Laura Fàbregas

Ana Pardo de Vera en lo de Rocío Carrasco

«El problema llega cuando buscan darle una pátina de periodismo al show de siempre. Cuando usan a profesionales serios para limpiar su imagen y hacer política con ello»

Opinión

Ana Pardo de Vera en lo de Rocío Carrasco
Foto: Mediaset España| Redes sociales
Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

No voy a ser yo quien critique a Ana Pardo de Vera por ir a Sálvame, donde yo iría corriendo –¡incluso gratis!- si me invitaran. La gracia de estos programas es que no engañan a nadie: venden entretenimiento sin pretensiones. Frivolizan, exageran, mienten y, de vez en cuando, linchan injustamente a alguien -aunque menos que en las redes sociales-, pero a diferencia de las tertulias políticas televisadas, no ponen en riesgo el pan de la gente ni les atizan ideológicamente.

En este sentido, Mediaset siempre ha sido la antítesis de TV3. Ni adoctrina ni se cree moralmente superior. Y a falta de formatos en España de verdadero sentido crítico, que exhorten al pensamiento y a la discusión racional y serena, resulta mucho menos nocivo, en términos de paz social, escuchar a Belén Esteban que a Pilar Rahola.

El problema llega cuando buscan darle una pátina de periodismo al show de siempre. Cuando usan a profesionales serios para limpiar su imagen y hacer política con ello. Eso es lo que pasó con la «docuserie» de Rocío Carrasco. Fue un éxito y un formato muy innovador, pero no hay que confundirlo con el periodismo.

Su testimonio fue muy interesante desde el punto de vista humano. Y muy pedagógico. Pero desde el punto de vista periodístico nadie sometió a Rocío Carrasco a sus contradicciones, por ejemplo. El escrutinio fue nulo. Eso sí, no tuvieron dudas en cuestionar a los jueces, a los psicólogos forenses y a «algunos partidos políticos».

Una parte de la izquierda solía pensar que estos formatos enajenan y paralizan para el cambio social. Lo que deberían preguntarse, sin embargo, es por qué el discurso que difunden estas empresas capitalistas que solo buscan el rendimiento es tan parecido al suyo. Y si no abanderan, políticamente, el peor conservadurismo: que es el conformismo con lo mainstream, que ni va realmente a contracorriente, ni estimula el pensamiento crítico ni la emancipación de los subordinados.

Quizás es que el populismo, los «poderes mediáticos» que tanto critican y, en definitiva, la hegemonía cultural está más presente en la izquierda posmoderna que representan Irene Montero y Adriana Lastra que en otros partidos y políticos. Quizás es que el pan y circo de la política son ellos.

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