The Objective
Entrevista

Arthur Laffer: «Europa va hacia una economía de esclavitud, entregada a los burócratas»

El célebre economista y exasesor de presidentes como Ronald Reagan o Margaret Thatcher habla con THE OBJECTIVE

Arthur Laffer: «Europa va hacia una economía de esclavitud, entregada a los burócratas»

El economista Arthur Laffer.

Arthur Laffer (Youngstown, Ohio, 1940) es el padre de la economía de la oferta y uno de los pensadores liberales más influyentes de las últimas décadas. Autor de la célebre Curva de Laffer y asesor de gobernantes como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, ha visitado Bruselas de la mano de Epicenter para hablar sobre el pasado, el presente y el futuro de la economía continental, con especial énfasis en las cuestiones referidas a la fiscalidad. 

PREGUNTA.- ¿Qué deberíamos entender por curva de Laffer?

RESPUESTA.- Dicho de forma muy sencilla, la curva de Laffer es simplemente una representación de lo que ocurre con la recaudación cuando subes o bajas los tipos impositivos. En cualquier caso, hay dos efectos. Si los subes, recaudas más ingresos en términos aritméticos, pero luego está el efecto económico: al aumentar la presión fiscal, se reducen los incentivos para producir más, reduciéndose la base imponible sobre la que obtienes tus ingresos. Así que estos dos efectos siempre se interaccionan y, en no pocas ocasiones, sucede que puede ser plausible recaudar más con tipos más bajos. Depende del punto de la curva de Laffer en que nos encontramos.

Si hablamos de contribuyentes que soportan tipos impositivos muy, muy altos, es indudable que, al subir los tipos, recaudarás menos, y al bajarlos, recaudas más. Sin embargo, para personas de tramos más bajos, será más probable que la subida de tipos aumente la recaudación. Eso es lo que describe la curva de Laffer.

Es bastante obvio que, con impuestos del 100%, nadie trabajaría. No habría ingresos. Y, con impuestos al 0%, la gente trabajaría y ganaría mucho, pero Hacienda no recaudaría nada. Así que, conforme empiezas a subir los tipos desde muy abajo, lo más probable es que vayas recaudando cada vez más hasta llegar a determinados umbrales. En esos puntos de inflexión, la gente empieza a alterar su comportamiento y, cuando la fiscalidad es ya muy onerosa, la curva describe una pendiente decreciente. 

La curva de Laffer es un recurso: no pretende medir con exactitud cuáles son estos umbrales —aunque sea posible calcularlos—, sino que, por encima de todo, es una herramienta que nos invita a una reflexión sobre los tipos fiscales y su impacto sobre la actividad económica. 

Hasta los setenta, nadie se fijaba en el efecto económico de los impuestos. Simplemente se asumía que, si subías los tipos un 10%, entonces aumentarías la recaudación otro 10%. Y eso, como sabemos hoy, no es cierto.

P.- ¿Cree que los políticos hoy entienden mejor estas ideas que los líderes de los setenta?

R.- Sí, lo entienden mejor, pero ni de lejos lo suficiente. Piensa en Thomas Piketty, o Emmanuel Saez, o Gabriel Zucman: ellos creen, como muchos políticos, que puedes subir los impuestos a los ricos y recaudar mucho más dinero. Sin embargo, los ricos tienen formas y medios para esquivar legalmente el pago de impuestos.

Pueden cambiar la composición de sus ingresos, dónde generan esos ingresos, el momento en que declaran sus ingresos, o contratar abogados, asesores y contables. Y por eso, cuando te crees las tonterías que dicen quienes insisten en gravar más y más a los ricos, siempre acabas sufriendo las malas consecuencias. Ese discurso queda muy bien en el MIT, Harvard o en Yale, pero no deja de ser un gran error económico.

P.- ¿Cree que la curva de Laffer es más o menos relevante en Europa, habida cuenta de lo elevados que son aquí los impuestos? 

R.- Por supuesto. Cuanto más altos son tus impuestos, más relevante es la curva de Laffer. Mira el desempeño que ha venido exhibiendo este continente. Es bastante desastroso y casi todo es debido a los impuestos. Recuerda lo que pasó cuando Ludwig Erhard tomó las riendas de la política económica en Alemania: los tipos impositivos eran muy altos, pero él los bajó de forma drástica y la economía despegó. Luego Margaret Thatcher llegó al Gobierno del Reino Unido. Bajó el tipo marginal máximo, de niveles del 80 y hasta el 90%, y lo redujo a niveles del 40%. ¿Qué pasó? ¡Boom! Reavivó el crecimiento y la prosperidad. Por eso la curva de Laffer es tan relevante aquí. Este continente ha sido sujeto a una fiscalidad insoportablemente onerosa.

«Necesitamos más competencia entre los Gobiernos. Hoy más que nunca»

P.- Si un país europeo quisiera adoptar una agenda de reforma coherente con la curva de Laffer, ¿por dónde debería empezar?

R.- Debería adoptando un tipo lo suficientemente bajo como para atraer a todas y cada una de las empresas de Europa e incentivar que se muden a su país. Piensa que tienes dos ubicaciones, A y B. Si subes impuestos en B y los bajas en A, los productores y fabricantes se moverán de B a A. Es puro sentido común. La razón por la que los Gobiernos quieren una Unión Europea fuerte, dedicada a «armonizar» los impuestos, es evidente: de esa forma, pueden fijar tipos más altos y «exprimir» a sus contribuyentes. Eso es lo que quieren: explotar a su gente y aprovecharse de la riqueza que generan. Por eso necesitamos más competencia entre los Gobiernos. Hoy más que nunca. No deberíamos escuchar a quienes piden «más Unión Europea». Los países deberían ser libres de fijar sus impuestos como consideren y ver cuáles atraen empresas y cuáles no. El propósito de un buen líder es hacer rica a la gente, no al Estado.

P.- Pero la UE también acarrea ventajas, como mayores facilidades para el comercio dentro de su mercado único.

R.- Se supone que así es, pero sigue habiendo barreras. Con todo, es fundamental ese mercado único, pero no por ello tenemos que dejar de reivindicar una Europa con menos impuestos. La clave está en facilitar el libre comercio y bajar los impuestos, no solamente una de estas variables. 

P.- ¿Diría que Europa está ahora más cerca del punto de recaudación máxima de la curva de Laffer en su fiscalidad del trabajo o en su tributación de las rentas capital?

R.- No creo que debamos pensar en este asunto como si fueran curvas separadas, porque capital y trabajo son amigos en el proceso productivo, no enemigos. Los trabajadores no se hacen más ricos si incrementamos la presión fiscal sobre el capital y los beneficios no se van a ensanchar si se grava de forma más intensa el trabajo. Son factores productivos complementarios. Un bus sin conductor no gana dinero y un conductor sin bus tampoco resulta muy productivo. Por eso hay que pensar en la fiscalidad como un todo, como una constelación, y diseñar todos sus elementos de manera que se maximice la producción económica obtenida en relación con cada dólar de impuestos recaudado.

P.- Entonces, la competencia fiscal entre los países de la UE no solo no debe verse como un problema, sino que tenemos que entenderla como algo necesario.

R.- Debe haber competencia fiscal. Adam Smith lo dejó claro: cuantos más vendedores y compradores, mejor será el equilibrio resultante. En ningún ámbito es más importante la competencia que entre los Gobiernos y cuando se ponen de acuerdo para fijar prácticas comunes, lo hacen siempre para exprimir a los ciudadanos: no compiten por hacerlo mejor, sino por fortalecer el poder de sus burocracias. 

P.- ¿Por qué cree que la UE atrae menos inversión de capital que EEUU? ¿Es por los impuestos u otros factores?

R.- Hay otros factores que influyen, pero el problema es ante todo fiscal. Si no atraes capital, no generas más crecimiento. Y, si todos los países de la UE se ponen de acuerdo en torno a un nivel de fiscalidad excesivo, es como trabajar en equipo para meterte goles en propia. Así expulsas a tus posibles inversores. El excesivo celo armonizador ha arruinado al conjunto de los países europeos. La economía europea está desapareciendo ante nuestros ojos. Europa se está extinguiendo y tiene que actuar rápido. 

«El Gobierno debe limitarse a hacer lo básico. Proveernos de buenas carreteras, escuelas, justicia, defensa… Y poco más»

P.- ¿Qué importa más para mejorar los impuestos? ¿El tipo marginal, la simplicidad o la predictibilidad? 

R.- La predictibilidad con impuestos altos no sirve de nada. En cambio, la imprevisibilidad puede ser positiva si en general tienes impuestos bajos. Puestos a elegir, la predictibilidad con impuestos bajos sería el mejor escenario posible. Con la simplicidad pasa lo mismo: lo importante, por encima de todo, es que el impuesto sea bajo, pero si es bajo y también simple, pues esa es la mejor situación. 

Tus impuestos probablemente no deberían ser superiores al 10% en Europa. Un IVA amplio del 10%, un impuesto sobre la renta del 10%, un impuesto de sociedades del 10% y nada más. Sin deducciones ni exenciones. Un modelo de imposición general, sencillo y muy moderado. Ese sería el mejor modelo.  

P.- En cambio, en Europa lo que se está proponiendo es un «impuesto mínimo global» para las empresas.

R.- Es una de las ideas más estúpidas que he oído en mi vida. ¡Es ridículo!

Lo que necesitas, si quieres tener una fiscalidad empresarial competitiva, es un tipo reducido, con una base imponible amplia y una escala plana, sin diferencias. Un tipo bajo supone el máximo incentivo para emprender e invertir y el mayor desincentivo posible a la elusión o la evasión. Los sistemas fiscales tienen hoy en día un sinfín de deducciones, exenciones, exclusiones, créditos, etc. Nada de eso es bueno. Hay que eliminar todas esas normas y mantener un tipo bajo y atractivo, de forma que el daño causado por el último céntimo recaudado sea aún lo bastante pequeño como para que merezca la pena asumir sin más que el pago lineal de los impuestos que se nos exige. 

El Gobierno debe limitarse a hacer lo básico. Proveernos de buenas carreteras, escuelas, justicia, defensa y poco más. Hace cien años, el tamaño del Estado estaba entre el 10% y el 20% del PIB pero, ¿qué dimensión alcanza ahora en Europa? Cuarentaipico… ¿Cuánto de «esclerótica» quieren que sea su Unión Europea? Deberían estar en niveles mucho más bajos, si lo que quieren es prosperidad.

P.- ¿Qué suelen subestimar los responsables políticos a la hora de tomar en cuenta el comportamiento de la gente ante las reglas que les imponen?

R.- El Gobierno subestima sistemáticamente el daño que hace a la economía, y mucho. Los políticos se sientan en sus oficinas, ávidos de reconocimiento, poder y autoridad, dispuestos a engordar los ministerios y entes públicos que dependen de ellos. No cobran comisión. Si hacen daño, ¿acaso les bajamos el sueldo? No. Seguramente, contratarán aún a más asesores y harán aún más daño. El Gobierno debe servir a la gente; no al revés. Europa se ha acercado mucho a una economía de esclavitud, totalmente entregada a los burócratas. Si revisas el tamaño del Estado, el peso de las regulaciones, los tipos impositivos… ¡Es una locura!  

P.- ¿Cómo se soluciona?

R.- Es muy simple: pongamos a los gobernantes a trabajar a comisión. Que soporten las consecuencias de sus acciones. Si el PIB privado crece un 4%, entonces su salario se duplica. Si crece un 1%, no cobran. Seguro que de esa forma ya no veríamos los excesos a los que nos hemos tenido que acostumbrar y que tanto daño hacen. Lo ideal es que se juzgue a los políticos por su capacidad para ofrecer resultados reales que mejoren la vida de la gente, no porque mejoren su propia posición a nuestra costa. 

P.- ¿Cómo determinamos qué sistema fiscal funciona mejor en la práctica?

R.- Lo ideal es que cada país experimente y pruebe qué funciona, para que los demás aprendan de los resultados. Europa podría ser un gran banco de pruebas si aceptase y celebrase la competencia fiscal. En Estados Unidos tenemos nueve territorios donde no se aplica un gravamen adicional en el impuesto sobre la renta, de tal forma que solamente se cobra el tipo federal y listo. Son, precisamente, los Estados de mejor desempeño: más crecimiento, más producción, más estabilidad presupuestaria, más creación de empleo, más subidas salariales… Hablo de Tennessee, a donde me mudé cuando dejé California, pero también de Texas, Florida, Nevada, Washington, Alaska, Dakota del Sur, Nuevo Hampshire… En cambio, los territorios de impuestos altos se están hundiendo. Mira la decadencia de Nueva York o de California. Y, gracias a esa competencia fiscal, cada vez hay más territorios que se esfuerzan por parecerse a aquellos Estados que lo hacen mejor. 

P.- Europa envejece rápido. ¿Qué implica esto para su modelo fiscal?

R.- Tengo 85 años. Mi padre se jubiló a los 65. Tenía sentido que lo hiciese, porque eran otros tiempos y desempeñaba labores muy exigentes. En cambio, a mis 85, la verdad es que no me parecería apropiado jubilarme ahora mismo. El mundo ha cambiado. No veo bien fijar una misma edad de jubilación, porque la clave está en nuestra capacidad de participar en el mercado laboral y hacerlo bien. Para el modelo fiscal, en cualquier caso, la clave es siempre la misma: da igual si somos viejos o jóvenes, altos o gordos, hombres o mujeres… ¡Tipos bajos, bases amplias! 

P.- La IA está cambiando el trabajo y asusta a mucha gente. ¿Deberíamos ajustar los sistemas tributarios por eso?

R.- No. La IA puede tener consecuencias negativas si se emplea para usos negativos, pero en general pienso que, como herramienta productiva, es fantástica, como lo ha sido internet. No la regularía, salvo que dé pie a algo realmente malo. Dejemos que la gente elija: si te gustan tomates, compras tomates; si te gustan los filetes, compras filetes; si te gusta una u otra plataforma de IA, pues entonces usas sus servicios y punto. No dejemos que un burócrata decida por nosotros. El problema es que los burócratas defienden sus empleos, y su empleo es regularte. Si incurren en la sobrerregulación y en los excesos fiscales es precisamente para proteger su puesto.

P.- Última recomendación: ¿cuál es la reforma más importante para que Europa sea más competitiva?

R.- Entender el papel que juegan los incentivos en la producción y reflexionar sobre el papel del Estado en todo ello. De hecho, además de introducir incentivos procrecimiento en el mercado, también hay que hacerlo dentro del sector público, ligando salarios a productividad y resultados. 

Europa tiene que entender que el gasto público tan significativo que hoy dedica a financiar transferencias no aumenta la producción; de hecho, la reduce. Te explico el teorema de la transferencia: si el Gobierno quita dinero a un grupo y se lo da a otro —la llamada redistribución—, lo que hace es reducir los incentivos de los primeros y de los segundos. Aquel a quien le quitas producirá a futuro un poco menos, porque le será menos rentable seguir asumiendo el mismo esfuerzo sabiendo que acabará penalizado. De igual modo, aquel al que le das también producirá menos, porque ahora obtiene una renta alternativa que le entrega el Gobierno sin necesidad de trabajar. Por tanto, las transferencias del Gobierno reducen siempre el tamaño total de la economía, la producción agregada. Lo reducen siempre. El lema que tenemos que aprender: cuanto más redistribuyes, mayor es la pérdida de producción. 

Y lo divertido de esto es que, si redistribuyeras tanto que todos acabaran iguales, no habría renta en absoluto que repartir. Para que todos sean iguales, tendrías que gravar el 100% de los ingresos que se sitúen por encima de la media y subvencionar a quienes cobren por debajo de la media para que lleguen también al umbral que hemos determinado. ¿Quién va a trabajar bajo un paradigma así? Al final, esas políticas consiguen reducir desigualdad a base de igualar en la miseria. ¿Qué estupidez es esa?

La desigualdad es natural. Intentar eliminarla es propio de quien se dedica a seguir el manual del diablo. Todos jugamos nuestras cartas en la vida, tenemos diferencias y situaciones asimétricas, pero el Gobierno no puede jugar a ser dios, sino que tiene que asegurarse de que, a la hora de jugar esas cartas, nadie actúa de forma tramposa. Por lo tanto, el Estado tiene el papel de velar por la igualdad ante la ley y la competencia en los mercados, pero no debe distorsionar esas dinámicas. 

Mi sueño siempre fue hacer más ricos a los pobres, no hacer más pobres a los ricos. No hay nada malo en ser rico. En cambio, hay algo desesperadamente malo en ser pobre. Dejemos de dar por buena la política del odio a quienes más tienen. Ese es otro de los beneficios de un impuesto plano, bajo y de base amplia. Con un sistema que no discrimina, trabajamos todos juntos. Somos socios en la búsqueda de la prosperidad.

En clave europea, esa lección también debe permanecer en nuestra memoria. En la medida en que la UE pretende igualar las políticas de sus países, lo que hace es destruir sus culturas, sus diferencias… La homogeneidad no es el camino. Europa tiene ante sí una oportunidad de oro para revertir la deriva de los últimos años y sacudirse las cadenas de los Gobiernos sobredimensionados.

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