Jaime G. Mora

A la caza de Philip Roth

«Amanda Gorman, esa poeta de tres al cuarto, desde sus escasos 20 años y aprovechando su minuto de gloria, viene exigiendo pureza racial e ideológica para traducirla»

Opinión

A la caza de Philip Roth
Foto: Erin Schaff| Reuters
Jaime G. Mora

Jaime G. Mora

Periodista. Política y libros en ABC. Lee periódicos en papel porque le gusta mancharse las manos de tinta.

Ahora que el huracán Rociíto parece haber remitido, podemos volver a ocuparnos de lo realmente importante: seguir reescribiendo la historia con la estúpida vara de medir de un grupo de universitarios faltos de cariño en Twitter. No hay que irse muy lejos. En la prensa de estos últimos días hemos podido leer que en la Universidad de Oxford, con la idea de «descolonizar el plan de estudios» y mejorar su diversidad, cambiarán su temario de música clásica. Bach, Beethoven, Mozart… Al parecer, hay demasiados hombres blancos y desde el profesorado están siendo cómplices con la «supremacía blanca».

Para acabar con esta supremacía tenemos a Amanda Gorman, esa poeta de tres al cuarto que, desde sus escasos 20 años y aprovechando su minuto de gloria por declamar unas palabrejas revestidas de intensidad en la investidura de Joe Biden, viene exigiendo pureza racial e ideológica para traducirla. En España, el encargado de llevar sus versos al catalán fue Víctor Obiols, pero prescindieron de sus servicios cuando cayeron en que era hombre, blanco y sesentón. La agencia que representa a la poeta afroamericana exige que las traducciones las hagan mujeres jóvenes, activistas, con experiencia y preferentemente negras.

Como parodia en un programa de humor sería divertidísimo, pero lo dramático es que la industria cultural ahora se mueve en estos parámetros y, hambrienta, ha encontrado en Philip Roth una nueva víctima. Veremos lo que dura la cacería, porque en estos tiempos líquidos las polémicas duran tanto como un trending topic en la portada de Twitter, pero de momento toca acusar de misógino al autor de El lamento de Portnoy. Si antes les tocó a Saul Bellow, Norman Mailer o John Updike, una biografía ha venido a descubrir que Roth «estaba obsesionado con el sexo» y que su «misoginia» contaminaba todo lo que escribía. Como dice Hadley Freeman en The Guardian, cuéntame algo que no sepa.

Menos mal que desde el MeToo se han propuesto desenmascarar a un escritor al que ya atacaron en los años setenta por el fuerte contenido sexual de Portnoy o que en El pecho convirtió a un hombre en un pecho gigante. «A veces pienso más bien en un lector anti­ Roth, y me imagino lo detestable que le va a parecer lo que estoy escri­biendo. En algunos momentos, ese puede ser justo el estí­mulo que necesito», dijo Roth a The Paris Review en 1984, cuando aún se creía que la literatura era un lugar desde el que se debía incomodar.

«El escritor distorsiona, caricaturiza, parodia, maltrata, subvierte y explota su propia biografía, y todo para darle una dimensión que estimule su existencia verbal», defendía entonces y ahora. «Lo siento mucho si mis personajes masculinos no tienen los sentimientos correc­tos hacia las mujeres –o la gama universal de sentimientos hacia las mujeres, o los sentimientos que estará bien visto te­ner hacia las mujeres en 1995– pero insisto en que hay algo de veracidad en mi descripción de lo que puede significar para un hombre ser un Kepesh, un Portnoy o una teta». La literatura no prescribe.

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