, sin llegar a esperarlo por completo, un retrato tan exacto de lo que un día fuimos y, en muchísimas cosas, todavía somos.

Azcona, al que le horrorizaba que le llamasen genio o artista —siéndolo sin querer—, siempre fue un realista devoto. Un gran observador. Un hombre de la calle con un oído absoluto para captar el ruido de la vida. Su trabajo en el cine (España, Francia, Italia) ha sido celebrado con profusión —casi se diría que hasta con fastidio suyo— como antológico. Nadie se acuerda, sin embargo, de que muchas de estas míticas películas, obras maestras de nuestra incipiente cinematografía, no tuvieron en su día excesivo éxito ni tampoco el apoyo decidido y entusiasta de la crítica y el público. Existe una razón poderosa para esto. Las historias de Azcona —filmadas por los directores con los que colaboró— eran mecanismos incendiarios camuflados bajo el disfraz de la comedia de costumbres. Un espejo social demasiado sincero.

Todas invertían el relato triunfal de la España imperial, tan contagiado de la ampulosa retórica falangista, militarista y clerical. Mientras la dictadura propagaba a través del No-Do o los boletines de Radio Nacional los noticieros (censurados) de un país donde los vencedores y los vencidos vivían de acuerdo a las reglas del correaje —unos, arriba; el resto, abajo—, Azcona retrataba a una España cotidiana que movía a la risa no tanto porque fuera capaz de burlarse de sus calamidades y desgracias, sino porque su asombroso teatro del absurdo causaba carcajadas que no tardaban en convertirse en muecas. Azcona supo ver esto mejor que nadie. Entró en el cine por azar, pero intuía que la mirada sobre nosotros mismos no había cambiado desde los tiempos del Siglo de Oro, cuando la majestuosidad (ridícula) de la corte de los Austrias contrastaba con la honda miseria de un país cerril, agrario, fieramente vitalista y anárquico.

Existió un Azcona escritor antes del Azcona guionista. El rastro que dejó en este mundo no está solo en las películas que vendrían. Habita en los libros, muchos desconocidos o minusvalorados, que nuestro hombre empezó a escribir, después de leer mucho, en Logroño. De allí es la editorial Pepitas de Calabaza, que lleva tiempo rescatando de las librerías de lance su obra literaria completa. Azcona, de cuyo nacimiento se cumple este año el primer centenario, está de nuevo en las estanterías, junto a los clásicos. El sello riojano acaba de publicar Los muertos no se tocan, nene, una nouvelle antológica y burlesca sobre la muerte, el circo de las pompas fúnebres y los entierros calamitosos, protagonizada por los familiares y deudos de don Fabián Bígaro Perlé, taurófilo, funcionario y hombre de orden. Una obra llena de gracia y humor ácido que fue el libro que leyó el cineasta Marco Ferreri un día en Madrid y, tras quedar anonadado, provocó el feliz encuentro que convertiría al riojano en escritor de películas.

Pepitas ha reunido en una caja de siete volúmenes nueve de sus novelas: Vida del repelente niño Vicente (1955), Cuando el toro se llama Felipe (1956), El pisito. Novela de amor e inquilinato (1957), Los ilusos (1958), Pobre, paralítico y muerto, El cochecito y Los europeos (1960). Todas las que el guionista escribiese en la década de los cincuenta con su nombre, reescritas décadas más tarde, cuando Azcona tuvo la oportunidad de enmendar sus inicios menestrales e introducir lo que la censura no toleraba.

El oficio de sobrevivir

De algunas de ellas saldrían los guiones de sus películas. La edición de Pepitas, ilustrada con sobrios grabados expresionistas hechos en lino por Carlos Baonza, se completa con dos deliciosos libros confesionalesMi vidorra de escritor (Autobiografía pequeñita) y Memorias de un señor bajito, que reúne artículos publicados en la revista La Codorniz— y un estudio crítico a cargo de Bernardo Sánchez, guionista.

No son sus únicas novelas, porque Azcona, como otros personajes de su generación, se instaló en el Madrid del Medio Siglo no tanto en busca de fortuna literaria —«¡Las letras son colorín, pingajo y hambre!», grita Max Estrella al ministro en Luces de bohemia— sino persiguiendo un oficio que le diera para sobrevivir. Entre otros trabajos, como dependiente y contable, ejerció como escritor a sueldo de novelitas rosas —la literatura de quiosco— escondido tras el exótico seudónimo de Jack O’Reilly. En los créditos de los libros fingía haberlas traducido del inglés, un idioma que nunca dominó, como tampoco aprendería jamás a conducir, lo que (así lo repetía él mismo) le ayudó mucho a llegar casi entero a los 82.

Su literatura, escueta y magistral, sin alardes, implacable, difiere de los ambiciosos títulos que la generación de los niños de la guerra —Ferlosio, Benet, Aldecoa, Caballero Bonald, Fernández Santos, García Hortelano, Marsé, los dos Goytisolo, Martín-Santos o Juan Marsé— escribía en aquel tiempo. Azcona es su antítesis: no es abstracto, sino concreto. No intenta ser vanguardista. No ejerce de moralista ni tampoco desea ser un escritor políticamente comprometido. Huye del barroco y del lenguaje hermético, aunque sus historias estén cargadas de una tristeza lenta y una melancolía ambiental, llenas de ternura rancia y, a ratos, alegría zarzuelera.

Los personajes de sus narraciones, de clara estirpe barojiana, están obligados a sobrevivir a toda costa en un entorno hostil y castrante. Sueñan con ser ricos (sin conseguirlo), con comer tres veces al día y desean obsesivamente aliviar la pulsión sexual reprimida desde las cátedras, las sacristías, las casas cuartel de la Benemérita y una sociedad pontifical e hipócrita, predispuesta a incumplir aquello que predica y exige a los otros.

«Ser libre es que no te conozcan»

Sobre esa España de «gente pobre pero honrada», soldados sin dinero y estafadores con colonia, a la que Azcona mira con suma piedad y simpatía íntima, versan todas sus novelas. En general, son escépticas y están llenas de grotesco. Muchas se cuecen entre Logroño y el Madrid de las tertulias infinitas, con jarra de agua sobre la mesa, especialmente en el Café Valera, donde coincidiría con Mingote. Azcona vivió allí el mismo ritual de iniciación a las letras que hicieron escritores como Francisco Umbral, con la diferencia de que, en lugar de vanidad y egocentrismo, arrojo y desmesura, lo suyo fue la discreción y la invisibilidad. «Ser libre es que no te conozcan». Cuestión, sin duda, de carácter, pero también de método.

Los jóvenes de la posguerra, poetas diletantes que reverenciaban la métrica pero, en general, no sabían hacer versos, huían desde la provincia negra a la capital en busca de una industria que les remediase la imposibilidad material de vivir de la escritura. Umbral la encontró en el periodismo y en las entrevistas de interés humano —así se decía entonces— y Azcona, que dejó la escuela con 13 años, lo haría en el cine después de pasar por la prensa humorística, el diario Pueblo y una revista de muebles, Arte y Hogar. «Algo hay que hacer, coño, algo hay que hacer», escribe Umbral en su Trilogía de Madrid. Él, al contrario que el autor de Mortal y rosa, nunca añoraría esos años famélicos. No hizo memorialismo lírico con sus heridas.

Como coyuntural escritor de periódicos, igual que sucede ahora, su futuro era negro. Los libros de encargo le obligaban a despachar 100 folios en 3 días en máquinas de escribir alquiladas por horas y en turnos. Le pagaban 75 pesetas por un artículo y 40 por un chiste. Más que el ejercicio liberal de las letras, lo suyo era un precariado esclavista. El Parnaso no se dejaba escalar. Igual que sus películas, sus libros tratan de la vida, nunca del cine o de la literatura. Que trabajase de humorista no deja de ser un sarcasmo: era un tipo más bien serio y muy responsable, poco dado —salvo en aquellos años de pensiones y tardes sin merienda— a la vida bohemia. Le gustaban mucho los toros, la comida y la literatura española, poco dada a la imaginación, aunque incorporase a autores europeos, como Kafka o Dickens, a su panteón de influencias.

Nunca creyó demasiado en los géneros —«la vida no los distingue; los mezcla»—, pero sus relatos se acercan de forma natural, mucho antes que sus guiones, a ese espíritu, entre goliardesco y dramático, de las farsas trágicas. De esos años de incertidumbre a la busca de la vida trata Los ilusos, una novela seria y sin éxito. El cine lo sacaría de aquellas galeras, aunque el precio fuera dejar de hacer la literatura que había pensado.

En los más de 100 guiones que firmó a lo largo de su trayectoria como autor cinematográfico —seis premios Goya— palpita esta vocación primera, que se volvería incompatible debido a los constantes encargos, las exigencias de los rodajes y a su peculiar naturaleza, alérgica a los tiovivos del mundo del espectáculo. Este silencio literario —que fue un suceso voluntario pero también sobrevenido— se prolongó 40 años. Toda una vida. La recuperación de su literatura rompe esta maldición y nos devuelve a un Azcona de cuerpo entero (entrañable, talentoso, divertido), que es lo contrario a un escritor de cuerpo presente. Casi dos décadas después de su muerte, Azcona respira y está —dentro de nosotros— más vivo que nunca.

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