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Análisis

Cómo Moscú va ganando la guerra sin dar ni un tiro

Por ahora hemos compensado el recorte de gas ruso con un aumento de gas natural licuado, pero la capacidad de importación de este ha llegado al límite

Cómo Moscú va ganando la guerra sin dar ni un tiro

Vladímir Putin. | Aleksey Nikolskyi (Reuters)

Quiso el azar que el asalto de las islas Malvinas por el ejército británico en abril de 1982 cogiera al presidente Leopoldo Calvo Sotelo en Algeciras, haciendo campaña por la UCD para las autonómicas andaluzas. Allí, a la vista del peñón, los periodistas no pudieron por menos que trazar un paralelismo entre la reivindicación argentina del archipiélago y la española de Gibraltar, a lo que Calvo Sotelo, hombre culto y aficionado al calambur, precisó: «Los problemas […] son distintos y distantes y […] no cabe deducir consecuencias».

La frase tranquilizadora es la reacción habitual de los gobiernos ante la tormenta inminente. Hernando F. Calleja, amigo y maestro, recordaba hace poco en Diario Abierto que, en un consejo de ministros de octubre de 1973, Franco preguntó qué era aquello del embargo de petróleo que la OPEP había decretado contra Occidente. La salida del titular de Industria, José María López de Letona, fue que «no iba a afectar en absoluto a España», porque «la tradicional amistad con los países árabesnos garantizaba el suministro, y a unos precios inferiores a los que regían en los mercados internacionales». (La fuente de la anécdota es el propio López de Letona, que remataba la evocación con un escueto y humorístico: «Cesé como ministro en enero de 1974»).

Juzgar las consecuencias de un conflicto a partir de las declaraciones de los políticos no es muy útil. Si se equivocaran siempre, bastaría con esperar lo contrario de lo que dijesen. Lo desconcertante es que a veces dan en el clavo. Calvo Sotelo tenía razón y la guerra de las Malvinas apenas se dejó sentir en España, pero la del Yom Kipur frenó brutalmente la actividad. El PIB pasó de crecer a un ritmo del 8,3% en el cuarto trimestre de 1972 a no crecer prácticamente nada (un 0,1%) en el tercero de 1975.

Hoy, ante la acumulación de tropas rusas en la frontera de Ucrania, la pregunta que cabe formularse es qué precedente es el adecuado: ¿las Malvinas o el Yom Kipur? A primera vista, hay un inquietante elemento que Rusia comparte con los países árabes. Es un gran productor de hidrocarburos. Bombea el 40% del gas y el 26% del crudo que los europeos consumimos. La vicepresidenta Teresa Ribera asegura que no va a haber desabastecimiento, pero ya hemos visto cómo los gobernantes minimizan los riesgos.

Con los mercados pasa lo contrario. Son como mi madre y se ponen en seguida en lo peor. En su descargo debo señalar que habían aguantado bastante bien la escalada bélica. Hasta el viernes, no se había registrado una huida hacia los bonos más líquidos, el franco suizo, el yen, el dólar. Solo los metales preciosos y las materias primas habían acusado alguna tensión, aunque incluso en esos casos era difícil atribuirla en exclusiva a la crisis ucraniana.

Caída de las bolsas

La tranquilidad se acabó este fin de semana, cuando el Departamento de Estado ordenó a los familiares de sus diplomáticos que abandonaran Kiev. Las bolsas europeas se anotaron este lunes las peores caídas desde la irrupción de ómicron y se esperaba otra debacle en Wall Street. Sin embargo, allí parecen más pendientes de los resultados de las tecnológicas y la reunión de la Reserva Federal. ¿Por qué?

Para empezar, por superior que sea su ejército, Vladimir Putin no las tiene todas consigo. Nadie puede garantizarle que la invasión vaya a ser un paseo militar. Ucrania ha recibido misiles «dispara y olvida» contra los que muchos carros de combate rusos están indefensos. Incluso aunque los sorteara, corre el riesgo de embarrarse en una batalla casa por casa, como la que lo desangró en Grozni.

Dudas en el otro bando

Pero lo que aleja aún más el fantasma de la guerra son las dudas en el otro bando. El estilo de juego de Putin es conocido: amontona tropas sobre el terreno como si fueran fichas en una timba de póker. Sabe que pocos se atreven a verle el farol. Joe Biden se lo está aguantando más que ninguno de sus predecesores. Ha movilizado a 8.500 soldados y amenaza con cerrar los mercados de capitales a las empresas rusas y restringir la entrega de componentes a la industria pesada y la minería. También estudia excluir a Moscú del sistema de pagos internacionales.

La medida más efectiva sería, de todos modos, interrumpir las compras de gas y petróleo, que supusieron el 43% de los ingresos rusos entre 2011 y 2020 y el año pasado alcanzaron el 60%. La supresión de esos flujos representaría un serio contratiempo para el Kremlin. ¿Estamos dispuestos a dar ese paso en Occidente?

¿Vivir sin el gas ruso?

En 2014 el think tank Bruegel se planteó si la UE podría vivir sin el gas ruso y concluyó que sí. «En Oriente Próximo y el norte de África abunda el gas», coincide The Economist. El propio Estados Unidos se ha ofrecido a enviarnos todo el que haga falta («moléculas de libertad», las llamaba pomposamente Donald Trump, no sin cierta razón), pero los metaneros necesitan instalaciones portuarias que no se improvisan de la noche a la mañana. «Prescindir por completo del gas ruso sería muy ambicioso, incluso en el largo plazo», concluye la revista.

Por eso, es improbable que las represalias afecten al intercambio energético. S&P Global recuerda que ni siquiera tras la anexión de Crimea se contemplaron.

La energía como instrumento de presión

De hecho, es Putin el que está utilizando la energía como instrumento de presión. «Ya ha reducido significativamente las ventas de gas a Europa», me escribe en un correo el analista de Bruegel Ben McWilliams. El recorte «se ha podido compensar por ahora con un incremento de GNL [gas natural licuado], pero la capacidad de importación de este ha llegado prácticamente al límite». Si Rusia cerrara más el grifo, «simplemente no tendríamos con qué sustituirlo». Aunque en agregado y sobre el papel, Europa dispone de combustible para dos meses, porque «las temperaturas han sido algo más cálidas estas últimas semanas» y eso ha permitido rehacer las reservas, en la práctica no hay manera de llevar el excedente a las naciones del este, que carecen de otro proveedor que Rusia.

Esta dependencia impide a Occidente plantar cara a Putin, que se dedica a acosar y asesinar a sus rivales dentro y fuera de Rusia y pone y quita regímenes a su antojo en su esfera de influencia. En este proceso de reconstrucción del imperio soviético, Ucrania es la pieza siguiente. Evitar su caída obligaría a muchos europeos a afrontar un invierno muy frío y muy largo y, hoy por hoy, ese escenario se antoja distinto y distante.

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