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La otra cara del dinero

¿Por qué desprecian los universitarios a los vendedores de zapatos?

Nuestra sociedad ha recuperado la vieja distinción aristotélica entre trabajos intelectuales y manuales. Es un disparate

¿Por qué desprecian los universitarios a los vendedores de zapatos?

Universitarios durante una graduación en Londres. | Europa Press

En La Gaceta de los Negocios estuve muchos años a cargo de la selección de becarios. La mayoría de los aspirantes eran chicos de clase media, cuya carrera no les había supuesto otro sacrificio que el académico. De cuando en cuando aparecía, sin embargo, alguien que se había costeado los estudios trabajando. Recuerdo una chica que se dedicaba a vender zapatos. La tienda era dura, me confesó, pero había merecido la pena, porque al fin había hecho realidad su sueño de ser periodista.

Qué mérito, pensarán, y en esa apreciación va implícita una jerarquía, un ascenso desde las profundidades de la zapatería a las alturas del periodismo. Esta distinción entre actividades intelectuales y manuales nos viene de la Grecia clásica. Como explica el sociólogo de la Universidad de Valencia Enric Sánchis Gómez, «para Aristóteles, ni los esclavos ni los campesinos ni los comerciantes podían ser felices». Y Platón creía que «el ocio era la condición sine qua non de una vida virtuosa». Solo podía considerarse pleno ciudadano quien estaba exonerado de la obligación de trabajar.

La tradición cristiana fue menos categórica, señala Sánchis. Por un lado, Dios condena a Adán a ganarse el pan con el sudor de su frente, pero, por otro, el propio Dios había creado el universo en un alarde laboral. Y aunque Cristo dice que no hay que inquietarse por la comida y la ropa y tomar ejemplo de los lirios del campo, que no se fatigan ni hilan, san Pablo advierte: «El que no trabaje, que no coma».

Esta ambigüedad permitió a la Edad Media evolucionar desde un inicial juicio negativo a otro más comprensivo. La transformación se consumó durante la Ilustración, cuando se entendió que el origen de la riqueza de las naciones era el trabajo productivo. Surge así una filosofía de la realización personal a través de la profesión, que no se limita a las vocaciones artísticas, sino de cualquier tipo. John Steinbeck recoge esta concepción cuando habla del afán humano por «crear algo más allá de la mera necesidad». Y añade: «Levantar un muro, construir una casa, una presa y dejar en el muro, la casa y la presa algo de la esencia misma del hombre y tomar para esta esencia algo del muro, la casa, la presa: músculos endurecidos por el esfuerzo, mentes ensanchadas por la asimilación de líneas nítidas y formas que fueron parte de la concepción de la obra. Porque el hombre crece más allá de su trabajo […], emerge por encima de sus logros».

Hasta mediados del siglo XX, entre los obreros aún prevalecía esta idea de formar parte de algo mucho más grande. A lo mejor únicamente estaban picando en una cantera, pero de allí salían los sillares que moldeaban una catedral que sentían tan suya como el arquitecto que había dibujado los planos. Su oficio era más que una manera de procurarse el sustento. Era una fuente de orgullo y de identidad.

Ya no más.

Valor y precio

«En 2016», escribe Michael Sandel, «era mucha la población trabajadora en la que provocaba especial irritación el hecho de que la élite de profesionales con estudios la mirase por encima del hombro». Hemos recuperado la vieja distinción aristotélica entre tareas intelectuales y manuales, con la circunstancia agravante de que en nuestras meritocracias no naces ilota, perieco u hombre libre, sino que te labras tu propia posición. Ser pobre ha dejado de ser un azar del destino. Ahora es un veredicto de inutilidad.

Esto es un disparate. La retribución que se percibe en una economía de mercado depende de los caprichos de la oferta y la demanda, que poco tienen que ver con nuestra aportación al bien común. Tuvimos ocasión de comprobarlo durante el confinamiento. Las cajeras y los empleados de los supermercados; los basureros y los barrenderos; los taxistas, los camioneros y los conductores de metro y autobús y, por supuesto, los sanitarios, los policías y los bomberos mantuvieron en marcha servicios esenciales, en ocasiones con grave riesgo para su salud, mientras miles de cotizadísimos astros del deporte y el cine se ponían al resguardo en sus domicilios, inútiles e improductivos.

¿Y por qué mantenemos el sistema actual? Porque satisface deseos legítimos, que van desde pasar un rato agradable frente al televisor a facilitar nuestra existencia diaria. Steven Spielberg o Bill Gates son ricos porque nos proporcionan algo que queremos. Tal vez parezcan excesivos los recursos que canaliza hacia ellos el mercado libre, pero todos los intentos históricos por abolirlo y construir un régimen más justo se han revelado ineficientes, conflictivos o ambas cosas. Si se remunerara igual (en salario y prestigio) al reponedor de lineales que al cirujano, ¿cuántos estarían dispuestos a pasar por la ordalía de seis años de carrera, el MIR y otros cinco años de residencia?

Ahora bien, no podemos aceptar el precio de mercado como el criterio absoluto ni confundir automáticamente la satisfacción de los deseos del público con la realización de una contribución valiosa a la sociedad. 

Divertido y aburrido

Habrá quien opine que las labores más retribuidas son también las más creativas, pero ¿lo es botar un balón hasta encestarlo en un aro? Y piensen en las servidumbres de la estrella de Hollywood, en las sesiones de maquillaje a altas horas de la madrugada, en la reiteración incesante de una escena hasta que el director queda satisfecho. ¿A alguien le puede divertir eso?

En realidad, como escribe el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, «cualquier tarea puede alterarse para que nos produzca más disfrute». Y pone el ejemplo de Rico Medellín, un operario de una fábrica de equipos audiovisuales que repite continuamente la misma rutina. Completarla le lleva 43 segundos. En un día la ejecuta unas 600 veces. Cualquiera se habría hartado al poco tiempo, pero Rico lleva cinco años y todavía disfruta. La razón es que cada mañana se plantea bajar su registro. Reordena sus herramientas, estudia sus movimientos, controla la respiración. Su marca personal son 28 segundos por unidad. Csikszentmihalyi lo compara con el corredor que se somete a implacables sesiones para batir un récord y, si omitimos el reconocimiento social y económico que entraña ser atleta de élite, ¿es de verdad una actividad intrínsecamente más gratificante que la de Rico?

No debemos dejarnos deslumbrar por el halo con que la sociedad rodea ciertas ocupaciones. A menudo no coincide con nuestra experiencia interior. Fue lo que le ocurrió a la becaria de La Gaceta de los Negocios. Me crucé con ella por un pasillo de la redacción y le pregunté qué tal le iba, convencido de que me respondería: «Estoy encantada». Pero me dijo con profunda desilusión que el ambiente en la tienda de zapatos era mejor que en la sección a la que la había destinado. «Me divertía más».

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