Juan Milián

Antes muertos que pragmáticos

«Uno se pregunta qué concepción tiene Pedro Sánchez de sus votantes cuando viene a decir que estos nunca aceptarían pactar con el Partido Popular»

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Antes muertos que pragmáticos
Foto: Chema Moya
Juan Milián

Juan Milián

Morellano del 81. Politólogo y político. Procesólogo por obligación, mediterráneo por vocación. He escrito algún libro.

Están siendo devorados por sus propios monstruos. El procés independentista se fundamentó en la gran mentira de la posibilidad unilateralista, es decir, la de llevar a cabo una independencia sin costes, pero también sin apoyo internacional, sin mayoría social y contra la ley. Esa farsa acabó engullendo a sus impulsores, incapaces de rectificar cuando ya estaban al borde del precipicio. La competencia entre liderazgos mediocres había llevado al sacrificio de la verdad y al fanatismo en una parte nada desdeñable de sus bases. El más inestable acababa guiando al resto. Así, Puigdemont, el gran líder de las estrellas de TV3, se dejó arrastrar por un tuit que le llamaba traidor y por los lloros de una socia. No convocó las elecciones, proclamó la independencia, se fue a tomar unas tapas a Gerona y se fugó dejando plantados a los suyos.

Algo parecido le está pasando a la izquierda española. Irene Montero y Carmen Calvo competían como guardianas de la doctrina del feminismo de última generación. Las justas reivindicaciones de la igualdad quedaban relegadas ante el empuje de las consignas y la exageración. Les iba la vida política en el maldito relato, ya que tomar medidas contra el coronavirus antes del 8-M se habría visto como una traición a su festiva masa. Es la misma dinámica autodestructiva: se genera un ambiente tan recargado de emociones que ya nadie puede pensar. Son espirales del silencio autoimpuestas. Se toman decisiones estratégicamente estúpidas que se llevan por delante tanto los intereses del partido como los de la sociedad. Nadie se baja del burro. Y se van las vidas de miles de mujeres por querer salvar la propaganda. Antes muertos que pragmáticos.

Nada de esto ha cambiado tras el primer desconfinamiento. El procés sigue engendrando nuevos partidos nacionalistas dispuestos a prometer un sueño imposible mientras destruyen la autonomía, dispuestos a seguir dividiendo Cataluña queriendo romper España. El PSOE, también, erre que erre. «Nunca he pensado en pactar con el PP», reconoce Pedro Sánchez al Corriere della Sera. Lo intuíamos, pero se agradece, por fin, algo de sinceridad. Decenas de miles de fallecidos y millones de desempleados, pero su obsesión sigue siendo esa guerra subcultural que lleva a TVE a emitir el funeral de un americano y a ocultar el de los españoles muertos por el coronavirus. Y uno se pregunta qué concepción tiene Pedro Sánchez de sus votantes cuando viene a decir que estos nunca aceptarían pactar con el Partido Popular.

El PSOE se está viendo atrapado en un procés español, el que inició José Luis Rodríguez Zapatero al destruir el legado de la Transición y sus consensos. Contribuyó a crear una cultura de confrontación entre los suyos. Dibujó el futuro del país como un juego de suma cero, como una guerra civil fría. La reconciliación se mostraba como un fraude, el compatriota pasaba a ser el enemigo y, ahora, se estresan ante cualquier matiz. Después piden diálogo, pero antes han destruido sus condiciones. Si endosas la etiqueta de fascista al otro, ¿cómo vas a justificar los pactos ante los tuyos? Es el mismo callejón sin salida en el que se metió Puigdemont. Se negó a acudir al Congreso, al Senado, a la Conferencia de Presidentes autonómicos o al Consejo de Política Fiscal y Financiera. Exigía diálogo, pero, cuando tenía la oportunidad, no se atrevía a practicarlo. El socialismo español está en esa misma lógica en competencia con Podemos. Pablo Iglesias azota a los periodistas ante la silente presencia de los ministros del PSOE. Calladitos. No sea que les acuse de ser poco radicales.

O los sensatos actúan hoy o mañana será tarde. Observen lo que le está pasando a la izquierda americana. Alérgica a la complejidad, ha acabado confundiendo estatuas con gigantes. Hacía tiempo que en los ambientes académicos era imposible confrontar el dogma progre sin acabar pagando un alto precio laboral. El ansia inquisitorial es tal que han convertido a Donald Trump en un campeón de la libertad e incluso Noam Chomsky —¡Chomsky!— ha firmado un manifiesto en contra de la intolerancia progresista. Ojalá en el PSOE alguien tome nota. Callarse ante los desmanes de Iglesias es apretar el botón de la autodestrucción.

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