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Ángeles contra cisne

Es asombrosa la influencia que tienen los comportamientos marginales en nuestras vidas. Hay muy pocas, poquísimas personas que entrarían en nuestra casa a robar. Pero basta esa nimia fracción de maldad para que la humanidad entera instale cerrojos en las puertas. Y entre las ocupaciones microscópicas con efectos macroscópicos el terrorismo se lleva la palma. Hace quince años que dos rascacielos fueron abatidos en Nueva York y desde entonces vemos como potencialmente peligrosas actividades que teníamos por placenteras y anodinas, como subir a un avión para ir de vacaciones a un lugar exótico, visitar un museo, bailar en una discoteca, o asistir a un concierto de nuestra banda favorita en un estadio. No sea que el cisne negro agite de pronto sus alas y se detenga en pleno vuelo el motor de nuestra vida.

Esa es la marca del terror: atacar por todos lados y por ninguno, estar presente también y sobre todo cuando no está presente. Los servicios de inteligencia nos alertan desde hace semanas de la inminencia de un nuevo atentado en suelo europeo, probablemente en un estadio, seguramente espectacular y truculento: se habla de un enjambre de drones asesinos con cámaras de vídeo, para que la sangre salpique hasta la última pantalla. Ciertamente un atentado así ya no se trataría de un «cisne negro» en el sentido técnico que le da el estadístico Nassim Nicholas Taleb, esto es, un evento impredecible y transformador que sólo después racionalizamos. Al contrario, nosotros estamos esperando ese ataque. Pero lo esperamos como sociedad, no como individuos. Y para que no pase lo que no pensamos que pueda pasarnos a nosotros, confiamos en ángeles protectores: jueces y policías. En España tenemos a los mejores: 20 células terroristas desarticuladas en tres años, un récord de eficacia.

Mientras tanto, la vida continúa. Porque nuestro cerebro puede estar programado para sentir miedo, pero no para vivir con miedo: seguiremos yendo a estadios, museos y discotecas. La barca del amor, de la alegría, del trabajo y de la pena navega confiada mientras, en los amplios telares del cielo, se libra el combate entre el cisne más negro y nuestros ángeles custodios.

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